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Sergio Aguilar: Uno de los mejores

Por Antoniodiaz

Aguilar, naturalmente

Aguilar, naturalmente. Maurice Berho.

Plaza de Toros de Vistalegre. Bilbao. Corridas Generales. Segunda del ciclo. Menos de media entrada. Toros de Alcurrucén para Antonio Barrera, Sergio Aguilar y Luis Bolívar.
Llegan las Corridas Generales, dueto de palabras que cascabelean a Toro, seriedad y derramamiento de adrenalina, cuando no de sangre. Bilbao es la prueba feaciente de que haciendo las cosas bien se puede satisfacer a todos: al aficionado de Vistalegre, que es la envidia del de toda España; a los administradores de la plaza, que siguen teniendo rédito y manteniendo el nivel del coso; y a los toreros, que encuentran recompensa a los sudores fríos y el terror que les produce pisar las arenas cenicientas del Bocho.
Una señora, la de Alcurrucén. Como lo serán las que vienen por detrás. Las cabezas de camada, a Bilbao. Las dolores de cabeza, a Madrid. Seis toros, musculados, sin exceso de peso, muy en tipo, con unas defensas pavorosas y comportamientos variados, algunos hasta propios de un toro de lidia y no de los borregos a los que estamos acostumbrados cada tarde. La media docena de alcurrucenes se fueron ovacionados, algunos excesivamente, con alguna oreja de más, sin perder una mano ni afligirse lastimeramente. Herbívoros, rumiantes pacíficos, incapaces de herir minimamente al torero, según el docto Mosterín. Sergio Aguilar no tiene la misma opinión.
Abrió la feria Antonio Barrera, cuyo argumento más solido para ganarse, y muy bien por cierto, la vida toreando, es el bullicio y el lío, ha deambulado durante toda la tarde inseguro, sin arriesgar un ápice, mermado en sus facultades físicas y quién sabe si anímicas. A su primero, un tío que pedía otro tío, le recetó tres puyazos, con sus respectivas cariocas y frituras mixtas de fullerías que poco tienen que ver con el ahormamiento del toro y sí más con el apocamiento del torero. Como no conviene mezclar churras con merinas o cuvillos con barciales, es necesario decir que ese toro, que tenía un gran poder que no empleaba, exigía, por lo menos, tres entradas al caballo, aunque de forma más cabal. En la lidia de muleta, afligido Barrera y campeador Deseadito, no pudo haber lucimiento, ni toreo, ni musas, ni siquiera dignidad, pero si hubo una cosa: verdad. Una de los axiomas inamovibles de la tauromaquia dictamina que cuando sale el Toro, lo más lógico es que sea el vencedor. En tardes así, en las que no se afeita la Fiesta, hay que respetar al matador, por desafortunado que esté.
Con su segundo, también Deseadito de nombre, anduvo más porfión, más en Barrera, con su repertorio de pases despegados y picudos, y una batería de zapatillazos que se sintieron hasta en Cuenca, dónde Finito, Ponce y Juli mataban unos santacolomas trucados con los que regalan el diploma de figura que no hace ascos a nada. Diploma que no le hace falta al sevillano, que aunque carece de duende y oficio, no va corto de vergüenza, y ya se mete hasta con Miuras en Francia.
El personaje de la tarde en el reino es Sergio Aguilar, torero gallardo al que le niegan el pan y la sal, con argumentos vacuos, como el muy manido de la frialdad y la falta de chispa, cuando la chispa la tiene que poner el Toro. Sigo pensando lo mismo de siempre, que tiene mucho más del buen José Tomás que este José Tomás de piedra con el que nos apedrean en los últimos años. Por firmeza, colocación, verdad y orgullo, Aguilar debería de estar encartelado en ferias como lo que es, uno de los mejores. Cuando salía el segundo de la tarde, que saltó al ruedo ovacionado, igual que cuando lo abandonó arrastrado por las mulillas -un honor que no tiene ningún indultado-, se barruntaba que algo importante, de la importancia de los antiguos, iba a acaecer en el ruedo. Faena emocionante, poderosa, por la derecha, por poner algún pero, un tanto despegado. Aguantando gañafones y las dudas del toro, que una vez te embestía por fuera y a la siguiente por dentro; que igual se le paraba en la taleguilla, que arreaba con más genio que codicia detrás del lienzo. Eso es torear, vencer las dificultades propias de un Toro. Así, la faena discurrió entre la seriedad de Barbito y el buen hacer de Aguilar, hasta que se cambió la muleta de mano, cambiando con ello su suerte y la de los aficionados que han podido disfrutar de ella. El nuñez no iba, cuando digo ir quiero expresar lo que los taurinos llaman embestir como una burra, y no hacía nada más que tirar cornadas y buscar al torero, que apenas si podía defenderse del acoso. En la barrera, apoderados y en los micros, los showman, le pedían que volviera a la derecha, `que es más fácil´. Nada de nada. A palabras necias, oídos sordos. Torear con la derecha saben hasta los fiambres, con la izquierda unos pocos vivos. El orgullo y el placer de sentirse torero lo ha llevado a recibir una cornada en el muslo, cuando la cosa con la zocata todavía iba así así, madurando a fuego lento. Con las carnes ya abiertas, y no lo serían por última vez, se produjo la magia taúrica, el viejo arcano de Joselito el Gallo, el poderío, el mando del hombre sobre el bruto en una serie de naturales encajados, de mano baja y muleta mandona que hicieron crujir los huesos de la bestia como si fuesen de cristal. En esta tanda ganó Aguilar, en la siguiente la bestia le infirió una cornada de gancho de carnicero. Gloria a los toreros que pueden presumir de serlo.
Bolívar se echó a cuestas tres de estos toros, con lo que pesan -y no me refiero a los kilogramos-. En términos generales el colombiano estuvo muy dispuesto, sabiendo lo que se jugaba y haciendo gala de una mente despejada -con algún nubarrón- y un oficio que lo van a ir sacando del hoyo en el que se ha empeñado en meterse. ¿Estuvo bien? Sí. ¿Debió estar mejor? También. En su cuenta de déficit hay que apuntar que estuvo mal con el toro que más exigía, el tercero, mansito con transmisión que no lo dejó asentar las zapatillas ni un momento, y que le ganó la partida sin discusión. Una gran estocada maquilló su labor.
La oreja la cortó en el más noblón de la corrida, con el que con una faena más comercial y moderna, empezada con el ordinario pase cambiado por la espalda, varias series de derechazos y un arrimón, casi ya en tablas buscandole las vueltas al manso, y al público, que llegaba muy sensibilizado a estas alturas del festejo.
Otra le hubiera cortado posiblemente al sexto, un galán de las películas en blanco y negro, encampanado, con rizos en la testa y porte de bravo que se hizo dueño del ruedo con su sola presencia. Más clásico Bolívar en este ocasión, muleteando con templanza y gusto al natural, pero errando a espadas. Sale con fuerza del mal trago.


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