Fue una de esas tardes en las que uno sale con la idea de encontrar algunas especies y termina llevándose bastante más de lo que esperaba. En aquel lugar, entre los pastizales y la vegetación baja que acompañaba el camino, comenzaron a aparecer los Pijuí plomizo. Primero fue uno, pero al rato la situación cambió y terminé observando alrededor de cinco individuos moviéndose entre los arbustos bajos, entrando y saliendo de la vegetación y obligándome a seguirlos con la cámara cada vez que asomaban.
Los furnáridos siempre tuvieron conmigo una relación bastante particular. No porque sean difíciles de identificar una vez que uno los conoce, sino porque muchas veces se hacen notar mucho más por lo que escuchamos que por lo que conseguimos ver. Y el Pijuí plomizo no es precisamente una excepción. Por eso aquella tarde fue bastante generosa ya que además de poder observar varios individuos juntos, tuve varias oportunidades para fotografiarlos con cierta tranquilidad.
En aquella época todavía estaba bastante más pendiente de disparar cada vez que el ave aparecía frente al objetivo. Hoy seguramente encararía la situación de otra manera, esperando un poco más, observando sus movimientos y tratando de anticipar por dónde volvería a aparecer. Pero justamente ahí está lo lindo de volver sobre fotografías de tantos años atrás porque no solamente uno vuelve a encontrar imágenes que había olvidado, también puede volver a mirar aquellos momentos con la experiencia que fue acumulando después.
Así que, sin demasiadas vueltas, hoy le toca el turno nuevamente al Pijuí plomizo. Mismo lugar, mismo encuentro y misma tarde de diciembre de 2017, pero algunas fotografías diferentes de aquella secuencia que habían quedado guardadas en el archivo. A veces alcanza con volver a mirar un poco más allá de las primeras fotos para descubrir que todavía quedaba alguna historia por contar.
Y como suele pasar, una buena salida no se mide solamente por las especies que uno logra encontrar, sino también por la gente con la que comparte la jornada. Aquella tarde la disfrutamos junto a Lucho Lugo, y después de una salida así siempre queda esa alegría fácil de compartir con los amigos que no fueron, cuando uno vuelve a casa sabiendo que, además de haber pasado un lindo día en el campo, pudo conseguir buenas fotografías de una especie que no aparece precisamente todos los días frente a la cámara. De esas jornadas que, aunque hayan pasado unos cuantos años, todavía da gusto recordar.

