
Sí, yo también conozco la frase borgiana:
“Si un libro les aburre, déjenlo; no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lean un libro porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo; aunque ese libro sea el Paraíso Perdido —para mí no es tedioso— o el Quijote —que para mí tampoco es tedioso—. Pero si hay un libro tedioso para ustedes, no lo lean; ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad, de modo que yo aconsejaría a esos posibles lectores de mi testamento —que no pienso escribir—, yo les aconsejaría que leyeran mucho, que no se dejaran asustar por la reputación de los autores, que sigan buscando una felicidad personal, un goce personal. Es el único modo de leer”.
No estoy muy seguro de que exista “un único modo de leer”. Más allá de eso, termino los libros que empiezo por la misma razón que suelo dejar limpio el plato pues, como dicen las madres, hay gente que no tiene que comer. Hay gente que no tiene la suerte de poder leer, sobre todo si es un libro raro o difícil de encontrar. Así que, como ahora leer es un privilegio, la mejor manera de estar consiente de este es, mínimo, no empezar desairándolo.
Obvio, antes no era así. Abandonaba libros todo el tiempo, con la desfachatez y la impunidad del que recién empieza. Creo que es lo normal, parte del crecimiento. Por ejemplo, El almuerzo desnudo, que me aburrió; La náusea, que me produjo lo del título (aunque al segundo intento lo acabé), William Gaddis, Benedetti, entre otros.
Pero alguna vez hay que estabilizarse. Quizás hay un momento en que uno debe empezar a hacerse responsable de sus decisiones, al menos una tan simple como el volumen que sacarás de la biblioteca. La mejor manera de valorar nuestro tiempo es pensando bien, previamente, en qué o quién lo vas a invertir, evitando los impulsos de modas o compras. Saber, no sin cierta dosis de innecesario dramatismo, que esa decisión será irreversible y que el libro que empiezas lo acabas. Ficha tocada, ficha jugada.
Ello implica también un cierto grado de autoconocimiento, algo básico para la vida en general. Llega un momento en que hay que tener claro los propios gustos, qué recomendaciones seguir y cuáles no. A estas alturas del partido, si eliges un libro y no lo terminas, eliges otro y lo dejas, otro y lo abandonas, es que no sabes elegir.
Si vas a dejar un libro por la mitad, que sea el que estás escribiendo, como dijo Alejandro Zambra en Formas de volver a casa:
“Hay dolor pero también hay felicidad al abandonar un libro. Me ha pasado así, al menos: primero el melodrama por haber perdido tantas noches en una pasión inútil. Pero luego, con el paso de los días, prevalece un ligero viento favorable. Volvemos a sentirnos cómodos en esa habitación en que escribimos sin mayores planes, sin propósitos precisos.
Abandonamos un libro cuando comprendemos que no estaba para nosotros. De tanto querer leerlo creímos que nos correspondía escribirlo. Estábamos cansados de esperar que alguien escribiera el libro que queríamos leer”.
Compenso esta especie de TOC, dejando a la mitad todo lo demás: maestrías, series, amistades, rutinas de ejercicio, cervezas calientes que se quedaron en la barra luego de regresar de bailar, habiendo cumplido su cometido. Pero bueh, los libros siempre son un mundo aparte.
Lo curioso es que si uno googlea “¿Es bueno terminar lo que se ha empezado?” salen unánimes respuestas positivas, con tufillo de autoayuda, que recalcan la importancia de la disciplina, la perseverancia y no se qué más. Pero si le agregas la palabra “libro”, todas cambian y te dicen que lo dejes nomás (me imagino que para que te compres otro, lo dejes y así sucesivamente, las editoriales no se van a molestar).
Además, esta lo obvio, hay muchos libros que empieza mal, pero luego mejoran y se meten unas volteadas épicas que ni el Real Madrid. En época tan facilista, de placer inmediato, un poco de esfuerzo no es malo. A veces lo que más nos cuesta es lo que más terminamos apreciando y disfrutando.
Me imagino a alguien que empieza a leer a Borges y se rinde rápido y me apena, la verdad.
O tal vez es solo que me gusta dar la contra y una forma de hacerlo es diciendo que termino todos los libros que empiezo.
