Revista Cultura y Ocio

Respirar

Por Calvodemora
Finjo que converso conmigo mismo. Parrafadas insulsas, parlamentos huecos, historias que no terminan, pasajes irrelevantes, ideas sublimes. No hay día en que no desee hablar en voz alta en lugar de hablarme hacia adentro, pero no le doy altura a lo dicho, lo censuro, caigo en la cuenta de que no tiene interés para nadie, aunque a mí me agrade, hasta me conforte, si me lo tomo (en lo que puedo) en serio. Pensar es un hablarse sin ruido. De pequeño recuerdo que tenía enormes conversaciones antes de conciliar el sueño. Movía los labios, recitaba mi parlamento privado, hablaba sin que nadie pudiese oírme, no podía consentir que eso ocurriera. Me sentía bien, me sanaba, daba lo mismo que un mal me acuciaba o no. Hablar era, en cierto modo, una actividad furtiva, una especie de pequeño acto delictivo. Ahora me cohíbo como entonces. La edad, debe ser. No sé cuál es la idónea para poder ejercer ese acto hermoso de intimar con uno y salir airoso, feliz, convencido de que no hay nadie con quien podamos hablar tan libremente. Con el tiempo, apostado en su atalaya, uno trata de fijar un patrón, ninguno que no pueda ser apartado y cambiado, pero se afana en adquirirlo, tener esa propiedad esquiva, convenir que está bien seguir una línea, aunque acabe torcida, empujándonos al vacío. Qué placer regresar, acomodar el cuerpo entero a ese viaje y precaverse contra la flaqueza. Entonces hablarse, darse, sentirse hospitalario con uno mismo, arrobarse, aspirar el aire y apreciar cómo ocupa la extensión del pecho, seguir imaginariamente su tránsito arriba y abajo, libre, nuestro. Respirar, tan solo eso. 

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