Estaba yo sentado en el sofá del comedor
mirando, a través de la ventana, llover. Todo muy clásico. Entonces, emergió.
Todo muy rápido. Lo pillé al vuelo y cerré el puño. Era un poema. Me volví a
sentar para contemplar la lluvia, que repetía discurso. Al poema eso le
importaba muy poco. No dejaba de moverse. Estate
quieto, coño, ni caso. Seguí sentado, como si tal cosa. Tuve la tentación
de rascarme la nariz pero me contuve. Esas cosas no las hacen los poetas. Como
el poema se agitaba como un gato de corta edad al que quieres manosear, no tuve
más remedio que levantarme, ir hasta el dormitorio, tomar papel y lápiz,
sentarme en la mesa del comedor y encerrar el poema bajo llave. Luego fui a por una cerveza
y puede volver a sentarme en el sofá. Daban un programa estupendo en la tele.