Revista Cultura y Ocio

Play out, muriendo de éxito

Por Orlando Tunnermann

PLAY OUT MURIENDO DE ÉXITO  TEATROS LUCHANA. MADRID
(Grandes interpretaciones, muy divertida, la historia de una mentira hipertrófica)
PLAY OUT, MURIENDO DE ÉXITO
PLAY OUT, MURIENDO DE ÉXITO
En un país como el nuestro, donde el plato estrella de nuestra realidad social es la mendacidad (mentira), la impostura, el artificio y la adulteración, la falsedad y los dobleces, la función teatral “Play Out muriendo de éxito” se me antoja de lo más vigente y contemporánea. Será que está inscrita en los legajos de nuestra genética la capacidad para distorsionar la realidad, confiriéndola matices fantásticos y memorables, de modo que las historias más anodinas parezcan aventuras de película de Hollywood. Mentimos por piedad, mentiras pueriles, crueles, desnudas, descarnadas, infames, horrendas, nefandas (horribles) patéticas... sean como sean; mentiras que son “herramientas de trabajo” cotidianas que todos y cada uno de nosotros hemos utilizado alguna vez en la vida, por mucho que lo neguemos dibujando en nuestro rostro una mueca de candor e inocencia cristalina.
De la mano de Gorka Mínguez y Teresa Calo llega a los teatros Luchana una historia muy entretenida y bien tejida que aborda precisamente los senderos de esa realidad manifiesta que es la mentira: un virus ponzoñoso que se convierte rápidamente en inmensa bola de fuego y en gigante hiperbólico que no cesa de crecer, que se transforma en gula y hambruna y criatura famélica que crece sin mesura. 
En el escenario, espartano, casi deprimente, aparece el típico gandumbas (haragán) aquejado de victimismo, aferrado como un poseso a los controles de su Play Station. Gorka Mínguez alcanza a la perfección ese punto de cocción necesario para que el espectador sintonice enseguida con el prototipo de la desidia y la holgazanería vestida de pijama, pereza e irresponsabilidad. Un escritor frustrado, perdido en ese océano inclemente donde naufragan en el cementerio de los libros que no se leerán jamás poetas, literatos y novelistas de todos los tiempos, farfulla su mala suerte y consume días y noches esperando a que el hado (destino) ponga en su camino un golpe de suerte, mientras él lidera las tropas de un ejército de caballeros medievales virtuales desde un sillón baqueteado (apaleado) que huele a tedio y a vida malgastada. Los primeros minutos de la obra me mantienen entretenido, no tanto por el argumento, sino por el ejercicio impecable de Gorka y una de las grandes institutrices de los escenarios nacionales: Lola Baldrich. A Lola la llevo prendida en mis recuerdos desde aquellos años gastados de su etapa musical en Objetivo Birmania y series como “Médico de familia”. Es un deleite observar cómo patina y se desliza por toda suerte de registros emocionales sin que el espectador tenga tiempo de digerir la simbiosis. Su faz es un lienzo versátil donde cohabitan la alegría y la tristeza, la dulzura y picardía y la maleficencia. Lola cambia de registros sin despeinarse. Con la aquiescencia del resto, me atrevo a declamar mi elogio más fervoroso por el actor Diego Pérez. Impecable su presencia en el escenario, atractivo masculino, magnetismo, vehemencia en su interpretación, es el relevo sustitutivo si fuera menester, del actor Pedro Alonso (“La casa de papel”). Amigo del desfallecido escritor que languidece entre lamento y desgana, Diego nos regala un personaje portentoso y luminoso que parece la antítesis de la oscuridad anublada que circuye (rodea) como un halo a este escritor fatigado y cansado de soñar. Los monólogos de Gorka son afables y cercanos, casi familiares, distendidos y libérrimos. El espectador no puede evitar sentir una inmediata simpatía por el desdichado novelista. Volviendo a la trama, esa mentira irrespetuosa que se pergeña (elabora) y justifica por un fin de lo más glorioso, “Play Out muriendo de éxito” nos conduce a los límites y punto de inflexión donde retornar a la sinceridad y destapar un infundio clamoroso e intolerable parece una gesta irrealizable capaz de provocar un cataclismo mediático sin parangón. Me encanta el tramo postrero (final) de la función, pero eso es algo que por supuesto no pienso revelar ni con soborno y sobre abultado bajo la mesa. Hay experiencias en la vida que deben saborearse en privado, como los placeres prohibidos que escondemos en el alma para degustar en compañía de nuestros sueños.ORLANDO TÜNNERMANN.

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