Revista Cultura y Ocio

No te perdono – @candid_albicans

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

Que tengo tus ojos, me dicen. Que les recuerdo a ti cuando sonrío de medio lado.

Cuando era pequeña y escuchaba esas cosas me sentía tan bonita y tan mayor, que en cuanto podía iba corriendo a corroborarlo; me miraba en el espejo de tu habitación imitando tus gestos e intentando encontrar esos parecidos que la gente decía. Yo no los veía, pero bah, qué más da, si lo dijeron los mayores será porque es cierto. Y para celebrar tales piropos, abría a escondidas el cajón donde guardabas aquel joyero con forma de piano, lo ponía encima de la cama, le daba cuerda y lo abría despacito mientras se erguía una pequeña bailarina que giraba al son de la melodía de El Cascanueces. Como si de un ritual se tratase me ponía tus collares y tus pulseras. Todas menos aquella tan bonita que te había regalado papá cuando te pidió matrimonio y que no ponías nunca por miedo a perderla. A esa sólo le pasaba los deditos por encima después de admirarla largo rato, muy suavemente, por si la estropeaba. No sé cuánto tiempo pasaba hasta que entrabas en la habitación y me pillabas jugando con tus cosas. Entonces te sentabas sobre la cama y me ibas contando la historia de cada una de las piezas, mientras me acariciabas el pelo. Y yo te escuchaba sin pestañear, embobada, como escuchan los niños las historias fantásticas, porque cada una de las anécdotas era ya en sí un pequeño cuento. Se te daba muy bien conseguir que en lugar de un anillo o una pulsera lograse ver a una persona; y asociado a ella, un sentimiento. Al final siempre terminabas diciendo lo que a todas las pequeñas princezaz les gusta oír: “cuando seas mayor te las podrás poner tú”.

Qué prisa tenía por crecer. Por parecerme a ti.

Hoy me miro en el espejo y todavía sigo sin encontrarte en mis ojos ni en mi sonrisa, pero sí en todo aquello que va más allá de lo físico y del valor material que le damos a las cosas. Te reconozco en mí cada vez que digo que prefiero regalar a que me regalen, o cuando me dicen que soy demasiado empática, o cuando no soporto ver cómo algunas personas desprecian a otras por el hecho de no ser como ellas. Y a pesar de que eres la mejor parte de mi, te echo de menos.

Te echo tanto de menos que no te perdono que me hayas engañado tantas veces haciéndome creer que eras fuerte, que estabas bien, que las madres son indestructibles y todopoderosas. Que que después de enseñarme que a las personas hay que ayudarlas cuando lo necesitan, no me hayas dejado hacerlo cuando eras tú la que lo necesitaba.

En realidad no sé si es a ti a quien no perdono o a mí misma, por no haber visto cómo te ibas rompiendo en mil pedazos hasta desaparecer.

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