
La columna se desplazaba hacia las Gargantas haciendo temblar la tierra. Cuanto mayor era el silencio que los rodeaba, cuanto más cerrado el sendero, más fuertes resonaban las pisadas, el golpeteo de cientos de armas contra sus escudos, en aquellas tierras salvajes. Ciros encabezaba la marcha junto a su guardia y la doncella, sin acusar el cansancio del camino. Se sentía dichoso de tenerla cerca. No dejaba de asombrarse de su noble porte, de su andar sinuoso. ¿Podía temer a alguien o algo aquella dama de las montañas? Con expresión circunspecta, sus cabellos al viento parecían ser una llama dorada que guiara a la hueste.—¿Deseáis saciar vuestra sed, mi señora? —preguntó atento, Ciros.—Gracias. No por el momento. Deseo alcanzar pronto los Bosques de Hierro, pues allí, de las fuentes, emana un agua que borra la fatiga del cuerpo.—Si ordenáis descansar… De los Bosques a las Gargantas apenas hay un día de marcha. ¿Es así?—Sí, una mañana, si se camina a buen paso. —La doncella calló y giró la cabeza para mirar a Ciros—. ¿Tanto deseáis la gloria? ¿No os he avisado que en ese lugar convergen fuerzas arcanas? Agua, viento, tierra…Ciros dudó, una voz interior le ordenaba volver a casa. Pero pensó en el número de lanzas que lo acompañaban y rió para sí. Por un instante, hasta creyó ser un niño que escucha atento los ruidos de la noche y se alarma por cualquier crujido del bosque.—Es la mayor empresa que jamás he emprendido. Por nada de este mundo me defraudaré a mí mismo, por nada.
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