Revista Cultura y Ocio

Operación Impulso (1)

Publicado el 07 julio 2012 por Tzimize @tzimize

Sofía 08:45 – 06:45 ZULU Sede de la IAB
La lente de la cámara se ajustó silenciosamente. Plamen Dimov miró en su dirección, permitiendo que reconociera sus facciones. Segundos más tarde, un panel se deslizó desde la pared que tenía enfrente. El agente retiró de su dedo índice la fina película que recubría la yema y lo presionó contra el cristal traslúcido del panel. Un leve pitido y un led verde fueron todo indicativo de que el reconocimiento había sido positivo, aunque Dimov sabía que en realidad poco importaba; en caso error daría la misma señal, salvo que entonces seguridad se estaría echando sobre él en cuestión de segundos.
La pared frente a sí retrocedió y se hizo a un lado para dejarle paso.
Dimov caminó por el pasillo escuchando el mecanismo cerrarse a su espalda, luego sólo sus pasos resonaron en el corredor. La siguiente puerta - igualmente bien asegurada pero ya no oculta - le dio paso a una sala amplia donde la moqueta amortiguaba el sonido de sus zapatos y los del resto de los presentes, que iban de un lado a otro cargando papeles. Pasó con decisión entre las filas de ordenadores, donde inclinados trabajaban “los otros agentes”, lo que no eran de campo. Tomó un atajo hacia el despacho del director general, atravesando la zona de descanso.
Pasar al interior del despacho le costó, como siempre, una gota de sangre fresca. Tras apoyar el dedo en el panel junto a la puerta, la punzada fue rápidamente cauterizada, de modo que ya no debía preocuparse por ella cuando entró al despacho.
El lugar estaba vacío, pero a su derecha una cristalera a media altura mostraba a un gato de unos tres meses, que maulló quedamente al verle entrar. Dimov se aproximó al cristal y lo golpeó levemente con el dedo. En respuesta, el animal se puso a dos patas, apoyando las delanteras en el cristal y tratando de olisquear al extraño del otro lado.
- Yo que tú, no le tomaría cariño al minino, Dimov.
El aludido se volvió para ver a su superior, que debía haber entrado por la puerta trasera, cuya localización era sólo conocida por éste. El agente se planteó si la pared posterior sería giratoria o si la entrada vendría desde el suelo.
- ¿Es del departamento de investigación? - preguntó, dando un golpecito más al cristal y comprobando la reacción del felino.
- Así es - respondió su jefe, tomando asiento y ofreciéndole el que tenía frente a sí, al otro lado de la mesa. Éste se alejó del cristal aceptando la invitación.
El director tenía una mesa de madera antigua que contrastaba con el resto del mobiliario de la oficina. Abrió uno de los cajones y le entregó a Dimov una carpeta. El agente la abrió, descubriendo la tableta en su interior y activándola de nuevo con un reconocimiento de su huella dactilar. El sistema operativo de la agencia no tuvo la cortesía de darle la bienvenida, directamente se abrió el archivo de datos que contenía la información necesaria para su nueva tarea. Dimov deslizó el dedo por la pantalla para hacer pasar las hojas, echándoles un rápido vistazo inicial. No es que fuera descuidado, pero ya se había acostumbrado a la redacción de informes de la agencia y sabía dónde mirar.
- ¿Es una misión de protección? - preguntó, tras haber ojeado la información.
- ¿De protección? - el director pareció momentáneamente sorprendido, pero luego lo meditó y llegó a la conclusión de que la acepción no era enteramente errónea - En parte - concedió -, pero no por completo, desde luego. No, llegado el momento, es preferible que muera. Sin embargo, nos sería útil aquí, tanto él como su juguete.
- ¿Es un civil? - preguntó Dimov, pero en seguida se posicionó en la parte del informe que hablaba de los antecedentes militares y se respondió a sí mismo - Bueno, no del todo.
- Sabe disparar un arma, desde luego, y su técnica en combate cuerpo a cuerpo es algo a tomar en cuenta, pero lleva mucho tiempo dedicándose a su verdadera profesión, no creo que pueda darte ningún tipo de problema. Aún en el caso de que quisiera dártelo.
- Le traeré a que nos conozca - aseguró Dimov.
- Que sea lo antes posible, no queremos que se nos adelanten - luego tamborileó con los dedos sobre la superficie de la mesa -. Y otra cosa más. Procura no llamar la atención de las autoridades locales esta vez.
Plamen Dimov contempló el ritmo peculiar sobre la superficie de madera y, reconociéndolo, respondió con una frase ambigua que podía responder tanto a sus palabras como a su señal:
- Iré con cuidado - se levantó y pasó junto al gato, que parecía haberse echado a dormir.
Probablemente sólo lo parecía.
Salió del despacho y se dirigió a la planta baja, donde pudo acceder a su sala privada. Era pequeña, pero al menos era algo. No se quedó allí más de lo estrictamente necesario, sólo se cambió de ropa, adecuándola al barrio al que se dirigía: Lozenets.
Era aquel un barrio residencial, tranquilo, construido después de la abolición del comunismo. Estaba situado a doscientos metros del South Park y era el lugar indicado para alguien que pudiera permitírselo, un sitio muy diferente a otros puntos de la ciudad de Sofía que se habían convertido en auténticos guetos.
Dimov se dirigió allí en un taxi, evitando el uso del coche que le habían asignado. Por el momento, resultaba más seguro visitar al objetivo así. Se dirigió a la esquina de la calle y una vez allí miró en dirección al tercer piso. Las cortinas estaban echadas, por lo que tuvo que retroceder un paso para ocultarse tras la pared, puesto que de mirar alguien por la ventana él no se daría cuenta. Abrió la carpeta y revisó nuevamente los datos.
“Sexo: Varón.
Edad: 37 años
Profesión: Profesor de Física Avanzada en la Universidad San Clemente de Ohrid.
Nombre: Todor Galchev”
El documento continuaba relatando las relaciones familiares del objetivo. Al parecer, su esposa y un hermano mayor eran las únicas personas cercanas que le quedaban. Se matizaba, no obstante, que no había tenido contacto con su hermano desde hacía varios meses debido a una disputa familiar. Dimov leyó con más atención la siguiente parte del informe.
“El artefacto puede o no encontrarse en su residencia. Es prioritario que, si no se consigue atrapar al objetivo, se sustraiga dicho artefacto, ya sea de su casa o de su oficina.
Es especialmente primordial que el artefacto no caiga en manos ajenas a la agencia, aunque para ello deba ser destruido. Las órdenes a este respecto son las mismas en lo tocante al objetivo.”
Frunció el ceño, pero no pudo pararse a pensar lo que aquello significaba. Levantó la cabeza al escuchar el sonido de un motor acercándose. El coche torció por la calle del objetivo y frenó una manzana por delante, pero Dimov lo siguió con la vista y observó cómo el conductor del vehículo, un hombre trajeado, bajaba del coche. Era un coche de tipo familiar pero de gama alta que no desentonaba con el ambiente del barrio, como tampoco desentonaba el hombre trajeado. No obstante, el agente tuvo el presentimiento de que aquel hombre no estaba allí por mera casualidad. Quizás fuera que se recolocaba las hombreras de la chaqueta continuamente, como si le molestaran o no estuviese acostumbrado a ella; quizás fuera que los otros dos ocupantes eran varones adultos como él y no una bonita familia, como cabía esperar; quizás fuera la forma en la que miraron a un lado y otro de la calle, con aparente distracción. Sin embargo, lo más probable es que lo que el agente Dimov identificó de alguna manera fuese esa tensión de quien se siente fuera de lugar, la misma que en la agencia le habían enseñado a sacudirse de encima para no acabar muerto en la primera misión.
El agente dejó la carpeta en el poyete de la ventana que tenía al lado e introdujo la mano en su chaqueta, buscando el arma de pequeño calibre pero gran potencia que la agencia le había dado hacía ya cinco años.
En honor a sus habilidades, cabe destacar que el agente escuchó el último paso antes de sentir el cañón bajo su oreja. Lo suficientemente a tiempo como para no sacar el arma que ya tenía empuñada, y lo suficientemente tarde como para no poder realizar una maniobra de evasión.
Antes si quiera de sacar la mano de la chaqueta, con o sin arma, antes de decidir si debía soltarla y tentar a la suerte con la improbable compasión de uno de esos asesinos o arriesgarse a confiar en su velocidad y pericia para hacerse con la situación, la mente de Dimov, cuya línea de pensamiento se había visto interrumpida por la llegada del coche, de pronto pareció conectar dos conceptos que le habían pasado hasta el momento desapercibidos, pero que daban vueltas por su cabeza esperando que él fuese capaz de relacionarlos.
Es especialmente primordial que el artefacto no caiga en manos ajenas a la agencia, aunque para ello deba ser destruido.
Dimov se percató de lo que aquello significaba. Le habían estado ocultando ciertos datos. A parte de las personas que querían a Todor Galchev muerto por intereses puramente comerciales, había aún un tercer jugador sobre la mesa. Los asesinos de aquel físico no permitirían que su invento saliese a la luz, lo destruirían, pero no era eso lo que pretendía algún otro, otro que preocupaba a sus superiores, otro que no debía hacerse con el artefacto a precio alguno. Indudablemente había alguien más, alguien que quería hacerse con el invento probablemente para usos similares a los que la agencia pretendía darle.  Llevaba ya un tiempo en la IAB y no le costaba deducir ese tipo de amenazas de los informes, pero no tenía sentido… ¿Por qué no habían compartido con él ese dato?  Es ese tipo de desinformación la que convierte a los agentes en un blanco fácil por su ignorancia. Y ahora ahí se encontraba él, sintiendo el cañón tibio (había sido disparado no hacía mucho) contra su piel.
Más que oírlo, sintió el chasquido del arma cuando el asesino la amartilló.


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