Revista Diario

Mujeres de ayer, mujeres de hoy

Por Belen
Esta mañana ha tocado atender tareas domésticas. Y mientras lo hacía todo me he parado un segundo, para contemplar mi hogar. Entraba una luz maravillosa por el balcón, abierto de par en par. Se respiraba el aire frío de esta mañana de otoño. La olla burbujeaba y dejaba escapar el aroma del cocido que se hacía en su interior. Al tiempo me llegaba el olor de la verdura y fruta fresca que había traído del mercado. Y en la otra habitación aún quedaba el aroma de la ropa limpia que estaba acabando de secarse en el tendedero. Y me he dado cuenta que en casa olía a hogar.
A mi me encanta, para que os lo voy a negar, me encanta mi casa, con este aspecto de habitada, con olor a cocina, a comida, a vida. A mi me encanta ahora que tanto se habla del trabajo de la mujer, de no devolver a la mujer al hogar, como si éste fuera la peor cárcel que una fémina pueda tener. Se desprecia la casa, el hogar, las tradiciones, y en consecuencia la familia.
Tiempo atrás, remontándonos muchas décadas en el tiempo muchas mujeres vieron la casa como su prisión, la maternidad como su condena y el trabajo ajeno a eso como la liberación. Muchas mujeres lucharon con uñas y dientes para que hoy nosotras podamos ir con la cabeza bien alta. Ellas, en su día, lucharon para sacar a la mujer del hogar, que era su cárcel. Pudieron controlar la natalidad e hicieron que las mujeres pudieran elegir cuándo deseaban ser madres. Algo que para nosotras es tan habitual como usar un método anticonceptivo lo hacemos gracias a esa gran revolución. Algo tan natural como marchar a trabajar por las mañanas se lo debemos en gran parte a ellas. Luchadoras incansables que sacrificaron mucho.
Eso se hizo en un momento social distinto al actual. Hemos avanzado, hemos evolucionado. Nos encontramos en otro contexto y debemos seguir avanzando. La lucha ha cambiado, y todo es gracias a ellas. Ahora ha llegado el momento de seguir mirando hacia adelante y seguir avanzando. No se trata ya solamente de abandonar el hogar, de trabajar fuera, de alcanzar logros personales. Esa lucha ya está ganada. La maternidad ya no nos condena, no frustra nuestros sueños o nuestros deseos.
Ahora que ya hemos conseguido una posición privilegiada, social, laboral, personal, ha llegado la hora de dar a la familia el valor que le corresponde. Los niños de hoy serán los adultos del mañana y nuestra responsabilidad con ellos es inmensa. No vale que les cuiden otros, no vale que las guarderías asuman nuestro rol, no vale pisar el hogar solo para dormir. Ha llegado la hora de cuidar a nuestras crías para que ellos, en un futuro, hagan un mundo mejor.
Yo quiero un mundo basado en la empatía, en la solidaridad, en el cariño, en el respeto. Pero si no criamos a nuestros hijos inculcándoles estos valores, ¿cómo los van a aprender?.
La maternidad ya no nos frena, la mujer ha ido recuperando su papel esencial como persona, ahora ha llegado el momento de darle a nuestro sexo la importancia que merece.
No tenemos que demostrar nada a nadie, ni tan siquiera a nosotras mismas. No somos iguales a nadie, somos únicas, y solo por ello nos hemos ganado el respeto de los demás.
Ahora debemos asumir que el trabajo no da la felicidad, que el hogar no nos condena, y que la familia es la vida. Si trabajamos es para obtener dinero y poder vivir de un modo feliz con los que queremos. El trabajo no dignifica, el trabajo no realiza. Trabajar en algo que te guste es maravilloso y hace que seas más feliz. Pero lo realmente importante es llegar a casa y encontrarte con tu pareja, con tus hijos, hacer unas magdalenas juntos, reir con ellos.....
Tenemos una tarea muy importante por delante, un camino duro que recorrer, un camino con muchos baches que tendremos que ir sorteando. Yo quiero recorrerlo, no me importa lo complicado que sea, quiero recorrerlo. Yo apuesto por esta nueva mujer, apuesto por mi misma.

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