Encontrar huellas de su obra en siglos posteriores no es difícil, los grandes influyen, a veces demasiado. Un ejemplo de ello es Pelin Özgöçen (Estambul, 1979), una artista turca que ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas en Turquía.
Sus lienzos se caracterizan por contraponer la rigidez de unas puertas abiertas con la vaporosidad y liviandad que caracteriza los movimientos de las figuras en su interior. Una contraposición con la que Özgöçen refleja la tensión entre la realidad externa y el mundo de los sentidos. Un mundo externo repleto de sombras incomunicadas y permanentes, sin rostro y sin libertad, inmunes a la realidad de los sentidos que fluyen, dialogan, sienten y padecen.
Sin embargo, estos cuadros lanzan gritos de dramatismo: luz, sombra, rigidez. No todo fluye y por tanto, no todo esta tranquilo. Algo acecha, las figuras en el lado de los sentidos realmente no sonríen, denotan preocupación y furia contenida que las hace inquietas y volátiles, a la espera de algo o alguien capaz de tranquilizarlas. Pero Özgöçen es quien tiene el mando. Las puertas que ha pintado no tienen manillar, no nos dan pleno acceso a lo que observamos, ni derecho a abrir o a cerrar esa puerta. Es la propia Özgöçen la que tiene la llave para abrir más o menos esa puerta. Por ello, y para saciar esta curiosidad inherente en el espectador, muchos de sus trabajos son dípticos, incluso trípticos donde muestra diferentes aberturas de la puerta, pero nunca abierta plenamente, guardando así ese derecho que la propia artista se otorga como ama de llaves.
