
La pista era vieja. El paso del tiempo le daba un aspecto que no engañaba sobre el cuidado que había que tener al patinar. Pero era su pista, la de los cuatro, y así la consideraban todos, al menos los domingos por la mañana en los que el resto de patinadores habituales estaban todavía enroscados en las sábanas. Su aspecto era ciertamente descuidado pero tenía algo que les gustaba a todos: era su espacio, el de las mañanas dominicales en el que disfrutaban unos con otros. Lucía les ponía nerviosos mientras todos sentados se ajustaban como podían los patines.—Vamos, Juan, que Marcos va a terminar el primero, como siempre, y yo seguro que te gano también —les decía entre risas y nervios divertidos—. Lucía, ayúdame que no puedo yo solo —contestaba Juan cuando ella lo ponía demasiado nervioso para acertar con los cordones y los agujeros.Eran cinco minutos muy, muy divertidos y con altas cotas de jolgorio compartido y risas nerviosas, empujones cariñosos, cogiendo los cordones del de al lado, escondiendo el patín del pie izquierdo detrás del banco…Marcos era siempre el objetivo de todo ello porque, no sabían cómo, pero siempre salía primero a la pista y desde allí les hacía burla y con los dedos el signo de la victoria: ¡Gané otra vez! —no dejaba de reír con esa risa contagiosa que tanto gustaba a Lucía y tanto cabreaba al resto de sus hermanos—. Marcos siempre competitivo, concentrado en ganar y, al ser el mediano de los trillizos, tratando de destacar, eso sí, de manera inconsciente. Ya se sabe, los medianos siempre en medio del mayor y el pequeño. Un quiero y no puedo, desde su punto de vista…el pequeño, lo es y pasa de esos asuntos…y el mayor…pues eso, el supuesto responsable de todos, el ejemplo para el resto, con pocas prebendas y demasiadas obligaciones —¿se nota que soy el mayor de mis hermanos? —. En el caso de los tres pequeños protagonistas de esta corta historia, estas diferencias eran mínimas, simplemente por la definición de qué son los trillizos.¿Y qué hacía el pequeño? Mateo, Mati para todos ellos, sentado al lado de Lucía llevaba encorvado desde que llegaron, tirando de este cordón, ajustando aquél, comprobando la lengüeta del patín, que no le hiciese daño…Mati, date prisa que ya sólo quedo yo y también te voy a ganar —le dijo Lucía en el último intento de ponerlo algo nervioso, pero fracasó—. No tengo prisa —contestó Mateo seguro de lo que decía y añadió—, prefiero atarme bien los patines porque así aguantaré más que ellos en la pista —respondió fulminantemente—. Toda una filosofía de vida la del pequeño de Mateo.La pista necesitaba urgentemente que alguien se tomase la molestia de reservar un puñado de euros y la acondicionase adecuadamente a los tiempos que vivimos. En la época en la que se inauguró, sólo Lucía, de la mano de su madre, fueron testigos de lo que representó entonces: una magnífica y moderna instalación. Ahora, el tiempo y la dejadez de aquellos que tanto presumieron entonces, deja ver un espacio poco adecuado y ciertamente peligroso para el patinaje: esos bordes, las barras de hierro que lo limitan, el suelo bacheado…Pero…¿Qué hago hablando del estado de la pista? Sólo, esta noche, os quiero contar lo que ese espacio significaba y significa para nuestros protagonistas: era su espacio familiar, aquél en el que vivían, domingo tras domingo, ese tipo de momentos y vivencias que se recuerdan toda la vida. No se cuestionaban si la pista era así o asá; si era más o menos peligrosa: para ellos era su espacio, la mejor pista del mundo; como la de los juegos olímpicos de invierno…bueno, como esa no pues no era de hielo, aunque sus sensaciones eran parecidas: se movían con una libertad que hacía soñar; yo creo que incluso iban con los ojos cerrados o, al menos, eso me pareció cuando los vi por primera vez. Se entrecruzaban, se tocaban y se superaban, sin excepción, en hacer los más bonitos y sensuales requiebros que cualquier patinador de nivel firmaría…claro, en ese suelo.
Yo os dejo ya, en esta noche que amenaza tormenta de verano, con la imagen de sus sonrisas y caras de velocidad cómplice en los cruces y en los apretones de manos, una y otra vez. Por mi parte estoy deseando volverlos a ver el domingo y sentarme en esos tubos que, sin embargo a mí, sí me parecen muy peligrosos. Para mí son Lucía y los tres evangelistas. ¿Qué haría a sus padres el ponerles esos nombres? Menuda paradoja de la vida.Amigos, soñad y sed felices.Buenas noches de verano.José Ramón.
