Revista Ciencia

Recordando a mis maestros

Por Daniel_galarza
Recordando a mis maestros De acuerdo a una de las definiciones que ofrece el Diccionario de la Lengua Española, un maestro es aquella persona "de mérito relevante entre las de su clase." También es una "persona que enseña una ciencia, arte u oficio, o tiene título para hacerlo" o una "persona que es práctica en una materia y la maneja con desenvoltura." Muchos de nosotros, cuando hablamos de nuestros maestros, nos solemos referir a aquellas personas que se esforzaron en el aula de una escuela (mucho o poco) para enseñarnos alguna lección que, muy seguramente, no supimos apreciar en su momento, y que hoy recordamos con cariño y respeto. Tal vez recordamos a nuestros profesores de preparatoria o de universidad, quienes nos ayudaron a confirmar nuestro oficio o nuestra vocación, a través de clases que motivaban a todos. Pero junto a aquellos profesores, a veces recordamos también a las personas de las que aprendimos mucho sin haberlos conocido en persona.
Las definiciones del Diccionario admiten perfectamente este último grupo de personas que consideramos maestros. Y eso es lo que entiendo por "maestro". Es claro que, como todos, estoy en deuda con todos los maestros, cuyos nombres ya no recuerdo, que me enseñaron a leer, escribir, calcular o que por primera vez lograron que me interesara en alguna lección de física, de inglés o de historia. Nombrar a cada maestro que he tenido sería imposible en un artículo de blog. Aquí me limito solo a recordar a aquellas personas que ayudaron en mi formación, con lo que me identifico y lo que más disfruto en saber, siempre pidiendo una enorme disculpa a todos esos maestros que, por espacio o por amnesia, no aparecen aquí.

Naturalismo y vida silvestre

Desde niño soy un amante de la naturaleza. Siempre me han gustado los viajes al campo, al bosque o a los cerros desde donde disfruto buscando insectos y otros bichos. Mi amor por la naturaleza, por los artrópodos y reptiles, comenzó desde muy temprano (debí de haber tenido unos seis años cuando ya atrapaba viudas negras para mascotas) y tuvo mucho qué ver con los libros que me leía mi padre o los documentales que veíamos cuando era niño. Pero hubo algunos grandes mentores entre tales series que seguramente jamás podré agradecerles de frente su labor para que las personas aprendan, respeten, pero sobre todo, amen el medio ambiente.
Recordando a mis maestros *Ruud Kleinpaste. Animal Planet tuvo alguna vez uno de los programas más memorables de todos: Ruud. Cazador de insectos, protagonizada por el naturalista Ruud Kleinpaste. La serie mostraba distintos lugares del mundo, mientras Ruud buscaba, debajo de piedras o entre las ramas, insectos, arañas, ciempiés, escorpiones y toda clase de bichos fabulosos. El gracioso entomólogo tomaba todos los bichos con sus manos, y a menudo se topaba con los típicos depredadores venenosos, de escorpiones y tarántulas hasta avispas y hormigas bulldog. Casi siempre se dejaba picar para que sus espectadores tuvieran la empatía de observar su dolor, haciéndonos conscientes del peligro que representan y el respeto que les debemos a los bichos, que en algunas ocasiones incluso lo hacía llorar. De Ruud aprendí diversas formas de buscar invertebrados pequeños y de acercarme lo más posible sin ahuyentarlos, además de identificarme con sus malos momentos, pues de niño y adolescente también sufrí diversas picaduras de insectos que atrapaba.
Para mi desdicha, hoy parece que pocas personas recuerdan el Cazador de insectos, y pocas veces he vuelto a saber de Ruud (hace poco leía un artículo donde el experto aparecía con unos pocos comentarios sobre lo que puede pasar si los insectos llegan a desaparecer). La principal lección que me dejó Ruud, es que la fascinación y el respeto por las más exitosas formas de vida macroscópica (los artrópodos) puede ser compartida, y hoy es una necesidad vital en la formación de una correcta cultura científica ciudadana.
Recordando a mis maestros *Justin Schmidt. Si alguien me pidiera que nombre a alguien con quien siempre he estado de acuerdo en todas sus opiniones públicas que conozco, diría Justin Schmidt, el siempre simpático entomólogo con cara de friki y autor del famoso índice de dolor de picaduras de insecto (o solo escala Schmidt). Este hombre delgado de bigote chistoso viajó alrededor del mundo para ser picado por los insectos más peligrosos que pudo encontrar, compilando sus dolorosos descubrimientos en The Sting of the Wild (2016). Para que tengamos una idea, Schmidt se dejó picar por 78 especies distintas de hormigas, abejas, abejorros y avispas, pertenecientes a 41 géneros distintos.
La escala Schmidt, corregida y aumentada desde los años 90, clasifica las picaduras y mordeduras de insecto en cuatro niveles: 1. Se trata de los dolores más suaves, incluso descritos por Schmidt como disfrutables (lo sé, un amante de los insectos puede ser así de raro), con una duración de 5 minutos o menos. En este nivel se encuentran la hormiga de fuego sureña Solenopsis xyloni (pariente de la temida especie invasora S. Invicta), la avispa de papel, la abeja excavadora y la mayoría de abejas pequeñas. 2. Las picaduras con una duración de 5 a 10 minutos se ubican en este nivel, y Schmidt describe algunas (como la de la hormiga Megaponera analis de África) como "el dolor debilitante de una migraña contenida en la punta del dedo", mientras que otras, como la avispa "chaqueta amarilla" tiene una picadura "caliente y humeante, casi irreverente. Imagine a WC Fields apagando un cigarro en su lengua". Otros insectos con picaduras nivel 2 son las abejas melíferas, el avispón de cara sin vello y las hormigas trampa. 3. En este nivel el dolor de la picadura puede durar desde media hora o más. Algunas picaduras, como la de la hormiga cosechadora Maricopa, son descritas como una tortura: "Después de ocho implacables horas de perforación en la uña encarnada, se encuentra el taladro clavado en el dedo del pie". Otros insectos que entran en esta categoría son la avispa de papel roja, la hormiga terciopelo y la hormiga toro. 4. El nivel más aterrador de la escala, donde el dolor es sencillamente insoportable. Un insecto destacable en este nivel es la avispa halcón, una cazadora de tarántulas, cuya picadura Schmidt la describe como: "cegadora, feroz [y] sorprendentemente eléctrica". En el mismo nivel se encuentra la picadura de la hormiga bala, que es un "dolor puro, intenso y brillante ... como caminar sobre carbón encendido con un clavo de tres pulgadas" incrustado en el talón."
Schmidt ha sido el gran maestro de otros entomólogos y naturalistas que han intentado investigar científicamente los distintos venenos del mundo de los insectos. Muchos otros han intentado mejorar la escala Schmidt, e incluso han creado la propia en base a esta, como hizo Christopher Starr, los protagonistas de Kings of Pain, Adam Thorn y "Caveman" Alleva, y tal vez el más conocido, el explorador y youtuber Coyote Peterson. Schmidt puede verse como un maestro de masoquismo con bichos, pero también es un maestro de la ciencia que enseña que la experiencia personal no está peleada con la investigación objetiva e interesante.

Ateísmo


Muchas veces, uno no se da cuenta de lo que cree (o en lo que ya no cree) hasta que se tiene una buena plática entre amigos. Con mi ateísmo eso fue lo que me pasó, sencillamente no sé exactamente en qué momento había dejado de creer en Dios, solo sé que, tras descartar mis creencias paranormales, también se habían esfumado las esperanzas por demostrar la existencia de un milagro auténtico. Pero sí hubo maestros, autores que me ayudaron a estructurar mis ideas, para pensar en la cuestión de Dios.
Recordando a mis maestros * Rius. Como lo he contado en otra parte, mi gusto por la lectura fue tardío, hacia finales de mis tiempos en preparatoria. Para ese entonces, la lectura sobre temas variados de ciencia y pensamiento crítico habían estado creciendo de a poco, principalmente gracias a revistas divulgativas como Muy Interesante. Hacia quinto de preparatoria ya había leído un libro completo por primera vez en mi vida (El quinto milagro, por Paul Davies), y necesitaba más. Fue en mi clase de filosofía, donde conocí mi primer lectura sobre ateísmo: Manual del perfecto ateo (1981), escrito por el monero y periodista mexicano Eduardo del Río, mejor conocido como Rius. El profesor de aquella clase (cuyo nombre ya no recuerdo) poseía una influencia marxista desde la lectura de Rius. Fue ahí donde conocí la primer doctrina filosófica con la que me sentí identificado, encontrando al materialismo dialéctico como una teoría que encajaba perfectamente con mi naciente ateísmo, que explicaba la religión como una familia de ideologías impuestas al pueblo que contribuían en la explotación y la ignorancia de los más pobres. Podría decirse que las ideas de Karl Marx fueron la primera gran influencia filosófica en mi formación (las cuales terminé descartando poco antes de entrar a la carrera), pero lo cierto es que no leíamos a Marx, sino a Rius.
Nuestro profesor nos había pedido que cada uno comprara un libro de Rius, lo leyera, hiciera un reporte de su lectura, y al terminar, intercambiaríamos nuestro librito con el de algún otro compañero. Así fue como me prestaron el Manual del perfecto ateo, pues mi compañero pensaba que era justo el tipo de libro que me gustaría. Y no se equivocó. La forma en que Rius explicaba, con todo y sus dibujos, era justo el modo de enseñar a disfrutar una lectura en un país como México. Disfruté el libro de principio a fin, y después de terminarlo, me prestaron El católico preguntón (2002) con el que terminé por cultivarme en la materia, tomando nota de algunos puntos importantes de la historia del catolicismo. Tengo ciber-amigos que cuentan que son ateos gracias a Rius. Yo ya me consideraba ateo antes de leer a Rius, pero lo que el gran monero me enseñó, fue a ordenar y sistematizar mis ideas, fundamentando mi rechazo a la existencia de Dios o lo sobrenatural en la historia de las creencias y la filosofía. Tal vez, por todo esto, es que fue una gran decepción aceptar que Rius era un magufo en muchos aspectos, aunque considero que sus libros sobre ateísmo deben ser los primeros que cualquier adolescente con dudas debe leer.
Recordando a mis maestros *Bertrand Russell. Si Rius (y Marx) fue mi "maestro" introductor al ateísmo, el filósofo Bertrand Russell fue el que me ayudó a enfocar el ateísmo como parte de una cosmovisión humanista. Para cuando leí mi primer libro de Russell yo ya estaba en la carrera, y debo admitir que sentía algo de pena llevar un tiempo ahí y nunca haberlo leído. Pero al final lo hice, con su obra escéptica más famosa: Por qué no soy cristiano (1927). Russell no solo descartaba de la manera más brillante los argumentos en favor de la existencia de Dios, sino que ubicaba a los orígenes de la religión en el miedo. El miedo es la fuente de la que se alimenta toda religión, el miedo a la muerte, a la incertidumbre y a lo desconocido. Pero además, exponía una idea revolucionaria para su época, en la que hasta su lectura no había considerado a fondo: es posible vivir bien sin religión, y es perfectamente normal ser ateo a la vez que se es una buena persona. El librito de Russell no solo era una crítica a argumentos metafísicos e instituciones religiosas, sino que se trata de una obra de ética, que demuestra la falsedad de los prejuicios contra el ateísmo, como que el ateo es alguien que no cree en nada y que carece de toda esperanza. El ateo también puede creer, y cree en las personas, en la racionalidad y en la posibilidad de construir un mundo mejor con la mezcla de conocimiento y amor (eso que llamamos humanismo).
Sé que muchos de mis compañeros llegaron a forjar su ateísmo de lecturas muy distintas, como las obras de Friedrich Nietzsche o de Michel Onfray (cuyo Tratado de ateología estaba de moda en ese entonces). Pero a mí Russell no solo me enseñó los razonamientos detrás del pensamiento crítico, sino que además el ateísmo debe fundamentarse adecuadamente sin perdernos en las refutaciones ácidas, demostrando la posibilidad de un mundo que progresa fundado en el bien y el saber.

Escepticismo

Como casi siempre comento, cuando era niño fui un verdadero creyente en lo paranormal. En la secundaria, recuerdo haberme dibujado (en una de esas clases donde nos pidieron que enseñáramos a lo que nos queríamos dedicar en el futuro) como un investigador paranormal que perseguía fantasmas, criaturas extrañas, duendes, platillos voladores, posesiones demoníacas, etc. Pero los maestros del escepticismo serían quienes se ocuparían de ponerme nuevamente en el camino a la realidad.
Recordando a mis maestros *Héctor Chavarría. La primera vez que escuché la palabra "escéptico" fue en el programa Viva la mañana, uno de los varios programas matutinos de espectáculos que suele tener la televisión abierta. Pero se trataba de un programa singular, pues la mayor parte del tiempo estaba dedicada una sección de debate llamada "La mesa de Adame", en donde el actor Alfredo Adame hacía de moderador. "La mesa de Adame" presentaba distintos temas por semana, pero estaban especialmente concentrados en los debates paranormales. Los invitados usuales incluían a la hermana del charlatán Carlos Trejo, Norma; al director de cine David Rojas (que dice ser "fantasmólogo"), la ufóloga Ana Luisa Cid, el investigador César Buenrostro y los inolvidables "agentes de negro" de la Agencia Mexicana de Investigación Paranormal (AMIP). Todo era diversión con los videos y fotografías que estos cazafantasmas exponían como "evidencias", hasta que dejaban hablar a un molesto señor al que llamaban "el escéptico".
Se trataba de un sujeto que caía mal con los comentarios que hacía, se sentaba hasta la esquina de la mesa y casi siempre era el único en contrariar a todos los demás. Ese sujeto no era otro más que Héctor Chavarría, periodista y escritor de ciencia-ficción (aparece en la Enciclopedia de la literatura en México), quien en su momento fuera uno de los fundadores de la Sociedad Mexicana para la Investigación Escéptica (SOMIE) y de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía (AMCyF). SOMIE fue la primer organización de su tipo de la que había escuchado. Aunque me caía mal, era imposible no estar de acuerdo con este irritante escéptico cuando se burlaba de videos donde se hasta los hilos se veían en el lomo del supuesto fantasma, o que acusaba de crear los más chafas videos con efectos especiales de baja calidad a los agentes de negro. Chavarría comparte una característica de otros escépticos célebres, como el mago James Randi: su enojo e indignación con los fraudes paranormales, y su sentido de lucha contra la irracionalidad, aún cuando parezca que la batalla está perdida. Esas serían las principales lecciones que aprendí de aquel molesto señor de hasta la esquina del programa, al que llamaban con desprecio "el escéptico"... pero que jamás lograron dejar callado.
Recordando a mis maestros *Joe Nickell. Como adolescente que creció viendo documentales, me resultaba especialmente placentero que se presentaran series con contenido paranormal, pero investigadas científicamente. Casi por pura suerte, me enteré de la serie "Revelaciones" (Is It Real?), de National Geographic, donde presentaban a creyentes y escépticos por igual pero no en un formato de falsa neutralidad, como suelen hacerlo los programas paranormales de entretenimiento como Extranormal. Aquí las evidencias eran las que tenían más peso, y aunque los defensores creyentes también exponían sus conclusiones, casi siempre la conclusión era que debía de tenerse por delante las hipótesis simple. Donde una explicación terrenal bastaba, ¿para qué necesitabas una explicación sobrenatural? En el programa desfilaron varios escépticos célebres, como el ya citado James Randi, el psicólogo Richard Wiseman, el editor fundador de Skeptic Michael Shermer, el escritor Benjamin Radford, el ensayista Larry Kusche, el arqueólogo Kenneth Feder o el periodista Mario Méndez-Acosta.
Pero la serie mostraba un investigador paranormal con años de experiencia en el campo, lo más cercano a mi profesión-fantasía adolescente: Joe Nickell, un investigador y detective privado dedicado a resolver toda clase de misterios. Nickell fue el continuo dolor de cabeza para los defensores de lo paranormal tanto en esa serie como en muchos otros espacios. Hablar de todo lo que ha investigado sería imposible en un espacio breve, pero entre lo más destacado se cuentan casas embrujadas, monstruos de lagos, reliquias antiguas, las líneas de Nazca, los zombies, los exorcismos, pie grande, el hombre polilla, el chupacabras, los círculos de cultivo, el incidente Roswell, los detectives psíquicos, el kraken, las abducciones, Jack del destripador, milagros, el triángulo de las Bermudas, el sudario de Turín, la astrología... en fin. Muchos de mis ciber amigos pueden pensar de Randi, en Sagan o en Shermer cuando alguien les menciona la palabra "escéptico". Yo pienso primero en Joe Nickell, quien además es investigador senior del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), y un cazador incansable de la verdad. Para Nickell descartar lo paranormal o el misterio no es una actitud que realmente refleje el escepticismo científico. La investigación honesta y desinteresada es lo que caracteriza el escepticismo de Nickell, el mismo que muchos escépticos modernos deberían aprender.

Filosofía

Tengo varios amigos que confesaron en su momento de no haber estado tan seguros al elegir su carrera. Cuando me decidí a estudiar filosofía, lo hice principalmente por la especialidad en Filosofía de la ciencia que ofrecía la licenciatura en la U de G, y aunque hubo algunas veces que consideré tediosas algunas clases, nunca me arrepentí de dedicarme a este campo del conocimiento desde donde he aprendido mucho sobre muchas cosas.
Recordando a mis maestros *Mario Lozano. Sobre la carrera de Filosofía en la Universidad de Guadalajara hay que decir una cosa: no vale la pena si no tomas clases con el maestro Mario Alberto Lozano. Profesor de lógica, filosofía de la ciencia, fundamentos de las matemáticas, filosofía del lenguaje y del bello seminario de filosofía natural de Newton, el maestro Mario Lozano es por mucho el mejor maestro de la licenciatura. El maestro Lozano es el único en esta lista de quien realmente he sido su alumno en un aula, cuyas clases se encuentran entre mis mejores recuerdos de toda la licenciatura.
La carrera tiene varios maestros buenos, como Jorge Grajeda, Joaquín Galindo, Mauricio Morales o Carlos López Zaragoza (hasta hace poco también Jesús Heriberto Ureña Pajarito, quien falleció hace menos de un año), pero ninguno tiene la "chispa" de las clases del profesor Lozano. Una mezcla de erudición, paciencia, buen humor y rigurosidad es lo que siempre caracterizaron a sus clases a las que uno no podía faltar, sin importar si comenzaban a las 7 am o a las 9 pm. El profesor Lozano es miembro de la Academia Mexicana de la Lógica, con licenciatura tanto en filosofía como en psicología, y una maestría en lingüística aplicada. Su clase de filosofía de la ciencia ofrece un formato sencillo, introduciendo en el campo desde la Grecia de Aristóteles hasta los problemas contemporáneos con los autores de cajón: Karl Popper, Thomas Kuhn, Carl Hempel, e Imre Lakatos. Si alguien está interesado en aprender lógica, no hay una mejor opción que sus clases sobre el tema, un año y medio donde no solo se miran fórmulas bien formadas y tablas de verdad, sino que ofrece una explicación de la utilidad intelectual de la lógica matemática para la carrera. Por si fuera poco, el maestro Lozano también ofrece excelentes conferencias, donde se ha mostrado como un enemigo de pseudociencias como el psicoanálisis, la homeopatía o el creacionismo, algo que muchos agradecemos.
En fin, Mario Lozano es el ejemplo de lo que realmente significa ser maestro. Ojalá fuera yo un alumno de buen nivel, pero sospecho que lo he decepcionado por mi bloqueo mental en mi tesis.
Recordando a mis maestros *Mario Bunge. No recuerdo si fue por la licenciatura o por mis lecturas de escepticismo científico, pero a Mario Bunge lo conocí a partir de una de sus obras más bellas: Seudociencia e Ideología (1985), el primer libro que conocí cuyo tema principal era el problema de demarcación de la ciencia vs la pseudociencia. Aunque ya conocía trabajos que abordaban la pseudociencia, como El mundo y sus demonios (1996) de Carl Sagan, o The Skeptic's Dictionary (2004) de Bob Carroll, el libro de Bunge ofrece todo un marco de trabajo donde no solo se busca diferenciar de forma precisa la ciencia y la pseudociencia, sino que también aborda las definiciones de tecnología y pseudotecnología; la de ciencia de la ciencia y la tecnología (CCT) y la de pseudoCCT; la de filosofía de la ciencia y la de pseudoepistemología; expone los límites de la ciencia, los peligros de las ideologías dogmáticas (políticas y religiosas), los fallos del marxismo, y las ásperas pero necesarias relaciones entre la ciencia, la tecnología, la política y el desarrollo.
Leí Seudociencia e Ideología a modo de proyecto final para la clase de filosofía de la ciencia, con el maestro Lozano. La propuesta de demarcación de Bunge me pareció (y aún me sigue pareciendo) tan elegante y precisa, que puede verse como un punto de arranque en el estudio filosófico de la pseudociencia en general. Aunque Bunge se volvería uno de mis autores favoritos sobre pseudociencia, su obra en general sirvió para mi formación profesional completa. No creo que la filosofía de la ciencia pueda considerársela estimulante si se omite la obra de Mario Bunge, algo análogo a estudiar filosofía general contemporánea sin pasarte por las obras de Russell. Sencillamente, no tendrías derecho a decir que sabes filosofía.

Ciencia

Hace poco me di cuenta que me ha gustado la ciencia desde mucho antes que entendiera qué es la ciencia. Con todo el tiempo desperdiciado por culpa de mi bloqueo mental, he llegado a pensar en veces que tal vez ya no debería de continuar con más estudios, sobre todo porque los tiempos no pintan bien para la ciencia (no digamos ya para la filosofía). Pero aún así, no he perdido las ganas de estudiar biología y después alguna maestría (quizás en neurociencias). Sea lo que vaya hacer en el futuro, lo que sí puedo estar seguro es que este no existe sin la ayuda de la ciencia, y eso es una lección de vida que todos deberíamos tener presente. Realmente son pocos los maestros que pueden enseñar por qué es importante esta lección.
Recordando a mis maestros *Gustavo Esteban Romero. Algo por lo que viviré eternamente agradecido con Facebook, es por la oportunidad de tener contacto con algunos de las mejores mentes del mundo sin mucho problema. Realmente las redes sociales han sido mi fuente para conocer periodistas, filósofos, historiadores, biólogos, físicos, astrónomos, neuropsicólogos, médicos, paleontólogos, literatos, e incluso egiptólogos. Pero uno de los contactos de los que más he aprendido es el astrofísico argentino Gustavo Esteban Romero. Profesor titular de Astrofísica relativista, director del Instituto Argentino de Radioastronomía y pupilo de Mario Bunge, Romero es la mejor persona para consultar cualquier asunto del mundo de la física, por no mencionar además que también es de los principales promotores de la filosofía científica.

Romero demuestra que la divulgación científica no necesariamente debe ser contraria a la rigurosidad y la exactitud; tampoco es necesario la adopción de especulaciones científicas que parecen estar cercanas a la metafísica desenfrenada o incluso a la pseudociencia mimetizada. Si eres fan de Stephen Hawking o de Michio Kaku tal vez los escritos de Gustavo Romero no son para ti. Si eres defensor de la teoría de cuerdas o sueñas con la llegada de la teoría del todo, tal vez los escritos de Romero no son para ti. Tampoco es probable que te gusten los escritos de Gustavo Romero si consideras que la teología natural tiene argumentos a su favor desde la cosmología. Pero si estás interesado en la precisión, en los fundamentos de la ciencia y la filosofía científica, así como en las conversaciones inteligentes y cordiales, Gustavo Esteban Romero es el tipo de maestro que necesitas entonces.
Recordando a mis maestros *Carl Sagan. Por último, pero no menos importante, es probable que sean pocos los amantes de la ciencia que no consideren al astrónomo Carl Sagan como un maestro en toda la extensión de la palabra. No es solamente que obras como Cosmos (1980) hayan servido de inspiración para divulgadores como Neil deGrasse Tyson, Bill Nye o David Morrison. Es que Sagan inspiró a toda una generación de científicos y divulgadores de la ciencia en todo el mundo. Carl Sagan fue un científico, un divulgador, un activista social, un escritor y una personalidad con la que miles de personas se sintieron identificadas desde hace, por lo menos, cuatro décadas, y aún hoy puede sentirse su influencia.
El humanismo de Sagan era una consecuencia lógica de su visión cosmopolita, es decir, de su fascinación por el planeta Tierra como una unidad, como una mota de polvo flotando en la inmensidad, un pensamiento que deja corta cualquier idea religiosa o política de cualquier período histórico. Sagan explicaba que ese era el mayor logro de la exploración espacial: ofrecer la imagen de la Tierra, de ese punto azul pálido, finito y solitario, en el océano de espaciotiempo. Para cuando descubrí Cosmos, ya había visto otras series de divulgación científica, y ya había leído varios libros del mismo género (los cuales solían mencionar a este astrónomo). Pero ver Cosmos, para mí como para muchas personas, significó un antes y un después en mi formación, porque la ciencia no solo es vista como un campo de conocimiento con métodos especiales, sino como una empresa colectiva de generaciones de mentes preocupadas por saber, interesadas en el mundo que les rodea y en su prójimo. Conscientes del asombro que causa el conocer el lugar que ocupa el ser humano en el universo, tan pequeño si se compara en tamaño a los mayores cúmulos galácticos; pero aún así, forma parte de la grandeza del cosmos.
Este es mi humilde tributo a mis maestros, también a los que me faltó por nombrar.
¡FELIZ DÍA DEL MAESTRO!

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