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¿Qué se siente?

Por M.a. Brito @mabrito67
Hace tiempo que veo el fútbol sin pasión desmedida, sin rasgarme las vestiduras. Ahora con los años, puedo decir que soy hincha de verdad, de los que celebran los triunfos y aceptan las derrotas aplaudiendo a mi equipo. Ganar o perder como cosas de un juego, que es lo que es al fin y al cabo por mucho que quieran los clubes hacernos ver que es una profesión. Claro que lo es, pero para mí, como espectador maduro, no pasa de ser sólo un juego.
Ser hincha es difícil. Te obliga a aceptar las burlas cuando pierdes y ver poco reconocidos los logros por parte de los rivales. Es más fácil ser fanático y dejarse llevar por el entorno y por lo que te pide el estómago. Cuando eres hincha, todo te lo tienes que gestionar desde dentro, no esperando ser aplaudido ni sentir la necesidad de sacar a relucir tus logros como el buque insignia de tu esencia, porque la identidad está en los propios valores, valores que brillan más que el oro de cualquier medalla.
Por eso soy hincha de Nadal, del Atlético de Madrid. También por eso me gusta Iniesta (que no el F.C. Barcelona) o Isco (que no el Real Madrid).
¿Qué se siente?, preguntaban los aficionados del Real Madrid a través de un enorme tifo a los que somos del Atlético de Madrid hace unas semanas. Algo hemos avanzado. Hace unos años, en noviembre de 2011, decían otra cosa en otro tifo con cierto tufo a autosuficiencia, con la autoridad de quien mira a los demás por encima del hombro. Ese año, los aficionados del Real Madrid desplegaron unas pancartas hacia el final de un partido contra el Atlético de Mardrid en el que pedían "rival digno para derbi decente". Hoy el Real Madrid ya no se atreve a pedirlo porque saben que lo tienen. Ahora han pasado a sacar a relucir en sus tifos sus logros deportivos para hacerse ver más grandes que el rival. Ya el hecho de provocar ese cambio de actitud, ese respeto encubierto que no se atreven verbalizar, nos sirve a los atléticos para que sintamos orgullo.

¿Qué se siente?

Imagen extraida de Google images


No puedo ser de otro equipo que no sea un equipo como el Atlético de Madrid. Ser del atlético tiene mucho de literario. Lo vivido el día del partido de vuelta de semifinales de la  champions fue pura literatura. Como buena obra literaria, la última noche europea en el Calderón, acabó como tenía que acabar: un final feliz a medias (porque los finales plenamente felices no existen en las buenas obras literarias), con una victoria moral sobre el eterno rival pero insuficiente, con un sueño acariciado con los dedos, un sueño líquido, que se desvaneció con el chaparrón a tres minutos del final y con el atlético mojándose a gusto, saltando, poniendo a prueba los sólidos cimientos del estadio Vicente Calderón, gritando ¡Atleti, Atleeetiii! mientras los rivales buscaban de manera ridícula e infructosa el refugio debajo de sus insuficientes chubasqueros blancos, torpes, sin saber cómo comportarse. Mientras, los aficionados queriéndose llevar su asiento de recuerdo a casa, desmantelando el estadio antes de tiempo, queriendo guardar para sí el recuerdo de una victoria con sabor a derrota, y los jugadores sin dejar de correr a pesar de que buscaban ya un imposible de verdad. Poesía sólo al ancance de Neruda. Ni Gabriel García Márquez hubiera imaginado un final mejor para el Vicente Calderón. Ni Sabina habría sido capaz de escribir mejor canción para grabar en nuestros oidos.
¿Qué se siente ser del Atlético? Amor infinito, incondicional.

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