Revista Cultura y Ocio

Preferiría hacerlo

Publicado el 15 abril 2016 por Molinos @molinos1282
Preferiría hacerloConfieso que soy impulsiva de palabra, obra y omisión. 
Intento controlarme. ¿Por qué? Pues porque está mal visto ser impulsivo. La impulsividad no es un talento valorado por la sociedad y hay una leyenda urbana que considera que ser impulsivo es perjudicial para uno mismo, te vuelve vulnerable y poco de fiar.  Así que como, a pesar de todo, no soy inmune a las leyendas urbanas, intento controlarme. 
Escribo cosas del tirón como una maníaca, casi como Jack Nicholson en El resplandor, y las dejo ahí reposando; pienso respuestas geniales y me muerdo la lengua, elucubro réplicas fabulosas con las que gano la partida y las retengo rebotando en mi cabeza. O lo intento. 
A veces creo que ahora, con 43 años, he conseguido controlarme algo, pero luego pienso en mi yo de 20 años, ese saquito de miedos e inseguridades con hombreras que era yo, y me doy cuenta de que ahora soy más impulsiva o lo soy igual pero el miedo no me puede, no me controla. 
El otro día tuve que ver una película sobre ajedrez. No me gusta el ajedrez, me sé las reglas, pero me supera. Mientras agonizaba frente a la pantalla pensé que el ajedrez es el control absoluto de los impulsos, es táctica, estrategia, espera, contención y cálculo. No tengo nada de eso. Supongo (o no) que ser un mago de la táctica y un Sun Tzu de la estrategia debe dar muchas satisfacciones. Supongo (o no) que ser capaz de controlarse de la misma manera que se doma un caballo proporciona una sensación de poder que mola mucho. Pero yo no puedo. 
Lo intento. He perdido la cuenta de las noches de domingo que mientras no puedo dormir y doy vueltas en la cama pienso que a partir de esta semana todo será distinto. "A partir de mañana no voy a decir nada sin pensarlo con calma, no voy a escribir nada sin reflexionarlo durante 24 horas, no voy a pasar de 0 a 100 en tres segundos, no voy a mandar ni un mensaje sin tenerlo durante 3 horas en borradores y voy a ser capaz de sujetarme las riendas". 
Sé las veces que lo he conseguido: ninguna. 
Si tengo que escribir algo, tengo que hacerlo, no puedo quedármelo dentro. Cuando lo intento, no me concentro, no puedo parar quieta, muevo los pies, doy vueltas. Me pierdo en lo que tengo dentro, no escucho, me paso los desvíos, se me queman las tostadas y me limpio la cara con enjuague bucal. 
Si tengo la respuesta precisa y no la suelto, tengo que cerrar la boca tan fuerte que me duelen las mandíbulas y aprieto la lengua contra los dientes notando cómo la respuesta intenta salir por mi diente roto. Si me muerdo me enveneno. 
Si me hostilizo y me guardo la mala leche, la ironía, el sarcasmo y, a veces, los gritos, me noto correr la sangre por las venas, se me quita el hambre y escucho a mi cerebro decir: deja salir los impulsos o reventamos. ¡Demasiada presión!
Contadme malditos. ¿Dónde se aprende táctica? ¿Dónde se guardan las cosas que quieres decir y no dices? ¿En qué compartimento secreto almacenáis las ganas de hacer cosas que os morís por hacer? ¿Cómo se activa el botón "mejor no"? ¿Y la palanca de "impulso en espera"? 
¿Por qué yo no he venido de serie con todo eso? 
En dos días es domingo por la noche... y vuelta a empezar.  

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