Dice Mims que con los pendientes, aquellos que todavía no hemos abierto, nos deparan historias que añadir a nuestras maletas de conocimiento. Enseñanzas para unir a lecturas antiguas, hilos por atar a toda la pila de leídos, una vez hayamos pasado por ellos. Nuevas historias de Didion recorriendo California, biografías con surrealistas aún por admirar, poemarios con versos distintos que hurgarán en viejas heridas. Son retos, cajas de Pandora sin abrir, con el lazo puesto. El mejor regalo a un lector de vida, libros por estrenar, escogidos por deseo y con ansia de hincarles el diente. Porque, como él dice, con los años una reconoce qué quiere aprender, qué necesita descubrir, qué debe leer. Por eso acumulamos páginas, porque sabemos que nos será vital lo que en ellas se diga. ¿Y los que no terminamos? ¿Los que tan solo empezamos? ¿Los que leemos en páginas sueltas ya sean cartas, cuentos o artículos? ¿Qué nombre le damos a esos? Los japoneses llaman a los pendientes tsundoku, pero no tienen nombre para los que empezamos y olvidamos. Los que dejamos para luego, para otro momento, otro año, otra vida. Libros tan solo leídos parcialmente, esos que viven en el medio, entre el leerse y el empezarse. Libros grises, entre el blanco y el negro. Biblioteca personal: representación simbólica de la mente del propietario. Gris. ¿Solamente libros a medias? Acumulamos también conversaciones a medias, sin acabar nunca de explicar aquello que necesitamos verbalizar. Relaciones a medias, ni tan siquiera despedirnos o enlazarnos de nuevo con un hasta pronto. Labores a medias, las que se dejan en su bolsa de pendientes porque no se saben terminar, ni seguir, porque nos falta la tejedora gemela con la que contar puntos y pasadas. Se queda ahí, todo sin rematar, como en el limbo. A la espera de no saber bien qué se está esperando.
Mims dice que viven entre un mundo y otro. Flotan sin terminarse, sin pensarse… Pero hay un día que pueden reprenderse, como estos calcetines. Han tardado meses, se han tejido a trompicones de tiempo y de permiso de unas manos débiles. Pero han dejado de estar en proceso para calentar unos pies viajeros. Esta Rowan Fine Artse convirtió en los Woodland Walk Socks, y así pasó de la pila de los empezados a los terminados. Saltó a formar parte de las enseñanzas asimiladas, de aquello vivido e interiorizado.Una piensa entonces, como bien dice el artículo, que tal vez todas esas lecturas que tenemos parcialmente leídas puede que esperen a ser retomadas en algún momento, como las labores. Puede que sean un símbolo, una señal de que siempre habrá páginas por leer, de que existirá lectura de manera perpetua, de que nunca lo tendremos todo leído hasta cerrar la última página de esos libros a medias. Hasta remallar el the end del papel como atacamos los calcetines.
