Revista Cultura y Ocio

Presta atención – @Innestesia

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

Las señales son pequeñas pero están presentes. Todas ellas. Presta atención.

A veces una chica tiene dieciséis años o veintidós o casi treinta o alguno más y va de compras. De tienda en tienda. Sola o con un grupo de amigas. Puede que, aunque no lo notes, ella apenas haya comprado ropa. Lleva en sus bolsas pulseras, anillos, pañuelos, sombreros y algunos zapatos. Eso no es para tanto. Nadie se alarmaría por algo así. Pero mira un poco más de cerca, fíjate bien, mira cómo pasea la mano por encima de todos los vestidos, pero jamás saca ninguno. ¿Sabes lo que piensa? Atento, no ha parado en una sola percha. Piensa que ninguna prenda es para ella. Y está triste.

De repente una cuchillada de pequeño fracaso personal le atraviesa la mirada. Al menos uno, solo probarse uno. Casi sin mirar elige algo negro, de mucha talla. No se para a observar el corte, la tela, la caída, la forma. Qué importa todo eso en realidad. Eso no le importa a nadie. Se dirige, algo cabizbaja, a los probadores. ¿Sigue sin parecerte relevante esa manera de esquivar la mirada de los demás? ¿Has visto su forma de andar? Alguien diría que está pidiendo perdón por algo.

Mientras espera su turno para entrar, ve a lo lejos la percha con lo que la gente ha descartado. Todos los otros vestidos son siempre más bonitos. Ve, además, a las chicas salir de sus cabinas para pedir opiniones. Algunas sonríen, otras se quejan de la forma aquí o allí. Se miran en el gran espejo del fondo del pasillo y toman una decisión. Eso a ella le parece algo extravagante, pero bonito. No sabría, aunque quisiera, hacer algo parecido.

Cuando al fin llega su turno, ya nadie existe alrededor. Cierra la cortina y empieza el drama. ¿Qué esperabas? Todos esos detalles solo son el rastro perceptible de una tragedia interior. Y se va a desbordar en este probador rodeado de espejos acusadores, malditos, que la apuñalarán de un momento a otro, como a Julio César, todos a la vez y sin piedad.

La culpabilidad, las lágrimas, la mirada de reproche a su reflejo. Todo. Podría haber hecho ejercicio, mucho más, antes de venir. No debería haber comido hoy. Ni desayunado. Ni ayer tampoco. Quizá nunca. No quiere volver a verse. El odio de sí misma. Ni que la vean. No salir a la calle. Hasta que sea distinta. Más delgada. Más bonita. Otra persona. Hasta que pierda los diez, veinte, treinta o cincuenta kilos que le sobran. El asco de su cuerpo. Esquivar todos los espejos. Ducharse sin apenas luz. El acto criminal de tener hambre. Y comer. La frustración de ser ella misma. De ser. La obsesión. El suelo del cuarto de baño. Llorar. Querer sacar el alma por la boca. Y los pecados. Hacerlo y que todo siga igual. Igual. Sentirse un poco más muerta. Quizá. El asco de sí misma. Juez, parte y verdugo de un juicio diario y constante durante los últimos quince años de su vida.

Se seca las lágrima y sale al mundo otra vez. A la sociedad. Al circo. Al teatro de fingir que todo va bien. Millones de fotos de mujeres delgadas, delgadísimas, y preciosas, preciosísimas, la señalarán al pasar. La ignominia de sí misma.

¿Ya te has dado cuenta? Aún ha hablado con nadie. Se le ha escapado algún suspiro y, mientras comen los demás, ella tiene la mirada perdida en sus pies. Las señales son pequeñas pero están presentes. Todas ellas. Presta atención.

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