Revista Arte

¿Qué tal le cae la gente transformadora?

Por Alejandra De Argos @ArgosDe

¿Cómo juzgamos a las personas que transforman el mundo? Este texto propone cuestionar nuestras opiniones inmediatas y plantea un método basado en la observación sin prejuicios, en un contexto marcado por la rapidez, la ansiedad y la pérdida del valor de la palabra.

Hay personas que transforman el mundo. Algunos para bien, otros para mal. ¿Cómo lo hacen? Y sobre todo, ¿qué pensamos de ellos? ¿nos caen bien? ¿Cómo llegamos a la conclusión de que lo que hacen supone un avance para el conjunto de la humanidad? ¡That’s the question!

Raphael School of Athens

La escuela de Atenas (Rafael, 1509)

Voy a nombrar algunos transformadores, pero quiero pedir algo antes de dar sus nombres. Es muy importante para nuestra propia salud mental. Quiero pedir dar la vuelta al método que usamos para establecer nuestro juicio. Hay dos: El normal, que es el que todos utilizamos y el inverso, o en otras palabras; el intuitivo y el deductivo.

¿Qué tal le caen Darwin o Trump? ¿Y qué tal Carlos Marx o Jesucristo?

Todos tenemos generalmente una opinión predefinida: Bien o mal. Hay una posible tercera opinión que se utiliza raras veces: No sé. En esta nota pretendo argumentar que, en mi opinión, la respuesta mejor en la mayor parte de los casos es la tercera, es la que menos choca con tus propias contradicciones.

Es muy difícil que cualquiera de nosotros tengamos toda la información sobre una persona concreta. Sabemos mucho de nuestros propios hijos, sobre todo si hemos convivido con ellos durante los primeros años. Pero también son inevitables los sesgos que nos llevan a pensar si nuestros genes pueden ser responsables de su forma de ser. Si lo pensamos bien, nos daremos cuenta de que por humilde, difícil, agresiva, etc. que sea la infancia de cualquier persona, puede alcanzar las más altas cotas transformando para bien la sociedad. Lo recíproco es también cierto, pues niños nacidos en los mejores entornos pueden torcer su rumbo vital y terminar de forma muy negativa. Por ello, los orígenes son una pista, pero no es suficiente para saber que van a hacer con su vida, por tanto, la huella que dejarán en la humanidad. Conviene ser prudente. Si esto nos pasa con los coetáneos próximos, que no pasará con el resto. Como no pretendo ni polemizar ni tener razón, animo al lector a hacer un sencillo ejercicio: Piense en cinco personas muy conocidas; actuales o pasadas y apunte qué tal le cae cada una. Vale cualquier persona siempre que haya conseguido una gran proyección pública por sus hechos. Rocío Jurado, Trump, Stalin, Elon Musk, Darwin, Mahoma, Lech Walesa, Boris Becker, Fernando Alonso y Pinochet son diez personas muy distintas que hicieron muchas cosas. ¿Qué tal le caen? ¿Y qué sabe de su vida y hechos?

Seguro que tendrá una opinión firme (bien o mal) de cada uno de estos (u otros que escoja). Probablemente, también haya muchos de los que no sepa gran cosa sobre su vida y hechos.

Para mucha gente, el método intuitivo de establecer nuestra opinión sobre las personas (sean grandes transformadores o no) o los hechos es el mejor. Para otros, es el único. Puedo estar de acuerdo con el primero, dado que nuestra intuición recoge, sin darnos cuenta y a velocidades cercanas a la de la luz, la experiencia acumulada en nuestra mente a través – como ya dijo Einstein – de nuestra conexión con toda la energía de la que formamos parte. Así lo reconocen tanto los expertos en mecánica cuántica (que lo llaman entrelazamiento) como el Dalai Lama (todos formamos parte de la energía). Pero somos humanos, es decir, perfectibles, por lo que estamos sujetos a introducir inadvertidamente juicios subjetivos de valor que ofuscan nuestra mente.

Por eso surgió el método LVR (Life Visual River), que permite invertir el método de análisis dejándonos obtener un cuadro más libre de sesgos, aunque no es tan rápido. Recomiendo leer las “coplas a la muerte de mi padre” de las que entresaco los siguientes versos:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte…

Y pues vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado…

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en el mar
que es el morir…

La minúscula muestra de la poesía anterior es también oportuna para observar algunas tendencias actuales que conducen a sesgos potencialmente considerables a la hora de emitir el veredicto sobre alguien o algo.

El ritmo de vida general conduce a que una parte significativa de la población de las grandes ciudades vive en un estado de permanente ansiedad. Cabe recordar que, así como la melancolía suele reflejar la añoranza del pasado, la ansiedad refleja el temor por el futuro. Esta es una de las razones por las que no sólo se lee poca poesía (que requiere un estado mental reposado y equilibrado) sino que, en general, somos incapaces de leer nada (ni siquiera en el móvil) que supere doscientos ochenta caracteres. Lo anteriormente en cursiva son 347 caracteres según X.AI. Es decir, muy poco texto.

Como no podríamos escribir lo anterior (salvo en las cuentas profesionales de X), vamos a hacer un “reel” y lo colgamos en cualquiera de los vehículos de Mark Zuckerberg: Facebook, Instagram o WhatsApp. Para usuarios sin pago (la inmensa mayoría) la media son 140 segundos, que lógicamente permiten contar pocas cosas.

Si damos un paso más, tratando de averiguar nuestro estado de ansiedad ¿cuánta gente es capaz de leer un libro?

De acuerdo con los datos del Ministerio de Cultura y la Federación de libreros correspondiente al 2025, aproximadamente el 65% de los mayores de 14 años lee 11 libros al año, menos de 1 al mes. Y el 35%, ninguno. Los datos anteriores son elocuentes con respecto a la poca paciencia de buena parte de la población para documentarse racionalmente por lo que sólo les queda su intuición, pues fijar su atención con reposo no abunda.

Todos podemos observar el fenómeno habitual de mucha gente por la calle o en un restaurante o googleando compulsivamente… pendiente de sus teléfonos, de forma muy ansiosa respondiendo a sus WhatsApps o viendo videos o hablando. No pueden fijarse en lo que tienen por delante pues están concentrados en su móvil.

Con todo lo anterior, podemos concluir que la inmediatez domina la permanencia. ¿Es esto un avance?

Pero no acaba aquí “la cosa”. Me refiero a “la cosa” de ser capaces de observar lo que nos rodea y sacar conclusiones válidas para manejarnos.

Edvard Munch 1893 The Scream

El grito (Edvard Munch, 1893)

Hay otros fenómenos que, en mi opinión, viajan juntos para alimentar nuestra ansiedad y contribuir a reforzar nuestros sesgos cognitivos.

El primero es que juzgamos una opinión, no por la opinión en sí sino por quien la emite. Si tal persona opina algo, lo que importa es quién lo dice y no lo que dice. Y no acaba el sesgo cognitivo, si se expresa mal, no gusta, pero no nos podemos detener a qué dice sino cómo lo dice. Si muchos, según internet o un instituto (oficial o no) de opinión, dicen una cosa, esto es lo que cuenta. Lo importante no es lo que cuenta, sino lo que dicen muchos. ¿Quién opina? ¿Cómo opina? ¿Cuántos lo opinan? Todo ello interesa más que ¿Qué opina? Por mucho que parezca que se haya dicho, todavía se pueden observar más fenómenos alimentadores del sesgo de la opinión interesada o torcida o directamente falseada. Es ¿dónde se dice?

En mi opinión, en la zona cero – como se dice ahora – del alimentador de la melancolía, hay un concepto que voy a poner en negrita: El valor de la palabra. Este es el problema raíz; la palabra no vale más que para llenar el espacio conversacional, pero en su esencia no vale nada.

¿Entonces, para qué hablamos? La contestación a esta pregunta precisa de una reflexión filosófica que requeriría conocimientos de la psique humana más profundos y nos alejaría de nuestro objetivo, que no es otro que proponer un método que invierta el modo de pensar predominante actual. Primero observar, luego, si somos capaces de tener una opinión, opinar.

Lo que hemos ido observando, espero que sin establecer juicios de valor, es que efectivamente la raíz del fenómeno que permite a muchos tener – o mas bien – creer tener una opinión firme y contundente sobre qué tal le cae determinadas personas o qué opinan sobre una situación es que en un clima de poco o nulo valor de la palabra, es igual lo que se diga; no pasa nada. Si no sirve, se cambia, como bien decía Groucho Marx, (Groucho, no Carlos, que también trabajó mucho en su manifiesto acerca de la materialidad de las palabras que él definió como materialismo dialéctico).

Cuentan las leyendas más profundamente escondidas entre los sherpas que habitan en los valles del Tibet, que hasta hace pocos años existía una caja de zinc en el pico del Everest en cuya tapa estaba inscrito a hierro y fuego la expresión en sanscrito VAK. Son sólo tres letras que recogen un significado profundo y parece que ampliamente desconocido.

Everest plane

Al observar la caja desde un avión que sobrevolaba el Everest, una persona curiosa quiso subir al pico más alto del mundo para abrir la caja y conocer su contenido. Para ello, viajó a Nepal, buscó al sherpa más experimentado que le permitiera subir al pico y abrir la caja.

Cuando encontró a un sherpa muy experto y le preguntó si podía ayudarle a subir, este le preguntó ¿Para qué quiere Vd. saber algo que todo el mundo sabe?

Porque yo no lo sé, contestó el curioso viajero.

Pues tiene Vd. que subir 12 veces, porque lo importante es cada uno de los 12 caminos que le llevan a la cima.

¿12 caminos? Preguntó asombrado. ¿Cuáles son?

Son las sendas que, una vez recorridas, le permiten acercarse al conocimiento de lo más valioso que hay en la tierra: Lo que genera la confianza y la complementariedad productiva entre los humanos.

Cada vez más intrigado, siguió preguntando ¿Cómo se llaman esas sendas?

La primera es el camino de los filósofos. Tendría Vd. muchos guías que le llevarán desde la parte más baja hasta la cúspide. El primero se llama Confucio, luego vendrán varios guías griegos: Aristóteles, Sócrates y Platón, luego… Y así le dio el nombre de casi 30 personajes que habían filosofado sobre el valor de la palabra y le acompañarían por la senda filosófica hasta la cumbre.

Cuando alcance la cima, volverá a bajar para subir por otra senda: Esta vez serán unos guías matemáticos Newtonianos. No se desespere, al final comprenderá que todo es predecible. Luego irá por una senda divertida y fácil. Lo llamamos la senda popular, pues le acompañarán gentes sencillas que le relatarán lo que dice la gente corriente sobre el objeto de su curiosidad. Escuchará Vd. refranes populares, como, por ejemplo: A buen entendedor, pocas palabras bastan, que también se lo dirá un vaquero escocés: A word is enough for the wise. Escuchará Vd. muchísimos refranes en muchas lenguas para demostrarte que este interés en el valor de la palabra viene de lejos. A continuación, probablemente se atreva con una senda particularmente difícil: La senda cuántica. Casi nada es lo que se parece, lo que Vd. observará con sus ojos y sus sentidos y lo que escuchará de sus guías, le enseñará que lo contraintuitivo existe y está profundamente enraizado en cada átomo de su cuerpo.

También hay sendas muy distintas, como una que se llama “La máquina de la verdad”. Subirá enchufado a unos cables y tendrá que responder a las preguntas de sus guías. Le advierto que no son nada simpáticos.

Y así, le fue explicando las 12 sendas distintas a través de cuyo recorrido el curioso montañero podría entender lo que habrá en la misteriosa caja y por tanto, comprender la importancia del valor de la palabra tras el conocimiento reposado fruto de la observación de la verdad desde muchos ángulos distintos. Ya estamos preparados para entender en qué consiste observar lo que nos rodea cuando avanzamos por el río de la vida.

LVR

El método LVR consiste en lo siguiente.

Imagínese que flota plácidamente en un río; el río por el que fluye su vida. Se deja arrastrar por la corriente, observando lo que tiene a sus lados y lo que tiene por delante. En el recuerdo tiene lo que ya dejó atrás incluidos los meandros, los rápidos, los estorbos fijos y móviles, tanto vegetales, minerales o seres vivos. Gracias a esas experiencias. Una vez hecho lo anterior, si ve algo (persona, animal o cosa) ya está mejor preparado para dejar libre su rápida intuición profundamente hundida en su cerebro reptiliano. Es poco – en general – lo que puede hacer para cambiar su rumbo, pero si observa, por ejemplo, unas rocas o unos obstáculos, debe intentar sortearlos, por eso debe aprender a flotar por la parte más despejada. Observe desapasionadamente y pregúntese ¿qué va a pasar? Observar sin juzgar: Esa es la clave. Con ello obtendrá una imagen desapasionada y clara de lo que viene y que puede Vd. hacer.

Para terminar, pregúntese qué tal le caen ahora los cinco personajes transformadores en los que pensó antes.

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