No hace mucho tiempo atrás escribí una nota en la que contaba que últimamente en mis viajes a Argentina ya casi no compartía vinos con mi viejo. Él decía que le hacían temblar las piernas y que por eso prefería no tomarlos. Yo, a pesar de cuestionarle innumerable cantidad de veces ese argumento, respetaba su decisión. Así y todo era nuestro compañero de cata en cada botella descorchada, porque ningún aroma escapaba a su nariz, juzgaba las notas que expresaba el vino y sentenciaba cuál le gustaba más y cuál menos… Era su forma de disfrutarlo con nosotros, un juego en el que cada uno tenía claro qué papel jugaba. Y era divertido para todos.
No obstante, en mi último viaje a Argentina anterior a estas líneas, una de las tantas noches de liturgia enofílica destapé una botella de un vino blanco (hacía rato que no probaba esa etiqueta). Su actitud fue la de siempre…meter nariz y juzgar. Pero aquella noche fue diferente a otras, la recuerdo como si fuese hoy, porque luego de olfatear el vino, la copa siguió su camino ascendente y el líquido amarillo verdoso y limpio acabó en su garganta. Luego juzgó. Qué rico está este vino che! Y fueron varias las veces en que mi viejo repitió la maniobra aquella noche… Quizá fue su suavidad en boca, ese tenue dulzor acompañado por una línea de frescura que lo hacía fácil de beber y disfrutar. Quizá fueron los exquisitos aromas a frutas blancas y lagar que desprendía… Vaya a saber qué fue lo que le cautivó tanto (seguramente el conjunto) pero recuerdo que el CASONA LÓPEZ Semillón 2013 fue el último vino que disfrutó mi viejo y que yo pude compartir y disfrutar con él.

Desde hoy te recordaré cada año con una copa de este vino a tu salud querido viejo. Cuánto se te extraña!
Salutes, Rumbovino.
