Revista Ciencia

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Por Cristóbal Aguilera @CAguilera2

Ya habían pasado casi cuatro años desde su incorporación al cuerpo y aunque desde el primer momento había tenido a sus órdenes al Cabo Ron no acababa de acostumbrarse a ese extraño acento mezcla de la academia madrileña de Aranjuez y cantinela del sabroso sur canario. El sargento Faro no lo escuchaba. Su mente vagaba por los acontecimientos que varios años atrás hicieron que su vida diera un giro radical. Se dejó llevar por el recuerdo y rememoró el episodio de la alerta sanitaria que había salido desde la oficina de la Agencia Española de la Seguridad Alimentaria y que afectó al pienso fabricado por GÜEWOS, una empresa muy conocida. Aquella alerta dio lugar a uno de los fines de semana más caóticos que jamás viviera y vaya si había vivido. Bendita acuicultura.


El arranque de rabia y poderío que desplegó en aquel fin de semana se estudiaba en la actualidad en las más prestigiosas escuelas de management. Era memorable, un caso que los futuros líderes empresariales deglutían con fruición intentando desentrañar el misterio de ese personaje que con tal poderío dejó claro a todo el mundo sus extraordinarias dotes de mando y capacidad organizativa.

Después de uno años impartiendo conferencias en las más reputadas universidades y organismos internacionales como Harvard, Yale, Cambridge, Oxford... el Sargento Faro era ahora agente especial y un miembro muy destacado de la benemérita. Ayudó, que todo hay que decirlo y mucho, la irresistible oferta económica que le hizo la Guardia Civil, ansiosa por incorporar talentos como el suyo, gente patria de renombre internacional que suplieran la carencia de perfiles de mando tan singulares, sobre todo viendo los nuevos valores que la academia estaba proporcionando.

Fue asignado a una unidad experimental especializada en delitos ambientales que debía colaborar estrechamente con el SEPRONA. La primera de las unidades se iba a poner en marcha en la región insular canaria. El sargento Faro, que conservaba una añoranza por esa tierra sin parangón, no se lo pensó dos veces y acudió de inmediato al reclamo que el comandante de esa región le hizo.

Un ruido a su lado, le hizo volver en sí, se dio cuenta que se encontraba en el puesto de Mojones con el cabo Ron y la guardia Jurado.

El ruido era en realidad una maldición que, en forma de gruñido gutural, se escapaba de la persona que tenía a su lado. Era el cabo Ron que explicaba a la guardia Jurado los tres años continuados de sufrimientos por culpa de los robos que estaban esquilmando parte de la producción acuícola de la zona.

Tres años que, por fin, estaban a punto de acabar.

El cabo Ron era conocido entre los miembros del cuerpo, no sin cierto recochineo, como "Cab Ron". Muy posiblemente tuviese una parte de culpa la mala baba que gastaba y el poco aprecio que mostraba a sus compañeros de menor rango. Tal vez tuviera algo que ver el hecho que debido a un problema con su frenillo tenía dificultades de pronunciación que hacían que fuera incapaz de concatenar adecuadamente su rango y su apellido. Aunque también se decía que su especial predilección por infravalorar a las mujeres de cuerpo, como el caso de la guardia Jurado, habían hecho que se ganase a pulso su apodo. Nada que no pasase en las mejores familias aunque magnificado, en este caso, por las particularidades de la escalera del mando.

El cabo Ron y la guardia Jurado estaban mirando al sargento Faro que justo despertaba de su ensimismamiento y arqueando las cejas le hacían ver que estaban esperando a que se les dijera cómo debían proceder.

Este particular Equipo Especial enviado desde la Comandancia se encontraba dando apoyo a la Patrulla de Servicio de Protección de la Naturaleza (SEPRONA) de la Guardia Civil del Puesto Principal de Mojones y acababa de detener "a cinco personas por un supuesto delito continuado de hurto, y de otra persona por un delito de receptación de pescado, de la especie lubina, procedente de las jaulas marinas de acuicultura situadas en la bahía de Mojones". Cita textual del documento que el Sargento Faro tenía entre sus manos y que por más que leía no acababa de asimilar sin dejar de sentir un cierto dolor interior.

Estas detenciones eran el resultado de la "Operación Tepescao" (OT en clave) que se había iniciado como consecuencia de las denuncias continuadas realizadas por el representante de la empresa de engorde, transformación, envasado y comercialización de lubinas y que harto que los números no saliesen, había llegado a la conclusión que en todo ello había mucho más que un efecto azaroso de la producción, ya que tenía un Mac cojonudo. Sus sospechas continuadas fueron adquiriendo cuerpo con el trasiego de cubetas, vehículos extraños, movimientos de carretillas elevadoras a horas inusuales y por supuesto, la reducción del estoc de cajas de embalaje y de las pegatinas con el membrete de la empresa.

El sargento Faro miró al cabo Ron. El cabo sabía que en el mismo momento que el sargento ponía los ojos sobre él era por algo que había hecho. No sabía bien qué, pero ese lince no le dejaba pasar una.

Miró a la guardia Jurado, en quien tenía depositada mucha confianza.

No pudo evitar que se le escapase una sonrisa. Era conocedora de la pasión que el cab Ron tenía por un popular programa televisivo.

Volvió a centrarse en el asunto que le requería. Tenía delante de él a un hombre satisfecho que lo miraba con admiración. Era el representante de la empresa que había puesto la denuncia y que le estaba diciendo:

El sargento Faro puso cara de asombro y volvió a echar un ojo a la copia del parte de operaciones que le había pasado el Cab Ron y la leyó con una mueca a modo de sonrisa en la boca, se la sabía de memoria:

"El dispositivo de vigilancia de la Guardia Civil se desplegó el pasado día 23 de febrero en las inmediaciones del muelle de Mojones y observó que, tras atracar el barco de la empresa y descargar las lubinas en las cubetas, una persona, con su vehículo tipo furgón, esperaba en las proximidades a que finalizara la operación de descarga, procediéndose por parte de un trabajador de la empresa y con la ayuda de una carretilla elevadora, a introducir en la parte trasera del vehículo una de las cubetas citadas".

Era evidente que su malestar era consecuencia directa de la constatación que empleados de la propia empresa formasen parte del entramado. Quería saber quiénes eran. El Sargento le respondió, con pesar, que era lo que desde el primer momento había creído y que sí, que siempre es doloroso descubrir estas cosas. Y, no sin cierta mala intención, le dejó caer el hecho sospechoso de que no hubiera llegado a darse cuenta antes cuando lo estaban haciendo en frente suyo, usando sus propios camiones, cajas y embalajes, hasta la propia distribución.

El responsable desvió la mirada, dijo:

El sargento Faro estaba deseando que lo hiciera ya que tenía evidencias firmes y constatables de que toda esta trama no se había podido montar sin un cierto beneplácito de determinados elementos pertenecientes a la empresa. Así de claro lo había apuntado en las diligencias previas presentadas al Juzgado para que autorizase la operación "...en la trama estaban involucrados personal de la empresa, en connivencia con otras dos personas ajenas, que aprovechaban los días de despesque para desviar el pescado desde el recinto portuario al cauce irregular en vehículos."

Mirando a los ojos al representante de la empresa que tenía sentado delante de él le preguntó que si no le extrañaba que siempre que se realizaba un despesque, en el momento en que llegaba a puerto, fuese a la hora que fuese, el cuñado del patrón de la embarcación y un familiar directo, a la sazón un conocido marinero de la zona habitual de los calabozos de la comandancia por sus muchas furtivadas marinas, estuviesen presentes con una furgoneta y una carretilla elevadora.

Este hecho significativo se había constatado en la primera noche de vigilancia, cuando, a escondidas, claro, preguntó al cab Ron:

Su sentido común le decía que antes de echarles el guante debía ser capaz de desenmascarar la trama completa, fue este el motivo por el que había pedido autorización al Juez para que sus dos especialistas, el cabo Ron y la guardia Jurado siguieran a la furgoneta e identificasen el cauce irregular.

Parte del malestar que tenía y que había hecho llegar al representante de la empresa a través de sus suspicacias era consecuencia del resultado de estas correrías nocturnas. Era el resultado del informe que le habían proporcionado sus subordinados y que utilizó para acreditar el delito ante el Juez:

"Posteriormente, procedían a la venta de dicha mercancía a una tercera persona que, sin ningún tipo de factura que pudiese justificar su legal pertenencia, presuntamente las introducía y comercializaba en diversas pescaderías de la capital".

-¿Quién era esa tercera persona, en qué pescaderías? Pero cabo, ¿cómo van a tener papeles que lo justifiquen? Hombre de Dios que parece recién salido de la academia. Y Ud., guardia Jurado, ¿qué dice?

- "Shagento, que pogh la noshe tologato zon pardo"

Aunque reconocía la poca fortaleza de las evidencias y había hecho un extraordinario esfuerzo por comprender y asimilar lo sucedido en los últimos días, no se encontraba en condiciones de explicar al responsable que tenía en frente por qué el Juez había decidido dejar en la calle a los seis detenidos, aun y con la fuerza que daba el presentarse cada uno de ellos con su correspondiente letrado.

A modo de claudicación le entregó el documento para que lo firmase y diesen así por concluidas las pesquisas. Le quiso preguntar pero no lo hizo:

"La cubeta y el pescado hurtado de la empresa fueron devueltos a las instalaciones de la empresa afectada, situada en el Polígono Industrial de Lurto, en el municipio de Mojones, procediendo además al pesado de la mercancía, siendo un total de 114 kilogramos con un valor económico de 1.026 euros".

Miró al Cab Ron y éste sintiéndose preguntado respondió de inmediato:

Desvió la vista hacia la guardia Jurado.


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