Revista Espiritualidad

Sacando las Cosas de Contexto

Por Av3ntura

Detrás de muchos de los conflictos que nos separan a unos de otros, muchas veces lo que hay es un simple mal entendido. Bastan un comentario desafortunado o una frase sacada de contexto para que interpretemos realidades que al emisor del mensaje ni siquiera se le han llegado a pasar por la cabeza.

Al haber sido dotados los humanos con el don de la palabra, podemos considerarnos afortunados por las muchas puertas que se nos han abierto a la hora de relacionarnos con nuestros iguales; pero a veces ese don nos puede llegar a complicar mucho esas mismas relaciones si no ejercitamos otras aptitudes como la empatía, la prudencia o la mano izquierda.

En una conversación, en un discurso o en una declaración a un medio de comunicación podemos expresar lo que pensamos sin la menor intención de herir la sensibilidad de nadie, pero, aún así, podemos acabar ofendiendo o dañando a otras personas. A veces porque se quedan simplemente con el titular con el que se intenta resumir lo que hemos dicho, sin entrar en matices, sin molestarse en leer la letra pequeña, la que nos podría sacar de dudas.

En un mundo en el que la inmediatez reclama cada vez con más descaro un mayor espacio, tendemos a delegar en otros nuestra capacidad de juicio crítico, dando por buenos sus análisis, sin cuestionarnos si, en realidad, coincidirían con los nuestros. Escudándonos en la falta de tiempo, dejamos que nuestras opiniones se nutran de las voces de otros a los que no nos dignamos ni a escuchar con atención. Y así acabamos etiquetando y juzgando toda la información que nos pasa por delante sin tener ni idea de su contenido real.

Sacando las Cosas de Contexto

Imagen de Pixabay. Cada vez que etiquetamos a alguien por una de sus opiniones desafortunadas o por uno de sus errores es como si le estuviésemos haciendo una fotografía que sólo reflejará la verdad de ese momento puntual. Pero su vida continua y, si nos molestamos en seguir haciéndole nuevas fotografías, podremos descubrir que esa persona es mucho más que aquella frase desafortunada o aquel error.

Pero no dudamos en autoproclamarnos personas que hacen uso continuamente de su derecho a la libertad de expresión ni en declararnos íntegras y consecuentes con todo lo que pensamos y hacemos. Si esas afirmaciones se correspondiesen con nuestra realidad, ¿acaso no deberíamos dejar de delegar en otros nuestro derecho a ejercer nuestro propio sentido critico? ¿Acaso no deberíamos ocuparnos nosotros mismos de decidir con qué etiquetas clasificamos la información que recibimos y cómo la procesamos?

Dependiendo de la flexibilidad mental de los diferentes receptores de un mismo mensaje, podrán llegar a interpretar una realidad o la contraria. El mensaje no varía ni una coma, pero difícilmente encontraremos a dos personas que lo hayan entendido del mismo modo. Lo mismo ocurre con los libros. Cada lector les dará una interpretación diferente hasta el punto de que incluso, ante el mismo libro, el mismo lector tendrá impresiones diferentes cuando se enfrente a sus páginas por segunda o por tercera vez tiempo después. Porque nuestra mente está en continua transformación y se va esculpiendo a base de ir incorporando nuevos conocimientos y desechando ideas ya inútiles. Así, es muy posible que nos encontremos ante la paradoja de que lo que no nos entraba en la cabeza dos años atrás, ahora lo vislumbremos con una claridad aplastante y lo que en su momento se nos antojaba como una verdad absoluta se nos acabe cayendo del pedestal para quedarse en el suelo para siempre.

Si somos conscientes de cómo podemos cambiar de opinión sin dejar de ser nosotros, ¿por qué nos perpetuamos en el empeño de juzgar a los demás como si sus argumentos fuesen inamovibles?

Todos tenemos derecho a equivocarnos, metiendo la pata hasta el fondo. Pero ello no significa que no podamos rectificar y que no merezcamos una segunda, una tercera o una enésima oportunidad.

Muchas veces criticamos la prensa o los programas sensacionalistas por presentar a sus protagonistas como personajes y no como personas, por juzgarles por sus deslices puntuales y no por su trayectoria profesional, por poner el foco en lo superficial y engañoso de un titular y no profundizar en lo que pueda haber de verdad en todo el asunto. No nos damos cuenta de que, en distinta medida, casi todos acabamos haciendo lo mismo.

Dictaminamos quién está con nosotros y quién en nuestra contra sólo basándonos en impresiones que, muchas veces, ni siquiera hemos experimentado nosotros. Porque son fruto de la credibilidad absoluta que le damos al juicio de otros, ya sean líderes de opinión o nuestros vecinos del piso de al lado. Metemos a personas que ni siquiera hemos llegado a conocer en sacos que luego no dudamos en arrojar al contenedor de basura sin dignarnos a darles la más mínima oportunidad. Pero nos seguimos considerando personas empáticas, tolerantes y de mente abierta. Y, por supuesto, nada superficiales

No queremos darnos cuenta de que nos pasamos el día sacando las cosas de contexto y discriminando a demasiada gente sólo por el hecho de haberse atrevido a ejercer su derecho a pensar como piensa o a sentir como siente, o a equivocarse al formular una frase desafortunada, como lo hacemos todos, todos los días.

Es lógico y hasta natural que los medios de comunicación acostumbren a sacar con tanta frecuencia tantas cosas de contexto porque su cometido es vender periódicos y revistas, incrementar sus índices de audiencia y obtener más patrocinadores que les permitan su continuidad y el incremento de sus beneficios. Para ello, sus titulares tienen que llamar la atención, exagerando muchas veces la magnitud de la noticia.

Pero, a nivel personal, ¿qué ganamos cada uno de nosotros sacando de contexto tantas cosas de los demás? ¿Por qué renunciamos con tanta facilidad a indagar en los matices de cada argumentación que nos cuesta asimilar?

Llegar a entendernos no es tan difícil como parece, aunque nuestras ideas sean muy opuestas, aunque nuestros mundos se sitúen en dimensiones muy diferentes. Si nos dignamos a enfocarnos en la búsqueda de lo que nos une y, por un momento, nos olvidamos de todo lo que supuestamente nos separa, seguro que encontramos argumentos para, como mínimo, poder empezar a respetarnos y dejar de vernos como meros enemigos.

Estrella Pisa

Psicóloga col. 13749


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