Tres imágenes de un Milano boreal, obtenidas durante aquellas torridas jornadas del verano misionero de hace unos tres años. Es otro integrante del selecto grupo de aves que, evidentemente, nació con el termostato fallado. Mientras la mayoría de nosotros busca desesperadamente un poco de sombra y una botella de agua fría, este muchacho parece disfrutar de los cuarenta grados como si nada.
Es una de esas rapaces que muchas veces pasan desapercibidas. Uno levanta la vista creyendo que va a ver otro jote dando vueltas y, de golpe, aparece una bandada de Milanos boreales patrullando el cielo con una elegancia impresionante.
Lo más entretenido es observarlo cuando sale de cacería. Aprovecha las explosiones de aguaciles que aparecen después de las lluvias y arma un verdadero picnic aéreo. No necesita posarse ni hacer demasiados esfuerzos porque captura los insectos en pleno vuelo con una precisión admirable y sigue su camino como si estuviera picando algo entre comidas.
En una de las fotos se alcanza a ver perfectamente una presa sujetada con una de sus patas. La mirada lo dice todo; ya tiene asegurado el bocado y está calculando el momento justo para llevárselo al pico sin dejar de volar. Hay que reconocerle la habilidad... algunos apenas podemos comer una empanada caminando y este es capaz de almorzar mientras hace acrobacias en el cielo.
Pequeños espectáculos que regala el verano misionero y que muchas veces pasan desapercibidos para quien no acostumbra andar con la vista puesta hacia arriba.
Y aunque los milanos suelen compartir el cielo con los jotes, hasta ahí llega la relación. A la hora de comer, las diferencias son evidentes. Mientras unos son felices con un menú bastante... podrido, el Milano boreal prefiere insectos recién salidos del horno, capturados en el aire y servidos en el momento. Definitivamente, tiene un paladar bastante más exquisito.
Sepan disculpar la calidad de las fotos, volaban demasiado alto y el recorte durante la edición tuvo que ser muy exagerado.


