Revista Cultura y Ocio

Operación Impulso (2)

Publicado el 14 julio 2012 por Tzimize @tzimize

Sofía 12:45 – 10:45 ZULU
Frente al hogar de Todor Galvech, Lozenets
Su movimiento fue rápido y preciso, practicado y realizado en multitud de ocasiones. Cada vez que lo hacía, recordaba las palabras de su instructor en la academia: “Sin miedo, Dimov, maldita sea. Si le rompes el brazo que vaya a la jodida enfermería”. El sonido de la voz tan conocida en su cabeza se extinguió ahogada por el ruido atronador del disparo. Para entonces, Dimov ya había golpeado el antebrazo de su oponente con el suyo propio al dar media vuelta, desviando la trayectoria del cañón. La bala se quedó clavada en la pared y el agente, aún en plena pelea, se recordó que luego tendría que recogerla.
Mientras tomaba nota mental de ello, agarró con la mano izquierda la muñeca del brazo armado de su oponente, retorciéndola, para de inmediato golpearle con su codo derecho en la cara. Sintió el tabique nasal hundirse bajo el golpe y cómo su asaltante perdía las fuerzas, aflojando la mano. La pistola cayó al suelo. El hombre también, sacudiendo la cabeza y salpicando  la cercana pared de gotas de sangre.
Dimov sacó su arma, que ya tenía puesto el silenciador, para terminar la ejecución, pero una lengua chasqueó llamando su atención. El agente miró al recién llegado, también armado como los tres acompañantes que se colocaban a su espalda. El recién llegado miró al de la nariz rota y sonrió con cierta burla.
- ¿Qué te ha pasado, hermanito?
- ¡Este cabrón me ha roto la nariz, me la ha roto! – escupió sangre al suelo, furioso. El dolor hacía que se le anegasen los ojos, lo que le enfurecía aún más.
- Así estás más guapo – replicó su hermano mayor -. Vamos, levanta, joder… Y tú quietecito – dijo a Dimov – que ahora hablaremos.
Por muchas leyendas que se le atribuyesen al IAB, no habían inventado aún nada capaz de desviar tres balas directas a la cabeza, así que Dimov bajó el cañón del arma, sin soltarla, permitiendo que ese desdichado volviese a nacer. Esperaba que hubiese aprendido la lección, aunque probablemente no fuese así. Estaba seguro de que volverían a encontrarse… si es que no moría en los próximos diez minutos.
Se preguntó si los miembros de vigilancia de agentes de la IAB estarían observando ahora mismo, y también cómo podían atenerse a su política de no intervención y dormir tranquilos por las noches. En ese mismo momento, como si alguien le hubiese escuchado y, avergonzado, hubiese decidido actuar, se escuchó un intenso zumbido. Dimov lo reconociéndolo y se echó al suelo de inmediato. El que parecía al mando de los asaltantes se percató de ello, agarró a su hermano de la capucha que le colgaba a la espalda y tiró de él, obligándole a caer al suelo consigo.
Lo siguiente que se escuchó fue una especie de crujido, y después la onda expansiva del estallido, arrastrando la metralla. Los trozos de metal atravesaron los cuerpos de todos los que estaban en su radio de acción, sin hacer distinciones: Civiles, asaltantes y hasta un par de perros callejeros que tuvieron la mala suerte de pasar por allí en ese momento. Del grupo de hombres armados, sólo los dos hermanos y Dimov, que se habían puesto cuerpo a tierra, seguían con vida para cuando el zumbido se apagó.
- ¿Pero quién cojones sois? – preguntó el hermano mayor entre blasfemias.
- No han sido los míos – contestó Dimov.
El hombre se levantó, apuntándole. Dimov también apuntaba al tipo.
- Es hora de marcharnos – dijo levantando a su hermano, que parecía seguir confuso tras la explosión.
Pero no pudieron irse. Una ráfaga que parecía provenir de un rifle de asalto por poco les vuela la cabeza. Se echaron tras un coche. Los cristales estaban hechos añicos, esparcidos por el suelo donde cayeron. El agente oyó la hosca voz del hombre maldecir de nuevo.
Calculó el ángulo de tiro y se aseguró de estar a cubierto por el edificio antes de levantarse. Asomó la cabeza sólo un instante, y al momento una lluvia de balas levantaba la esquina por donde se había mostrado. “Las cosas están siendo demasiado escandalosas” pensó Dimov, “a los jefes no les gustará esto”.
Había llegado a divisar tres furgonetas, dos de ellas que acababan de llegar, puesto que estaban intactas. Había al menos cinco rifles de asalto siendo disparados en esos momentos. Decidió rodear el edificio. Avanzó aguzando el oído. Era poco probable que se produjese una nueva explosión, teniendo en cuenta que ellos estaban allí, pero era una suposición un tanto arriesgada dado que no tenía la menor idea de quiénes eran. De todas formas, puso cuidado en cada uno de sus pasos. No podía tomarse tanto tiempo como le hubiera gustado, pero giró en la siguiente manzana. Aún se estaba produciendo un tiroteo, Dimov supuso que entre los hermanos y los nuevos asaltantes. Giró la esquina con la pistola por delante.
Un hombre menudo y vestido con ropas anchas le pasó al lado, corriendo, lanzando un pequeño grito grosero y acelerando el sprint cuando vio el arma. El grito alertó a los tiradores y de nuevo tuvo que ocultarse Dimov tras la pared. Maldijo al civil. Tardó aún unos segundos en darse cuenta de que se trataba de su objetivo. Maldijo de nuevo.
- ¡Galvech! – salió a la carrera tras él, preguntándose cómo demonios había conseguido huir de los profesionales que le perseguían. Probablemente le necesitaban vivo - ¡Todor Galvech!
Sus piernas largas y su entrenamiento conferían a Dimov una importante ventaja. Aún así no podía recorrer toda la calle abajo para darle alcance, puesto que en cualquier momento los tiradores podían llegarse hasta la esquina y dispararles desde allí con facilidad, dado que corrían por mitad de la calzada y en línea recta.
- ¡Galvech, gire a la izquierda! – ordenó, pero su perseguido no parecía tener la mínima intención de hacerle caso.
Dimov aceleró, regulando su respiración cuidadosamente.
El corazón de Todor pulsaba con fuerza contra sus sienes y los pulmones le ardían. No podía escapar de aquella manera, no podía correr más que el hombre armado que le iba a la zaga. Lo sabía. Su ritmo se resintió. Los gemelos de las piernas se tensaban dolorosamente en cada zancada. Sintió cómo se le abalanzaba sobre él y se zafó, saltando y rodando sobre el capó de un coche al que la alarma aún le sonaba debió a la pasada explosión.
No quería morir, pero mucho menos quería que le atrapasen con vida.
Resbaló al otro lado del coche y, con la cara enrojecida, siguió corriendo por la estrecha acera, esquivando papeleras y farolas, bicicletas aparcadas y bancos desocupados. Sabía que todo esto podía ocurrir, y era precisamente por este conocimiento por lo que había preparado su vía de escape, que había sido efectiva sólo a medias. Aquella maldita bomba había estado a punto de matarle.
El agente Dimov continuó la carrera por la calzada, poniéndose a su altura y adelantándole con la intención de cortarle el paso. Fue justo en ese momento cuando la bala le golpeó en la espalda. El dolor no fue atroz, pero sí lo suficientemente intenso como para que le hiciese caer al suelo, sintiendo en la columna espasmos como si le recorriese electricidad por ella.
Todor se frenó por un momento y le miró.
Le miró con confusión, ya que evidentemente parecía pensar que él y los tiradores estaban en el mismo bando. Luego levantó la vista hacia la furgoneta blindada que, a toda velocidad, descendía por la calle con la evidente intención de atropellar al agente mientras le perseguían a él.
Todor miró a Dimov con lástima y, con un gesto de disculpa y el remordimiento en la mirada, volvió a echar a correr por su vida.
Plamen Dimov deseó que fuese lo bastante rápido, no sólo para huir de ellos, sino también para escapar de él.
Escuchando aún el sonido del motor a su espalda, rugiendo mientras se aproximaba a él, el agente sacó la pistola. No había olvidado sus órdenes. Apuntó hacia el hombre desde el suelo y, para facilitar el blanco, llamó su atención.
- ¡Galvech!
Todor Galvech se dio la vuelta a tiempo de ver cómo apretaba el gatillo.


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