Revista Opinión

Quiero votar

Publicado el 30 septiembre 2014 por Carmentxu

Que el Tribunal Constitucional suspenda por unanimidad la consulta catalana era una noticia anunciada hace días, desde antes incluso de que el Parlament de Catalunya aprobara la Ley de Consultas. Los miembros del TC, a imagen y semejanza del Gobierno que les nombra, saben muy bien quién les paga y a quién deben el cada vez más dudoso honor de formarlo. Solo faltaba que los titulares confirmaran el pronóstico. Cuando votar se convierte en una heroicidad propia de bandoleros que asaltan las instituciones y la casta que transita por caminos polvorientos con bolsas de oro, cuando votar es tildado de desobediencia civil, es que algo anda mal. Oscilo estos días como un péndulo entre extremos sin posarme demasiado tiempo, entre las ansias de independencia de una casta-caspa prepotente, incompetente y proclive a la corruptela y a la picaresca de altos vuelos y la convicción de que los ismos, las banderas, la división solo tienen recorrido desde la intolerancia y el individualismo. Y eso no es Finlandia ¿verdad?: era el modelo a seguir, la sociedad ejemplar con su ejemplar y tan europeo comportamiento ante la crisis y los recortes. Su modelo es universal, pero hace falta valentía para ponerse manos a la obra. Lo fácil es recortar y olvidarse de los desdentados. Y es que yo odio las banderas, los emblemas, los pendones en general: me siento terrícola, ciudadana del mundo, pongamos que hablo de un mundo bastante parecido a Europa por afinidad y cercanía y tan despreciables encuentro a los manipuladores de allí como a la de aquí. El idioma no es eximente.

Me molesta la manipulación burda de Madrid y su Corte: el “aquí mando yo y por eso elevo una valla con concertinas” para que nadie entre ni se salga de la Constitución, ese tótem, con esa ignorancia vital propia de quien solo viaja en coches oficiales y aviones de Estado dando zancadas hasta la alfombra de bienvenida como si temiesen que el asfalto les queme las suelas de unos zapatos caros.

Me molesta aún más si cabe la manipulación de los políticos que, sin convicción, arrastrados por el qué dirán las urnas, lanzan un órdago para, al fin y al cabo, poder continuar con su plan de recortes salvajes contra los más vulnerables. Sin plan del día después, a sabiendas de que una Catalunya independiente saldrá automáticamente de la UE y, por supuesto, del euro, con una credibilidad financiera a centímetros del bono basura. Solo los usureros se aventurarían a prestar dinero a un nuevo Estado, eso sí, a un interés insultante que tardaremos décadas en devolver. Pero eso lo callan, no sea que resulte que los ciudadanos se acuerden del sentido común, de pensar, que valoren pros y contras más allá del “Madrid nos roba”. No sea que se distraigan en algo más que no sea llegar a fin de mes y que caigan en la cuenta de que, más cercano y más doloroso, resulta que el que nos robaba era Pujol.

Dicho todo esto, quiero votar. Quiero, necesito, que se escuche mi voz más allá de los vidrios tintados de los coches oficiales, de las ventanas cerradas de ministerios, órganos, organismos e instituciones engordadas por los gobiernos de turno, que esa clase política de gente adinerada sienta el aliento en el cogote. Quiero votar porque me lo merezco, nos lo merecemos todos. Y porque en democracia, si no hay necrosis, lo normal es votar, sin aspavientos, recursos de anticonstitucionalidad ni acusaciones de rebeldía o amenazas de cárcel. Con cabeza, manos, piernas, ojos, pero de todo corazón.


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