Revista Espiritualidad

No tiene rumbo la vida, lo tengo yo

Por Zidika

Hay cosas que pierden valor al estar en manos de quien no las sabe apreciar. 


No tiene rumbo la vida, lo tengo yo
 

Hace tiempo perdí mi libertad a causa de un delito que confieso, yo sola cometí. Perdí mi rumbo al dejarme mecer por las aguas de un navío incierto, tripulado por alguien que no era yo. Quizá el lado más ingenuo de mi corazón ensordecía con su latir la razón, tanto, como para no ver entonces que arribaba a un puerto lejano de mí, de mis sueños, de mi todo.

Pasado un tiempo empecé a comprobar que mi presente estaba acotado, varado en alguna playa, sin tripulante ni remos que guiaran la marcha. Fue entonces cuando decidí dar el salto doloroso e inoportuno, aunque necesario, que nos salva de seguir ahogándonos un día tras otro en esa cárcel de los sentimientos acabados que en ocasiones se convierte la vida. Esa que insta a sumergirnos por completo en un destierro de seguridades, que aunque insatisfactorias, son conocidas.

Comencé a caminar a oscuras por ese nuevo sendero al que llaman libertad que a primera vista percibes tenso e inseguro, como la fina cuerda que el trapecista recorre en su actuación y quién sabe, si al final del trayecto me lloverán aplausos, o quizá caiga al vacío, donde se pagan las penas de aquel delito. Lo importante en estos casos es caminar. Pasados los temerosos y vacilantes primeros pasos comienzas a sentir que tu ser se impregna de un ritmo propio, dulce y envolvente que sin darte cuenta renace de dentro, seguido de un compás armonioso que va abriendo camino en tus sentidos.

Me dejo llevar y empiezo a notar el sol en la cara, voy oliendo el mar que baña mis pies mientras camino. Me siento bien. Es como acariciar el agua a la orilla del mar cuando el sol se despide, como sentir la brisa al abrir la ventana, como agradece el agua la flor casi olvidada del jardín. Una lluvia fina empapa mi piel, son las aguas de marzo. Me pone de buen humor, me hace reír, bailar, soñar, como aquella acompasada bosanova. Activo la memoria y trato de recordar la entreverada letra, disfrazada de poesía y trabalenguas.

La tormenta se percibe en el horizonte. El cielo celebra entre truenos y relámpagos la llegada de la nueva estación. Esa nueva estación de mi vida en la que el rumbo lo tengo yo. La espero quieta. Me meto en su voz contagiándome de su alegría, salpico desde ella al mundo, chapoteando con los pies desnudos y la sonrisa descalza.

 
Carmen Paz

http://lamujeriniciada.blogspot.com/


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