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Normas para nombrar enfermedades.

Publicado el 23 septiembre 2021 por Mj Sol

El hombre se dedica a ponerle nombre a todo lo que le rodea. Pero nunca es tan urgente e importante como cuando lo nombrado supone una amenaza para nosotros. Tener como llamarlo nos da cierta impresión de control y ayuda a ponerse de acuerdo para aunar información y buscar soluciones. Este último es el caso de las enfermedades. Pero es tan complicado denominarlas que en los últimos años ha habido que adoptar unas normas para ello. La excesiva espontaneidad de otras épocas ha creado más de un problema.

Ha habido muchas enfermedades diferentes, por ejemplo, que se han llamado plaga y peste. Estos nombres se utilizaban para una serie de males que, incluso los médicos sabían que no eran los mismos. A posteriori podían distinguirse indicando a qué época pertenecía por su gobernante (peste de Justiniano), su año o lugar (plaga de Atenas).

En la Edad Media la peste negra asoló Europa y en Italia la llamaban influenze. Este término, que continuó utilizándose en las epidemias posteriores, se acuñó por la creencia de que las enfermedades respondían a la influencia de las estrellas sobre el cuerpo humano.

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La Tierra rodeada de estrellas.
Imagen de www.pxfuel.com/es

En épocas más cercanas fue habitual que la enfermedad llevara el nombre de su descubridor. De esto tenemos muchísimos ejemplos como la parálisis agitante que denominó y estudió el médico James Parkinson, pero que todos conocemos con su apellido.

Cuando el nombre de la enfermedad incluye una zona geográfica, aunque el virus viaje a otra parte del mundo, desacredita ese lugar (Ébola por el río Ébola en África central, aunque afectó a otras partes del continente; o zica por un bosque de Uganda, cuando la zona más afectada es América). A veces, la opción de ponerle un nombre geográfico no es tan inocente como, simplemente, indicar el lugar de origen. Tal es el caso de la gripe española, que está demostrado que no se originó en España. Pero el mundo estaba en guerra y había que culpar a otra nación. Así que esta gripe recibió multitud de nombres, según quien fuera el enemigo de cada país o raza, hasta que quedó unificada con el nombre de gripe española, aunque se debe llamar gripe de 1918.

Normas para nombrar enfermedades.

Periódicos de la época hablando sobre la gripe de 1918
en los que puede verse alguno de los nombres que le asignaron.
Imagen de la Biblioteca Nacional de España.

Cuando el nombre de la enfermedad incluye a un animal produce rechazo hacia este, a veces, de forma errónea (como la gripe porcina, que la transmiten los humanos, pero que provocó el sacrificio de 10.000 cerdos y una crisis en el sector de importación de estos animales).

Cuando el nombre implica a un grupo poblacional lo estigmatiza (como la inmunodeficiencia asociada a la homosexualidad primera denominación del síndrome de inmunodeficiencia adquirida o Sida).

También se ha intentado nombrar a las enfermedades con un número (sirva como ejemplo también la gripe de 1918 a la que los franceses empezaron llamando enfermedad once). Este sistema se impuso en China en los años sesenta.

En este estado de cosas no debe extrañarnos que la Organización Mundial de la Salud tomara cartas en el asunto y, después de mucho debate (usar números, nombres de dioses griegos, o alternar nombres masculinos y femeninos como con los huracanes), decidiera publicar en 2015 unas directrices claras que podrían resumirse en que las denominaciones no deben incluir: sitios geográficos, nombres de personas, animales, tipos de comida o hacer referencia a una cultura o industria particular, ni añadir palabras que provoquen miedo como “mortal”. Si el virus sufre variaciones y necesita ser diferenciado puede añadirse algo aleatorio como números o letras.

Hoy en día sufrimos la pandemia de un virus cuyo nombre científico es SARS-CoV-2: SARS por el acrónimo en inglés de síndrome respiratorio agudo grave, CoV por ser de la familia de los coronavirus y 2 porque es nuevo y va con numeración para distinguirlo. Todos lo llamamos Covid-19.

Pero parece que no hemos hecho demasiado caso a la OMS en sus directrices porque al principio a la Covid-19 se la llamaba la gripe de Wuhan y gripe o virus chino. Y después a las variantes que han ido surgiendo con el paso de los meses les hemos adjudicado el lugar geográfico en el que se localizaron (lo cual no significa que sea su origen) como variante inglesa, surafricana, californiana, india, brasileña… Justo lo que nos habían dicho que no hiciéramos. Así que la OMS ha decidido renombrarlas y con su difusión por los medios de comunicación ya se ha dejado de mencionar lugares geográficos para adoptar letras del alfabeto griego. Así, por ejemplo, la de Reino Unido se ha convertido en la Alfa, o la de la India en la Delta.


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