Revista Cultura y Ocio

Notas sobre la iniciación masónica

Por Ritofrancesmoderno

Notas sobre la iniciación masónica

En el momento en que el recipiendiario ve la Gran Luz durante la ceremonia de su Recepción, se encuentra inmerso en un micro universo simbólico que le es desconocido, cuando no extraño: luces, penumbras, columnas, llamas, herramientas, colores e instrumentos, candeleros y, lo más novedoso, inquietante y reconfortante de todo: los masones y masonas de la que, desde ahora, será su Logia, su Taller.

El nuevo Aprendiz es colocado en una zona a la que, misteriosa pero familiarmente, todos se refieren como “el Norte” o “la columna del Norte”. Allí sentado, comienza a observar, a mirar y, en ocasiones, a ver; se va sumergiendo en una suerte de recreación –más ética que mimética- casera, familiar, del porche del Templo de Salomón, alrededor de los legendarios avatares de cuya construcción se ha venido levantando el mito fundacional de la Masonería de los Modernos que –oh, paradoja- son los más ancestrales de todos los masones.

Ante sí, junto a él y tras él, tendrá varias filas de francmasones y francmasonas, a partir de ahora sus hermanas y hermanos, aunque todavía imponentes presencias para quien acaba de ser iniciado en unos misterios tan tremendos y fascinantes como alejados de toda veleidad ocultista o magufa.

En el centro de un Templo que es llamado así no religiosa sino etimológicamente (templum, lugar acotado para un determinado fin), verá tres grandes candeleros – dispuestos en una escuadra cuya base parte del Este-, cada uno de ellos con una candela: su Segundo Vigilante le dirá que representan al Sol, a la Luna y al Maestro de Logia, las Tres Grandes Luces de la Masonería de los Modernos, del Rito Francés. Luces que sugieren lo que anima y alumbra la vida de todo ser humano y de la Orden: el fuego, la luz y el calor, tan incontrolables como reconfortantes y orientadores, de los elementos naturales –los astros-, y la luminaria del conocimiento humano. Sol, Luna, Maestro de Logia, nuestras tres Grandes Luces.

Sentado al Norte, su existencia de Aprendiz se verá marcada por la belleza, columna en la que recibe su salario y desde la que su Segundo Vigilante vela por su progreso masónico. Fascinado por la estética de una gestualidad, sintaxis y musicalidad ritual, el Aprendiz, en la atmósfera de un privilegiado silencio, irá paulatinamente centrándose, viajándose, visitándose, conociéndose, callando, tallando, enriqueciendo su experiencia con las aportaciones de los miembros de su Taller.

Está viviendo una experiencia más inefable que secreta: la iniciación masónica.

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