Revista Espiritualidad

Núcleo Accumbens o El Centro del Placer

Por Av3ntura

Cuando un neurólogo llamado Sigmund Freud revolucionó a la sociedad victoriana de finales del siglo XIX i principios del veinte con sus ideas sobre los deseos reprimidos, la existencia de un subconsciente i de un inconsciente, la fuerza del superego, la importancia de los sueños, la realidad que se escondía detrás de los cuadros de histeria y, finalmente, con su teoría del psicoanálisis, no le faltaron detractores que trataron de desprestigiarle.

Quizá porque sentían peligrar su concepción del mundo y de la vida en particular. Cuando las propias convicciones se cuestionan, de alguna manera nos sentimos obligados a rectificarlas, a asumir nuestra parte de responsabilidad en nuestros errores y a adoptar el compromiso de tratar de mejorar. Los cambios siempre incomodan al principio, porque nos suponen un esfuerzo añadido al tener que adaptarnos a una realidad distinta y amoldarnos a sus recovecos.

En terapia sistémica, cuando los psicólogos se enfrentan a una familia con problemas, es muy habitual que el portavoz de dicha familia deje muy clara su postura antes de empezar con la terapia: “Solucione nuestros problemas, pero NO NOS CAMBIE”.

A las personas nos cuesta entender que a veces los problemas no residen en lo que nos está pasando y no acabamos de entender, sino en nuestra resistencia a cambiar aquello que no nos funciona, pero insistimos en mantener.

Ya sea una relación de pareja que no nos acaba de satisfacer, ya sea una casa en la que nunca hemos conseguidos sentirnos como en casa, o simplemente el modo cómo nos distribuimos las tareas en casa. A veces, basta con poner en voz alta lo que sentimos y pensamos cada uno para darnos cuenta de lo fácil que es solucionar los problemas cuando nos atrevemos a llamarlos por su verdadero nombre.

Un siglo después de la existencia de Freud, sus teorías siguen vigentes y la ciencia no ha dejado de descubrirle muchos secretos a nuestra mente humana que concuerdan con muchas de esas teorías.

Según la pirámide de Abraham Maslow, todos tenemos una serie de necesidades que, estructuradas según su nivel de importancia, van a acabar determinando nuestro grado de satisfacción o insatisfacción con la vida en la medida en que se vean cubiertas o no.

Una de esas necesidades es el placer. Un placer que se puede alcanzar con la práctica del sexo, pero también por muchas otras vías de satisfacción. Todo dependerá de las prioridades que tenga cada persona, de sus apetencias, de sus inquietudes y de su voluntad de conseguir ser feliz.

Hay personas que piensan que su felicidad depende de otras personas o de la suerte. Esas personas difícilmente conseguirán sentirse a gusto con sus vidas, porque siempre se sentirán decepcionadas. Nadie puede asumir la ardua responsabilidad de la felicidad de otra persona. Porque cada uno tenemos nuestro propio concepto del placer y de la felicidad.

Yo puedo vivir contigo, pero no por ti. Puedo acompañarte, puedo escucharte, puedo tratar de consolarte. Pero no puedo caminar por ti, hablar por ti, llevar tu cruz por ti. Porque entonces ni tú serías tú, ni yo sería yo. Ninguno de los dos estaría viviendo su vida, sino la del otro.

La literatura romántica nos ha llevado a pensar erróneamente que los sentimientos y la pasión nos nacen del corazón. La neurociencia ha demostrado que la esencia de todo lo que somos reside en nuestro cerebro. Almacenados entre sus circunvoluciones están los momentos que hemos vivido, los conocimientos adquiridos, los sentimientos expresados, pero también los silenciados, las emociones, las formas de hacer las cosas y el dolor acumulado durante años. Porque, en mayor o menor grado, todos hemos caído heridos alguna vez, todos hemos perdido a personas que queríamos y seguimos queriendo, todos hemos tratado de huir de nuestros propios fantasmas y todos nos hemos sentido renacer como el ave fénix alguna vez.

Aunque nuestro cerebro se parezca mucho a una nuez y creamos que está compuesto por una simple materia gris que resulta gelatinosa y banda al tacto, en su interior no resulta nada simple. Estructurado en diferentes lóbulos, el cerebro cuenta con el concurso de determinadas áreas cuya importancia resulta capital en el funcionamiento óptimo del resto de nuestro organismo. Tal es el caso del área de Broca, cuya afectación nos impediría hablar o del hipocampo cuyas lesiones pueden impedirnos la consolidación de nuevos recuerdos.

Núcleo Accumbens o El Centro del Placer

Imagen de Pixabay
El llamado Núcleo Accumbens es una zona del encéfalo a la que se le atribuye un importante papel en la generación del placer, incluyendo la risa y la recompensa. Aunque también guarda relación con el miedo, la agresión, la adicción y el efecto placebo.

El tipo de neurona que más abunda en este núcleo es la neurona de proyección espinosa media. Las neuronas de proyección son interneuronas que ejercen de puentes de comunicación entre unas estructuras cerebrales y otras. Son las que procesan la información y hacen posible la conexión entre neuronas sensoriales y motoras.

En el caso del Núcleo Accumbens, estas neuronas generan un neurotransmisor denominado ácido gamma amino burítico (GABA), que es un importante inhibidor del sistema nervioso central. Aunque este núcleo también cuenta con la participación de interneuronas colinérgicas, cuyo neurotransmisor es la Acetilcolina.

Gracias a la intervención de estas interneuronas, el Núcleo Accumbens logra trabajar en estrecha coordinación con otras estructuras cerebrales implicadas indirectamente en la consecución del placer. Estas estructuras son el globo pálido, los ganglios basales, el núcleo dorsal del tálamo, la corteza prefrontal, la sustancia negra y la formación reticular.

A su vez, el Núcleo Accumbensrecibe el impacto de otras sinapsis de interneurones que le transmiten información de otras áreas como la amígdala, las cortezas prefrontales asociativas y el área tegmental ventral. Ésta última cobra especial protagonismo en las adicciones, pues drogas altamente adictivas como la cocaína o las anfetaminas tienen su campo de acción en el área tegmental ventral y acaban provocando un aumento de la liberación de dopamina en el Núcleo Accumbens. Otras drogas como la heroína, la nicotina o la morfina causan el mismo efecto.

El placer no es algo que nos pueda producir otra persona, sino la consecuencia de un estímulo que ha provocado que determinadas áreas de nuestro cerebro liberen determinados neurotransmisores. Es cierto que todo empieza con el estímulo, con lo que el otro nos hace sentir o creer que sentimos. Pero la última palabra siempre la va a tener nuestro cerebro. Sólo él va a decidir si permite que salten todas las alarmas y estallen los fuegos artificiales por unos segundos o unos minutos, o lo procesa como un triste desahogo para espantar la tediosa rutina.

Como en tantas otras cosas, lo que nos pase es lo de menos. Lo que contará de verdad es cómo lo interpretemos, cómo nos convenzamos a nosotros mismos de que estamos a gusto bajo nuestra piel o de que somos unos pobres desgraciados que no tienen suerte en la vida.

Si la liberación de dopamina está relacionada con las sensaciones placenteras, independientemente de que el estímulo que provoque las sinapsis en cadena de las neuronas que nos conducen hacia ese placer sea una droga, un beso o la contemplación de un paisaje idílico, ¿por qué no nos volvemos más selectivos a la hora de escoger esos estímulos?

¿Por qué conformarnos con recurrir a una substancia nada recomendable cuando cualquier otro estímulo mucho menos nocivo nos puede abrir la llave de esa fuente de dopamina que puede saciarnos esa sed de bienestar?

Freud pensaba que muchos de los problemas que aquejaban a sus pacientes femeninas se debían a la represión sexual a la que se veían sometidas. Las mujeres de cualquier época histórica han padecido ese tipo de represión, propiciada por la doble moral que siempre ha imperado en las sociedades patriarcales. El hombre era libre de saciar sus apetitos allí donde y con quien le apeteciere, pero para las mujeres la sexualidad estaba vetada. La práctica del sexo sólo tenía una función reproductiva.

Desgraciadamente, en pleno siglo XXI, muchas sociedades en el mundo siguen manteniendo la misma mentalidad y sus mujeres siguen condenadas a no descubrir el placer, pese a que sus cerebros tienen la misma capacidad que los nuestros para generar y transmitir dopamina.

El cerebro, ese gran desconocido para la mayoría. Ese cofre lleno de tesoros ocultos que tanto nos resistimos a desenterrar de la arena de nuestros desiertos particulares.

Estrella Pisa

Psicóloga col. 13749


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