Revista Cultura y Ocio

Retazo - Rompiéndolo todo

Publicado el 19 octubre 2019 por Alaluzdelasvelas


ROMPIÉNDOLO TODO
¡Hola, hola, hola!
 ¡Lo sé, lo sé! Estoy muy desaparecida. Palabrita que no lo hago a posta. Dadme estos días para intentar recuperar el ritmo. ¡Y ahora vamos con las cosas buenas, que quejarse todo el día es algo muy cansado! Para mí, lo bueno de la semana es la retirada del calor sofocante. ¡Por fin se empieza a notar el fresquito! Tanto que, estos días de madrugones, he ido jodida de frío, sí, sí. Chaqueta incluida. Una fantasía. Contadme, ¿qué cositas chachis os han pasado esta semana? Hoy os traigo un escrito de cosecha propia. Como os digo las veces que actualizo esta sección, no os cortéis en opinar. No me gusta ser hipócrita y sería patético por mi parte no ser capaz de encajar una crítica negativa. Así que sentíos libres de decir lo que opináis. Y ahora sí que sí,¡dentro retazo!Retazo - Rompiéndolo todoimagen extraída de tomswallpapers.com

ROMPIÉNDOLO TODO
 ‘Es mejor así’. Es lo que les dije a todas, a todos; es lo que te dije a ti, lo que me dije a mí.
 ‘Es mejor así’. Fue mi mantra durante una buena temporada, mientras consumía las horas pensando, sí, pensando que ojalá no hubiese pasado.
 Dime, ¿qué nos llevó hasta allí? Yo adoraba el té, tú lo odiabas. Yo odiaba caminar bajo la lluvia, a ti te encantaba. Pero acabamos allí dentro, con las manos ateridas de frío, las narices congeladas y el aliento perdiéndose en enormes volutas de vapor. Nunca había visto aquel maldito rincón perdido tan lleno. Para mí, era un lugar seguro. Acogedor, encantadoramente destartalado. Colores verdes y marrones salpicando las paredes. Sillas de mimbre y mesas tan maltratadas que eran pequeños milagros. Chocamos en la barra y nos reímos como idiotas. Fue bonito, dice la gente. Fue estúpido, pienso ahora. Ni siquiera sé por qué narices tuvimos que compartir mesa. Ni siquiera sé, joder, por qué me molesté en escucharte mientras hablabas. Porque eras de esos, amigo. De esos que hablan, pero no escuchan; de esos que necesitan toda la atención, de los que, mierda, hacen que todo deje de brillar. Fue un error. Un error que nacía en las mentiras que se te caían de la boca. Un error que hizo de lo cómodo algo insulso, opaco. No había matices, no en nosotros. Fuimos un experimento fallido. Un gran error de cálculo. Una mentira. Me gusta pensar que tú fuiste el problema. Yo sólo tenía dos normas: nada de celos, nada de mentiras. Yo no los siento, joder. Nunca, en toda mi vida, los he vivido. Tampoco miento. ¿Para qué, eh, si la vida ya está llena de esa gente viperina, la que abre la boca y ladra la primera mentira que le quema la lengua? ¿Para qué, si no vale la pena? Tú tenías muchas normas. Todas ellas tácitas. Las aprendía despacio. Ensayo, error. Celos, mentiras, rabia. Sonrisas, risas, palabras. Discursos grandilocuentes, vanidad, auto-compasión. Y, de fondo, la decadencia de una relación fallida parpadeando como luces de neón a punto de apagarse.
 ‘Construimos para romper’, te dije. Fue aquel día, mientras seguía lloviendo y yo notaba que mi ropa se secaba. Fue mientras tú me mirabas con aquella sonrisa postiza, la que regalas a todas las personas que todavía no te conocen y, como yo, comenten el error de pensar que vales la pena. Tuve razón. Construimos una mentira, una en la que yo apartaba la mirada cuando te emborrachabas, cuando ibas fumado, cuando me engañabas. Lo peor, sin embargo, era ver cómo te mentías a ti mismo, cómo decías que lo harías bien, que podías ser mejor, que no fallarías. No me fallaste a mí, te fallaste a ti mismo. A ti y a toda esa gente que sigue pensando que vales la pena. Lo rompimos. Lo rompimos a lo grande, haciendo tanto ruido que todo el mundo tuvo tiempo de posicionarse.  Me dijeron que lloraste mucho. Yo también. Lloré de vergüenza, pensando en lo tonta que había sido por callarme. Lloré de impotencia, de rabia. Lloré de odio. Acepté verte para demostrarme a mí misma que lo había superado, que tus ruinas sólo eran eso, ruinas. Llegaste, esta vez rojo de rabia. La misma mesa un jueves cualquiera. Tú, enfadado, furioso, rabioso.
 ‘No eres mejor que yo’. Cinco palabras que, como todo, se te cayeron de la boca. Palabras que me hicieron sonreír con indulgencia. Me diste lástima. Esa lástima repugnante, compasiva. La clase de lástima que va de la mano de la vergüenza ajena.
 Claro que no era mejor que tú. No lo soy. No puedo serlo si dejé que me mintieras, si dejé que me engañaras. No puedo serlo después de defenderte cuando no tenías defensa, después de justificar todas tus faltas. Fue en ese momento cuando supe que yo lo había superado. Todo volvía a brillar. Todo, menos tú. Gris, apagado.  Apático, triste.  Perdido. No me molesté en contestarte. Me levanté y, sí, te dejé tirado. Sólo por curiosidad, ¿cómo fue que te pagaran con tu misma moneda? ¿Cómo fue quedarte allí sólo, pensando en nuestras ruinas?
 ‘Construimos para romper’, te dije. Pues, óyeme, desde que todo se ha roto… parece que la vida vuelve a valer la pena.

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