Salgo del cine impresionado, sorprendido y, por encima de cualquier otra sensación, aterrado. De una sala de cine europea, pero no española, porque existe una altísima probabilidad de que esta película no se vea en su país y se convierta como muchas otras, por falta de visión comercial, distribución ineficaz o mala suerte (en realidad, desconozco la razón), en cine invisible.
En el resto del mundo, desde Moscú a Estados Unidos y de norte a sur, esta joya de la animación va arrasando por certámenes, muestras y festivales. De hecho yo disfruto de él, y de otros dos excelentes trabajos de animación, Arrugas y Gartxot, en el 22 Festival Internacional de Cine de Animación, Les Nuits Magiques, cuya selección muestra la energía y vitalidad, para nosotros, de nuestra producción de “entretenimiento” nacional, y para los aficionados y expertos extranjeros, sencillamente, de cine de altísima calidad.
Impresionado salgo, decía, por la riqueza de matices e interpretaciones que O Apóstolo despliega ante el público. En el extremo norte de un país, que tiene como uno de sus cimientos literarios la picaresca -ladrones y tullidos, malvados y mezquinos, que sólo piensan en el dinero y en cómo desvalijar al prójimo: el Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache o el Buscón-, un teatro novelado, que comienza por una alcahueta como la Celestina, o el origen de la novela moderna, en el Quijote, pobre hombre que acaba desvariando por exceso de información y conocimiento (lo que nos ocurrirá a todos si continuamos leyendo al prensa), los protagonista de esta película no podían haber sido mejor elegidos: dos ladrones de baja calaña y peor condición. ¿Nada ha cambiado en este país desde 1499, fecha de la primera publicación de la comedia de La Celestina?
Sorprendido por la perfecta definición y caracterización de los personajes estereotipos: un arcipreste de la catedral de Santiago y el párroco del pueblo, en definitiva, el poder religioso, centrados en el buen comer y beber, disfrute de los bienes terrenales y obsesionados por la obtención de títulos y prebendas gracias a sus buenas relaciones (el caciquismo en este país no se detiene en las fronteras de nuestras autonomías), un inexistente poder político (¿para qué si el cura ya se encarga de organizar los “ingresos” del pueblo?) y un poder civil, mejor dicho, la representación civil, en el papel del doctor, completamente incompetente.
Y la protagonista principal de la película, la niebla. La oscura, densa e invasora bruma que, con sus supersticiones, va cegando a los protagonistas. Tampoco parece que la niebla se haya levantado completamente en nuestro particular parte meteorológico nacional.
Y aterrado porque tenía unas inmensas ganas de ver esta película de stop-motion (técnica que constituye una primicia para un largometraje en el país) que se suponía era una historia que rozaba lo fantástico, y me he encontrado con un tremendo y apasionante documental.
Fernando Cortizo, su director, nos ha colado la mejor radiografía de la situación anímica del país. Si en pasado alguien quería comprender el origen de la crisis económica mundial de 2008 tenía que ver Inside Job y si alguien desea conocer nuestra situación actual deberá ver O Apostolo. Bueno, previo viaje al extranjero, dado que posiblemente no puedas verla en el país.
Y eso que contiene uno de los mejores, más logrados y sutilmente cínicos finales de la historia del cine. El protagonista, tras muchas peripecias (el día que maten al último turismo, ¿de qué vivirá ese pueblo?), decide que quiere cambiar de vida y vivir tranquilamente… y lo consigue. ¿Cómo? Para eso habrá que verla. Bravo, Fernando Cortizo, sólo por el último minuto ya mereces un Goya, como mínimo.
Hace años teníamos que irnos al extranjero para ver Emmanuelle, hoy tenemos que hacerlo para ver El Apóstol. En la Reconquista las tropas utilizaban la expresión: Santiago y cierra, España, para darse ánimos. Con el Apóstol, la coma desaparece: Santiago y España cierra. Lo que cambian los tiempos y lo que cambian las comas.
