Hace ya demasiados años como para hacer cálculos que una impresionable (y barbilampiña) versión de mí mismo fue al cine a ver Pulp Fiction, una película de un director con apellido de historieta mala que había revolucionado el mundillo del cine; los meses anteriores había sido la comidilla en los diversos festivales, vilipendiada por muchos que no la consideraban digna del sétimo arte por pasarse de la raya varios pueblos, y encumbrada por otros que veían en ella precisamente puro arte y un vendaval de aire que iba a refrescar esto de contar historias en una pantalla grande desde el respeto al ejercicio de pasarlo bien. Y claro, impresionable como me declaro por aquel entonces, boquiabierto me quedé con el espectáculo que Quentin Tarantino planteaba para cambiar algunos cánones y entrar en mi vida de cinéfago con fuerza. Luego llegarían las sublimes dos entregas de Kill Bill, Jackie Brown, Malditos bastardos, Django desencadenado… pero Pulp Fiction no fue superada como una de mis tres o cuatro películas favoritas.

Salían de la poblada sala al final de la proyección varios jovenzuelos que no tenían edad de haber visto antes esta cinta en el cine comentando emocionados sus escenas favoritas, y dicha circunstancia me hace sumar a la posibilidad de rememorar que tuvimos algunos la reflexión de que un buen reestreno que merece la pena insta a todas las edades a compartir una sana filia.
Como es lógico, los cines no son centros sociales subvencionados, esta idea parte de la posibilidad de hacer una buena taquilla, y sin ser el negocio del siglo, creo que las sesiones que duró en cartel las salas estaban razonablemente llenas y la cosa dio sus frutos. De parecida manera (a veces son pequeños inversores o asociaciones de románticos idealistas los que se ponen de acuerdo con cines concretos) he ido pudiendo asistir, atesoradas quedan en mi memoria, a sesiones exclusivas en pleno siglo XXI de películas como El padrino (primera y segunda parte en versión original), La princesa prometida o Los Goonies.
