Revista Arquitectura

Necrotectónicas (III). La biografía como género de ficción

Por Arquitectamos
Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía. Jorge Luis Borges. Evaristo Carriego
Como de costumbre, Borges tiene toda la razón. Un iluso (yo) ha pretendido contaros a otros ilusos (vosotros; quienes queráis, quienes me lo permitáis) unos cuantos episodios y unas cuantas anécdotas que intentarían despertar alguna especie de recuerdos que ni son míos ni son vuestros, sino que pertenecieron a otros. Pues vaya paradoja. Sin embargo, igual que cuando leemos un relato, aunque esté ambientado en Marte en el año 5632 y los protagonistas sean unos roedores gigantes, nos sentimos implicados, y ese relato despierta en nosotros algunas sensaciones íntimas, recuerdos, nostalgias, etc, de la misma manera si leemos la biografía de quien sea estaremos en parte leyendo la nuestra. La entenderemos y nos interesará en la medida en que hacemos un involuntario paralelismo con nuestra propia vida. Tal como hacemos con los personajes de ficción. En otro lugar Borges insiste en que la biografía es un género de ficción. No se refiere (sólo) a que el biógrafo tienda (a veces incluso involuntariamente) a acomodar a su conveniencia los hechos que cuenta (y no digamos si es una autobiografía), sino que el mero hecho de contar la vida de alguien es imposible, y al intentar hacerlo nos inventamos una coherencia o una línea argumental que no es real. A veces nos pasa cuando rememoramos con nuestros padres algún episodio de sus vidas, o de las de nuestros abuelos. Hemos oído mil veces que el abuelo salió a la calle en pleno bombardeo a intentar vender una gallina, y que se la quitaron y le detuvieron, y que en el calabozo conoció a la abuela... Etcétera; y cuando estamos rememorando esa escena por trigésima octava vez con nuestros padres va el tío Paco y dice que no era una gallina, sino una silla, y que fue después de la guerra, y que los abuelos ya estaban casados por entonces, y que precisamente fue la abuela al calabozo para... Etcétera. Y la tía Carmen dice que no, que eso fue cuando el abuelo... Etcétera. Y no cuadra nada. Se cae toda la estructura que llevábamos años fabricando en nuestra falsa memoria. No cuadran los hechos objetivos. ¿Cómo entender entonces los subjetivos, las opiniones, los deseos, los temores, etc, de un personaje que nos queda cada vez más lejano? El afán de desentrañar sus secretos los va hundiendo cada vez más en la oscuridad. No hay manera de descubrir "la verdad". Al final llegamos a creer que no hay una verdad objetiva, ni mucho menos una verdad absoluta. Nos inventamos entonces el personaje y lo "ficcionamos", aunque sea inconscientemente. Aunque sea sin querer. En la ficción las cosas funcionan. En la ficción todo cuadra. También se dice (y yo siempre lo he creído) que el relato de ficción, mintiendo en lo anecdótico, es más verdadero que ningún otro en lo principal. Vamos, que la novela y el cuento dicen verdades contando mentiras.
¿Qué pasa si además intentamos contar la vida (o la muerte) de un personaje mítico, de un héroe que ya tenemos previamente idealizado?
Necrotectónicas (III). La biografía como género de ficción Tres ejemplares de la colección de comics Vidas Ilustres Editorial Novaro, México. (Años 60) Lloyd Wright [sic], Le Corbusier y Gaudí
Los arquitectos solemos ser muy mitómanos, y el hecho de contar las vidas (o las muertes) de nuestros héroes excita aún más nuestra imaginación.
Todo esto lo estoy contando para intentar explicar que, si al principio la falta de datos objetivos, o su contradicción, o su incoherencia, me desesperaba en mi afán de ser verídico, al final lo tomé como una variable más del juego, y me sumergí gozosamente en la ficción, con el más honrado afán del cuentista: Decir la verdad principal aunque tuviera que contar alguna mentira secundaria.
O bien: Decir mentiras que hicieran levantarse a estos muertos ilustres y venir hacia nosotros con su verdad trascendental y ultra-anecdótica.
Por otra parte, la duda ontológica y epistemológica sobre qué es objetivamente cierto y qué es objetivamente falso, nos mete de lleno en el mundo post-moderno y post-estructuralista de la falta de sujeto, de la falta de estructura y de la falta de realidad real. Lo que, por cierto, aquí y ahora, es un debate de lo más arquitectónico.
Así que, en cuanto a las Necrotectónicas, estupendo. Yo encantado con el juego y con el tinglado.
En el catálogo de la exposición José Manuel Aizpúrua, Fotógrafo. La Mirada Moderna, su sobrina María Ángeles Aizpúrua Sánchez, contando precisamente datos de la biografía de su tío, escribe:
En todo caso, y a quien sólo busque el dato biográfico, [estos apuntes] pueden resultarle literarios. Está bien que así sea, porque sólo esta literatura puede rescatar a los muertos a la vida, de manera que nos hablen, nos rían, nos quieran y se apoderen de nosotros, invadan nuestra cabeza y parte de nuestra realidad, algunos para recordarnos su desgracia y lo injusto de su muerte.
No puedo estar más de acuerdo. Ojalá yo haya sido capaz de hacer, con estas Necrotectónicas, buena literatura.
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