Revista Arte

Mujeres narcisistas

Por Nuevemusas

Relata Galdós en "Fortunata y Jacinta " que después de todo lo pasado era posible que las dos mujeres se mirasen "de orilla a orilla con intención y deseo de darse un abrazo", a pesar de los pesares.

La rivalidad entre mujeres solo puede tener esta conclusión si comparten la generosidad casi salvaje de Fortunata y la bondad de carácter de Jacinta, y en ausencia de una sola o de ambas virtudes, las mujeres corrientes no entienden otro fin para la rivalidad que apartar a la contraria de los afectos presentes, y para ello, según las cualidades morales que adornen a cada una, se establecerá un campo de batalla diferente. En este artículo trataremos la reacción habitual ante una rivalidad entre mujeres cuando una de ellas padece de trastorno narcisista, en cuyo caso su personalidad dista mucho de ser comparable con las protagonistas de la novela de Galdós.

Las personas narcisistas no experimentan empatía, ni son capaces de escuchar: no les interesa nada que no gire alrededor de sí mismas. Basan sus relaciones en aquello que puede engrandecer la imagen que pretenden proyectar, en todo lo que les resulta conveniente, aparente y presentable.

Siendo tan compleja la psicología de la mujer narcisista ofrece sin embargo un abanico de reacciones más bien limitado, e incluso previsible, ante la rivalidad. Las mujeres en general tienden a plantear una situación de choque para reforzar lo que cada una es, o tiene, si se encuentran con una rival que tenga más aceptación entre las amistades, mayor atractivo físico, estatus social o posesiones más valiosas.

Las narcisistas lo hacen de una única manera: en un principio alabando las virtudes de la otra y reconociendo los defectos propios en la esperanza de que la otra haga lo mismo para reconfortarla, exponiendo de ese modo sus defectos. Se llegue o no a ese fin, el siguiente paso es iniciar la crítica, al principio de forma sutil, y gradualmente más dura.

Aunque el feminismo radical considera machista cualquier denuncia de rivalidad entre mujeres, la sororidad no deja de ser un término utópico cuando se enfrenta con realidades, y la realidad es que somos capaces de acosar a otras mujeres con palabras ofensivas, y que un 50% de los comentarios misóginos vertidos en redes sociales provienen de perfiles femeninos. Dicho de otro modo: las mujeres somos las peores enemigas de las mujeres.

Gran parte del estudio que llegó a estas conclusiones, realizado en Reino Unido por la firma Demos, se centra en el hecho de que las mujeres tenemos más prejuicios negativos, y desde luego somos incapaces de mostrar simpatía por otra mujer si percibimos que puede ser una rival amorosa. Desde el principio de la Humanidad una mujer más joven y/o atractiva suponía la mayor de las amenazas por su mayor facilidad a la hora de encontrar un macho con quien perpetuar la especie, y a efectos psicológicos solo hemos avanzado desde el Neolítico adquiriendo la capacidad de disimular el temor a esa amenaza con hipocresía.

Recordemos que Freud considera que en la mujer el deseo de ser amada es más fuerte que el deseo de amar, y también consideraba más desarrollado en nosotras el sentimiento de la envidia, principalmente por el pene. Careciendo de pene propio la pareja masculina venía a aportar con el suyo esa completitud que nos faltaba, y por tanto no queremos que otra mujer disfrute de ese pene porque, al hacerlo suyo, se lleva también parte de nuestra esencia. En un artículo anterior sobre la envidia poníamos el ejemplo de la mujer que no quiere para nada al que fue su pareja, pero tampoco quiere que otra le pise el terreno. En pleno despecho el concepto del Amor adquiere los tintes que tan bien retrata el poeta peruano Mariano Melgar:

"¡Ay, Amor! Glorioso infierno de infernales injurias, león de celosas furias, disfrazado de cordero"

En el narcisista la ira y la soberbia suelen cobijarse bajo el disfraz de cordero, y a tenor de estos sentimientos se descubre en la amante despechada la necesidad de destruir tan afín al ser envidioso. No hay que olvidar que quien ha sido amado por un narcisista no ha jugado en la relación otro papel que no fuera el de objeto. Freud habla de dos tipos de objeto narcisista: por apuntalamiento y por apoyo. Si nos centramos en este último vemos que "el objeto de amor por apoyo es una dependencia con respecto a la madre como una prolongación de una posición infantil. Se elige como objeto de amor a la mujer o al hombre que da comida, casa, regalos, dinero, etc. En este caso dar es sinónimo de amar, aun cuando ello implique seguir siendo lactantes toda la vida"

La rival se convierte en objeto de insana curiosidad, y sobreviene el deseo de verter sobre ella las infernales injurias de las que habla Melgar. En tiempos de Galdós no era tan sencillo saciar el afán de conocimiento, y no solo porque no existiera la tecnología, sino porque por educación se imponía la prudencia al deseo de averiguar, pero actualmente el primer paso que sigue una amante despechada es stalkear a la nueva pareja del ex. A los se les conoce como los observadores silenciosos o fantasmas de la red, y se dedican a espiar los perfiles de las redes, en el caso que nos ocupa para estar informados de cómo es la rival, qué hacen juntos o cómo están viviendo la nueva relación. Esta necesidad de información es fruto del temor a no encontrar una nueva pareja y quedarse solas, o tener que conformarse en un futuro con alguien inferior al ex. Esta última cuestión es terrible para un narcisista, porque sus parejas suelen ser un reflejo de la imagen que quieren proyectar de ellos mismos. Según Freud " la elección del objeto narcisista se da en personas cuyo desarrollo de la líbido experimentó una perturbación, como es el caso de los homosexuales y de los perversos. La elección del objeto del amor no se realiza según el modelo de la madre, sino el de su propia persona, es decir, se buscarían a ellos mismos como objeto del amor".

La triangulación narcisista

En la sociedad actual es habitual que las relaciones adquieran cierto significado de posesión, y por tanto se tiende a despersonalizar al compañero y considerarlo un bien propio. En estas condiciones nos disculpamos a nosotras mismas por conductas tan poco éticas como el stalkeo, pero una vez derribada esta barrera moral podemos caer en conductas todavía peores. La amante despechada se siente víctima y como tal se comporta. Hemos visto que odia a la rival porque considera que ésta disfruta de algo que le pertenece, y en estas condiciones se entiende como lógico que desee castigar al objeto de su odio. Las con personalidad conflictiva suelen conducir el conflicto hacia una triangulación narcisista, es decir, hacia desacreditar por completo a la rival minando su capacidad de defenderse, para lo cual introducen en la ecuación a uno o a varios terceros.

El narcisista es el ser más manipulador que podamos imaginar. Teniendo una moral propia es completamente imposible que se rija por valores distintos a los suyos.

Encontrará siempre la manera de presentar una justificación a sus actos ante sí mismos y ante los demás porque para ellos su código de valores es el correcto. No está en las capacidades del narcisista el comprender que tiene este problema aunque su comportamiento llegue a ser patológico, y por tanto su trastorno es de difícil tratamiento. Supongamos que la amante despechada tiene un grupo de amigas, y que alguna de esas amigas todavía mantiene trato con el ex. El primer paso de la triangulación narcisista consiste en establecer una comparación, desde luego de forma sibilina, con la rival para minar la percepción que las otras pudieran tener de ella. Después las reclutará como aliadas en su cruzada particular, y por último intentará difamar a la rival inventando o exagerando hechos o situaciones con el apoyo del grupo.

De todas las reacciones posibles a lo que entendemos vulgarmente como un ataque de cuernos, la triangulación narcisista es la más tóxica, y es el reflejo de su realidad, puesto que la persona narcisista nunca va de frente.

La rival desconocida, o el síndrome de Rebeca

Mucho antes de que Daphne du Maurier escribiese la historia de Rebeca, Galdós aclaraba que el amor "aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado ", pero no deja de ser cierto que en la sociedad galdosiana resultaba impensable que ese pasado pudiera ser tan amplio como en la sociedad actual, o extendido de igual modo a hombres y mujeres. Si Jacinta hubiese tenido un pasado amoroso anterior al matrimonio con Santa Cruz la figura de Fortunata no habría estado envuelta en velos tan misteriosos, y por tanto no habría inspirado temor; y la relajación moral propia de estos tiempos no habría impedido de ninguna manera que Fortunata se hiciera presente en la vida de Juan Santa Cruz como una realidad, y no como una sombra.

Precisamente era el halo de misterio, lo desconocido, lo que provocaba los celos en la heroína de Daphne de Maurier. Rebeca, llevada al cine por Hitchcock, no aparece en ninguna imagen, ni tan siquiera un segundo, pero su sombra está presente en cada milímetro del metraje. Joan Fontaine encarna a la nueva esposa de Max de Winter, una joven sencilla que se siente incapaz de competir con la sofisticación de su predecesora. Se siente inferior a la idea que tiene de Rebeca, y sufre lo que entendemos por celos retrospectivos. A medida que se desarrolla la trama la nueva señora de Winter comprende que es precisamente su sencillez lo que enamora a su marido, y que éste no amaba a Rebeca porque ella era la encarnación del narcisismo en su grado más perverso. Este hecho termina para siempre con los celos retrospectivos.

Dentro del trastorno de celotipia, lo retrospectivo representa una gravedad añadida por la injusticia de reprochar al ser amado relaciones anteriores. En una relación sana se entiende que cada uno es resultado y consecuencia de lo vivido, y probablemente eso constituya su principal valor.

De todo lo tratado en este artículo podemos concluir que la relación con personas tóxicas no puede tener como resultado la felicidad, y por consiguiente sería deseable mantener con ellas una prudente distancia. Tanto la rival acosada como el antiguo objeto de amor del narcisista no tienen más salida que esperar el fin del proceso de despecho, en tanto busca a un nuevo sujeto capacitado para sustituir al anterior sin desdoro de la imagen proyectada.


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