Ya escribí en el pasado sobre esta estatua, aunque me centré muy brevemente en la cabeza. Pero la estatua es una obra de arte en su totalidad, como veremos a continuación.
Como también dije en uno de los comentarios de esa entrada:
«es una de las personalidades más interesantes de la Edad Media, amado y odiado a partes iguales: no hay que olvidar que el pueblo lo apodó «El Justiciero» por algo. También es cierto que lo que conocemos es mayoritariamente por la propaganda Trastámara que eran sus competidores en la lucha por la corona. También lo es que la relación con su padre y con la amante de este no tuvo que ser fácil, especialmente por el maltrato hacia su madre, que luego él copió con su propia mujer legítima, según las Crónicas. Y por último, también lo es que murió después de perder la batalla de Montiel, no porque fuera peor con la espada que su hermano bastardo Enrique II «el de las Mercedes«, sino porque Du Guesclin «ayudó a su señor«.
La cojera que sufrió por su parálisis cerebral de pequeño no tuvieron desde luego que ayudar ni a que los nobles lo quisieran como monarca ni tampoco a su propio ego».
Vista frontal
La estatua, realizada en alabastro, fechada en la primera mitad del siglo XV, pertenece al estilo gótico y era parte del monumento sepulcral del Rey sito en el convento de Santo Domingo el Real de Madrid, hoy desaparecido. La realización de dicho monumento fue encargada por la abadesa del convento, Constanza, nieta del rey, hija de su único hijo legítimo, el infante Juan de Castilla, habido con su mujer Juana. Fue encargada como estatua yacente para, posteriormente, convertirla en estatua orante a finales de siglo. Como nos dice la información del Museo:
«De tamaño algo mayor que el natural, viste armadura de brazales, grebas y musleras sobre cota de malla y sobrevesta de brocado, con coraza corta, guantes y manto real encima».
Baste decir que el Convento (a la izquierda tenéis un grabado sobre el interior de su iglesia) fue derribado en el Siglo XIX en otra de las decisiones de falta de respeto al patrimonio histórico que tan de moda estuvo durante un tiempo entre los «modernos»:
El convento de Santo Domingo el Real fue una institución religiosa del centro de Madrid, en el barrio de Palacio. Fundado por el propio santo, a comienzos del siglo XIII para religiosas de la regla de san Agustín, en el espacio que luego se llamaría plaza de Santo Domingo, generó un pequeño arrabal que quedaría absorbido por las sucesivas cercas posteriores a la Muralla cristiana de Madrid. La iglesia del monasterio, construida durante el reinado de Felipe II fue derribada a finales del siglo xix (1869)
Debo añadir que no es la única obra de arte de este Convento que se conserva en el MAN, aunque sí es la que más me ha impactado desde el primer día que la vi.
Podéis leer un poco más sobre este Convento en Gato por Madrid, pinchando en el enlace.
Vista lateral (lado derecho).
Pero volvamos a la escultura: es el retrato póstumo de un rey respecto del que la opinión está muy dividida y si nos ha llegado hoy su apelativo como «El Cruel», ha sido porque quien ganó -con traición por medio de Bertrand du Guesclin– la guerra fue su hermano bastardo Enrique II de Trastámara, llamado «el de las Mercedes», porque no hubo noble que no le sacara algo por su apoyo. Recordemos que el pueblo le apeló «el Justo», lo que nos da una idea de a quiénes benefició y a quiénes no.
Dentro de la campaña de desprestigio, hay multitud de leyendas, algunas incluso con fantasmas que le anunciaron su futuro, lo que venía bien para asegurar que el asesinato llevado a cabo por du Guesclin, a quien ya hemos mencionado aquí y aquí, estaba «justificado». Era un tirano, luego debía ser asesinado, en una teoría que muchos años después tendría éxito en las tesis del Padre Juan de Mariana y Francisco Suárez, eminentísimos intelectuales de la Escuela de Salamanca española. Curiosamente, esta teoría, profundamente española, no tuvo muchos fieles en el país vecino, hasta la revolución francesa de 1789, en la que perdió la cabeza Luis XVI, que, si bien no era muy listo, no era desde luego el peor rey de Francia ni el más tirano.
Lo que sí es cierto es que fue un hombre de temperamento colérico. Pero la propaganda en su contra ha sido tanta que incluso se llegó a decir que «maltrató a su mujer», lo que, una vez examinados los hechos, no es tan correcto como parece.
Vista posterior
¿Significa esto que Pedro I de Castilla fue un hombre mesurado y magnánimo en todas sus acciones? No, tuvo una vida turbulenta casi desde su nacimiento: la constante infidelidad de su padre, Alfonso XI, el conquistador de Tarifa y Algeciras, respecto de su madre, María de Portugal, hizo que fuera hijo único legítimo, mientras que con su amante, Leonor de Guzmán, el rey tuvo la nada desdeñable suma de once hijos. Su cojera, producida por la parálisis cerebral que le afectó de niño, no contribuyó desde luego a mejorar la idea que sobre sí mismo tenía Pedro. El odio hacia la amante de su padre fue evidente y se reflejó en el momento en que heredó el trono: la encerró en los Reales Alcázares de Sevilla, con los que el rey siempre tuvo una relación evidente de admiración y donde se sentía realmente como en su casa, como ya vimos cuando hablé del Patio de las Doncellas.
Detalle de la capa
El rey Pedro I se casó en primeras nupcias con Blanca de Borbón. El matrimonio fue de todo menos feliz por causas que aún no se saben realmente, aunque se tiene alguna idea al respecto:
Aunque se han esgrimido numerosas teorías y leyendas ante el extraño comportamiento del soberano (algunos autores relacionan el abandono con la reputación de Blanca, la cual habría tenido amores con el hermano bastardo del rey, Fadrique, durante su viaje a Castilla; otros, alegan el amor del rey hacia María de Padilla), lo cierto es que la verdadera causa se podría deducir de la correspondencia entre el rey y el papa Inocencio VI. En dichas cartas el papa exhorta al rey a recibir a Blanca como su legítima esposa, pero el rey, en respuesta, aduce que por «ciertas confesiones» hechas por su esposa, se sentía engañado y por ello no podía continuar con el matrimonio.
Lo más probable es que, una vez a solas, Blanca haya dicho a su esposo –confiada en que ya eran marido y mujer y por tanto no tenía nada que perder– que el rey de Francia no disponía del capital suficiente para pagar la dote acordada, lo que además le habría llevado a retrasar su partida desde Francia. El rey Pedro, presionado por su familia y demás consejeros a este enlace, se habría enfurecido con razón ante tal engaño, desquitándose con la única persona que tenía a mano: Blanca. Y corrobora esta creencia el hecho de que el rey Pedro nunca entregara a Blanca las villas y las rentas que se habían pactado y que Juan II nunca reclamara la devolución de los bienes de ella, pues, como ya se dijo, acudió a Castilla con un rico ajuar pagado por el rey francés.
Pero Blanca de Borbón jugó una carta que daría lugar a la guerra civil que había estallado en Castilla:
cuando estalla la guerra civil en Castilla, el rey ordena que sea enviada al castillo de Arévalo y luego al Alcázar de Toledo, desde donde ella manda cartas al papa Inocencio VI en las que decía que el rey Pedro la sometía a grandes privaciones. Algunos historiadores dudan de la veracidad de estas alegaciones.
Gracias a dichas cartas —que rápida y convenientemente se hicieron públicas—, el pueblo toledano se subleva contra el rey y se pone del bando de Blanca, al que se unen también numerosos nobles. Blanca abandona el Alcázar, desobedeciendo a su esposo, y se refugia en la Catedral, desde donde organiza a sus adeptos e incluso les da ayuda económica para su causa. El rey llegó incluso a caer prisionero en Toro, pero consiguiendo huir posteriormente.
Al final, la reina es recluida en El Puerto de Santa María (seguramente en el castillo llamado de Doña Blanca) y es allí donde el rey ordena a su médico particular que la envenene. El alcaide del Alcázar, Diego Ortiz de Zúñiga, se negó a ello y presentó su renuncia. Pero el nuevo alcaide, el ballestero Juan Pérez de Rebolledo, el cual aceptó la misión sin el menor reparo. A día de hoy, el paradero de sus restos es desconocido.
Vista lateral (lado izquierdo).
El rey, sin embargo, y estando aún viva su mujer Blanca de Borbón, se había enamorado de la bella Juana de Castro. Su matrimonio con Blanca fue declarado nulo por los obispos de Ávila y Salamanca. Podemos pensar que el rey les obligó a ello, pero la realidad es distinta:
Se califica generalmente de aduladores y débiles a los obispos de Ávila (Sancho Blázquez Dávila) y Salamanca (Juan Lucero) por haber declarado nulo el matrimonio de Pedro con Blanca; pero no falta quien exponga razones de peso para justificar la nulidad de aquel enlace, y por otra parte, es fama que los citados obispos fueron varones piadosos, doctos y llenos de virtud. Consta además que no se retractaron, y si bien marcharon a Aviñón, acudiendo al llamamiento del papa Inocencio VI para responder de su conducta, no debieron salir desairados cuando nada dice del resultado de la audiencia el cronista Ayala, decidido partidario de Enrique de Trastámara.
No parece, sin embargo, que el Rey tuviera tampoco con ella un matrimonio feliz: también se dijo que…
…la abandonó unos pocos días después de verificado el matrimonio, para irse alterado a Castrojeriz, y no volvió a verla. Aunque no debió estar tan poco tiempo reunido con ella, puesto que el papa le amonestó seriamente si no la dejaba y regresaba con Blanca, llegando a la excomunión por no haber obedecido a su mandato. Se dice que el rey se separó finalmente de Juana de Castro a consecuencia de la excomunión del Pontífice, lo que, sin embargo, se calla en la crónica de Pedro López de Ayala (NOTA: partidario de los Trastámara).
En cualquier caso, tuvo con ella su único hijo legítimo, el mencionado Infante Juan.
Sin embargo, parece que la única mujer de la que realmente estuvo enamorado fue de María de Padilla. Sin perjuicio de que trataré su vida en otra entrada porque su papel fue muy importante, hay leyendas que nos cuentan que también estaba «en relaciones» con don Fadrique, causa de que este fuera asesinado en los Reales Alcázares. Más allá de la telenovela medieval, la realidad es que Pedro I no se fiaba de él, pero por cuestiones políticas:
iniciado un conflicto civil en Castilla, Fadrique Alfonso contó con el apoyo de los pobladores de los territorios dependientes de la Orden de Santiago (NOTA: era Maestre de la Orden). Su prestigio aumentó tras rechazar un ataque de Pedro I el Cruel en Segura de la Sierra (Jaén), por lo que fue reclamado por los nobles sublevados en Toledo para encomendarle la custodia de Blanca de Borbón. Durante su estancia en esta ciudad se apoderó del tesoro de Samuel Leví, que le sirvió para financiar su ejército.
La entrada de las tropas reales en Toledo obligó a Fadrique a huir y a refugiarse en Talavera de la Reina (Toledo), desde donde dirigió la rebelión. Los insurrectos fueron cercados por las tropas reales en Toro (Zamora, 1356), momento que Fadrique aprovechó para negociar la reconciliación con Pedro I el Cruel. A pesar de la fidelidad que demostró hacia el monarca, a quien acompañó en la guerra contra Aragón, Pedro el Cruel ordenó su ejecución, llevada a cabo en el alcázar de Sevilla.
Pero el haber ejecutado a Don Fadrique, gemelo de Enrique II, no le salvó:
Durante la tregua conseguida por la Paz de Terrer (1361), muertas tanto la reina (se sospecha que asesinada por orden del rey) como María de Padilla, don Pedro proclamó herederos suyos a los hijos que había tenido con esta última, a los que declaró descendientes legítimos. La guerra se reavivó en 1362, con suerte favorable para el rey castellano, que llegó a cercar Valencia.
Sin embargo, el conflicto se equilibró con la intervención de Francia, que deseaba poner en el trono castellano a un monarca proclive a emplear la flota castellana en su guerra contra Inglaterra; para lograrlo enviaron a la Península a las Compañías Blancas, cuerpos mercenarios capitaneados por Bertrand Du Guesclin.
Con su apoyo, Enrique de Trastámara fue proclamado rey de Castilla en Calahorra en 1366 y ocupó en poco tiempo la totalidad del reino. Pedro I buscó apoyo en el Príncipe Negro, gobernador de Aquitania, que penetró también en la Península con tropas inglesas y derrotó a los franceses en Nájera (1367). En medio de una brutal represión contra los partidarios de Enrique II, éste consiguió recuperar sus fuerzas, puso sitio a Toledo (1368) y derrotó a Pedro I en Montiel (1369). Mientras negociaban la paz en la tienda de Du Guesclin, Enrique asesinó al rey, poniendo fin a la dinastía castellana y asentando en el trono a la Casa de Trastámara.
Así terminó la vida de un rey que tuvo una de las vidas más complicadas y turbulentas de toda la Edad Media castellana. Con ello terminaba en Castilla la dinastía de la Casa de Borgoña, que había entrado en España con el nobl Raimundo de Borgoña, casado con la indómita Urraca I, de cuya unión nació Alfonso VII, apodado el Emperador.
Hasta Felipe el Hermoso… como ya vimos aquí y aquí.

