Al ver la cara de felicidad de un número uno como Javier Fernández al colgarse el bronce en los Juegos de Invierno de Pyeongchang uno es consciente de que, a pesar de que seas dos veces campeón del mundo y seis de Europa, no hay emoción descriptible capaz de equipararse a la que se siente al ganar una medalla olímpica representando a tu país.
Para una chica de los arrabales, curtida por una vida dura, salida de una familia desestructurada y con una madre, más que dominante, maltratadora física y psicológicamente, ése era su máximo sueño, la única manera de realizarse, de trascender a los prejuicios de sus conciudadanos y a los de los jueces que habían de seleccionarla en el equipo de patinaje artístico de Estados Unidos para Albertville 1992.

Tonya Harding llegó a decir que fue la segunda persona más conocida del mundo tras Bill Clinton, y no se equivocaba. Los ecos del incidente con esa otra patinadora… ¿cómo se llamaba? Exacto. Nadie recuerda a Nancy Kerrigan, pero el nombre de la protagonista del infausto suceso ha permanecido indeleble en nuestra memoria todos estos años.

Pero, ¿quién es/fue Tonya Harding? ¿Realimente tuvo algo que ver con aquello con lo que todavía se le relaciona? Este guión se basa en distintas entrevistas a cuantos se vieron envueltos en el desgraciado episodio que le hizo pasar a la posteridad y nos recuerda que lo que vamos a escuchar es, a pesar de lo contradictorio de su naturaleza, absolutamente real y nada irónico.

Se estructura en dos mitades perfectamente diferenciadas. La primera, al estilo del mejor Scorsese, narra la intrincada trayectoria vital de esta mujer desde su niñez. Avasalladora visualmente, juega con movimientos de steady-cam, con un montaje ágil, vertiginoso, digno de un Óscar (ojalá), que se apoya en una magnífica selección musical acorde a la época retratada, y rompe, con descaro e irreverencia, la cuarta pared para hacer que los personajes hablen directamente al espectador. En la segunda hora el genio neoyorkino comparte influencias con el delirio de la chapuza al borde del absurdo del Fargo de los hermanos Coen.

Al frente de este proyecto, con una gran valentía y el olfato para detectar que detrás de esta historia había una gran película, la australiana Margot Robbie. Ella produce y, más que encarnar, se mimetiza completamente con la polémica deportista en una interpretación que, de no ser por la gran Frances McDormand, le habría reportado la dorada estatuilla. La que sí se la va a llevar a casa es la fantástica Allison Janney, una actriz todoterreno a la que descubrimos en El ala oeste de la Casa Blanca. Perfecta, impecable y absolutamente despreciable como progenitora manipuladora y egoísta.

Sería imperdonable dejar de ver un largometraje que se encuentra entre lo mejor que concurre este año en la temporada de grandes premios. Un filme que hubiera merecido mayor reconocimiento por parte de la Academia. Una reivindicación del ídolo caído, de esta eterna luchadora contra el infausto destino que le tenía reservado la vida, Tonya Harding.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © ClubHouse Pictures, LuckyChap Entertainment. Cortesía de Entertainment One Spain. Reservados todos los derechos.
Yo, Tonya
Director: Craig Gillespie
Guión: Steven Rogers
Intérpretes: Margot Robbie, Allison Janney, Sebastian Stan
Montaje: Tatiana S. Riegel
Música: Peter Nashel
Fotografía: Nicolas Karakatsanis
Duración: 120 min.
Estados Unidos, 2017
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