La Odisea, de un tal Homero, tiene más cachondeo
del que parece.
Hay un momento en el que Ulises
emborracha al gigante de un solo ojo (nada que ver con Sauron, este como ovejas
como yo olivillas) y Polifemo, el capi de los cíclopes, harto, pregunta:
«—Dime tu nombre para que, a mi vez, te ofrezca presente de hospitalidad. — Me llamo Nadie —contestó Ulises.» Ser Nadie te da una ligereza espantosa, convierte tus pies en alas. Oigo como nacen las plumas en mis pies, incluso crecen en los codos.

Nadie
