Revista Psicología

Reclusiones (2)*

Por Yanquiel Barrios @her_barrios
Reclusiones (2)*

Se le atribuye a un tal Lucian B. Smith, de Ohio, la invención del alambre de púas en el año 1867, perfeccionado poco más tarde por Joseph F. Glidden. Creado en su origen para el control y confinamiento del ganado, nadie habría podido imaginar en aquel momento la incidencia que acabaría por tener en el curso de la historia de la civilización. Fue la primera tecnología que permitió la concentración, reclusión y vigilancia de enormes cantidades de personas con gran rapidez, eficacia y economía de medios. Su empleo se extendió al campo bélico, así como a la protección de la propiedad privada. La púa sigue siendo, hoy en día, el ícono más utilizado para representar la privación de libertad, el confinamiento, la esclavitud y la deshumanización en sus diversas modalidades.

No todos los campos de confinamiento son sinónimo de exterminio, de allí la necesidad de establecer algunas diferencias. Los centros de reeducación política que el Partido Comunista Chino inauguró para recluir a la etnia musulmana Uigur y someterlos a una limpieza ideológica, no están concebidos para su genocidio, aunque se han denunciado la eliminación de algunas personas, torturas y suicidios. No se emplea allí el alambre de púa, porque tecnologías mucho más modernas permiten el control de la población cautiva.

Quienes mantienen la definición generalizada del campo de concentración se apoyan en la evidencia de que lo que empieza siendo un dispositivo de segregación puede convertirse en una maquinaria de aniquilación. Para ello se requiere una operación discursiva que se despliega en los tres tiempos lógicos propuestos por Lacan:

1.El instante de ver, que consiste en la localización y definición del objeto de segregación.

2.El tiempo de comprender, destinado a someter al objeto a distintos procedimientos de clasificación y diagnóstico.

3.El momento de concluir, donde el destino del objeto varía según las conclusiones alcanzadas en el paso anterior.

Las variantes son el carácter prescindible del objeto, que puede ser no obstante compatible con su mantenimiento en vida (campamentos de refugiados, centros de detención de inmigrantes); su explotación como mano de obra esclava (como es el caso de los barcos factoría que faenan en el mar de Indochina); el aislamiento geográfico y económico al límite de la supervivencia (Gaza y Cisjordania); o el decreto de su exterminio (Alemania, Polonia, Camboya, Argentina y otros ejemplos trágicos).

Es preciso no perder de vista que la operación discursiva y sus tres tiempos degradatorios del objeto constituyen prácticas transversales a todos los sistemas políticos. Desde las islas del Pacífico donde el gobierno Australiano confina a los que intentan llegar a las costas del país, la prisión de Guantánamo en la tierra de nadie mantenida por los Estados Unidos, o la prisión militar de Saydnaya, cerca de Damasco, en la que docenas de miles de personas fueron asesinadas por el régimen de Assad. El universo concentracionario, gobernado por las leyes de una excepcionalidad que puede convertirse en norma sin solución de continuidad, cuenta en ocasiones con el apoyo de una gran parte de la ciudadanía, o bien se beneficia de la pasión de la ignorancia que siempre anida en el corazón de cada uno y en la dinámica del lazo social.

El alambre de púa no se inventó para las personas sino para el ganado, pero debe su enorme éxito histórico al hecho de que, llegado el momento, el poder puede convertirnos a muchos, o a casi todos, en una variedad de ganado. Ahora se logra lo mismo mediante la geolocalización (como hace el pueblo Sami al norte de Escandinavia para controlar el movimiento de sus renos) que no pincha pero delimita los espacios, los territorios y los recorridos que nos son adjudicados. Admitamos que ser ganado es una vocación que al mismo tiempo abunda, incluso mucho más que la de ser ganaderos...

*Publicado en el perfil de Facebook del autor quien tuvo la cortesía de permitir compartirlo en SicologíaSinP


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