Revista Cocina

Símbolos

Por Lagastroredactora @lauraelenavivas

Dicen los que creen en signos y los místicos que nuestras vidas están determinadas por ciertos símbolos. Algunos hablan de números, se cree que significan algo más allá de una forma de medir, hay teorías que dicen que los planetas cuentan con una vibración numérica que los afecta. De ahí que algunas personas afirmen que sus vidas están regidas por el número X o el Y.

Igual con los colores, aunque en este caso no hay una ciencia que estudie el fenómeno como sí sucede con la numerología, es totalmente cierto que los tonos afectan nuestro estado de ánimo, hay quienes dicen que su trayectoria vital está condicionada por tal o cual color. No obstante, la chica de esta historia es distinta. Ella siempre afirmó que su vida, o las diferentes etapas que iba viviendo, estaban condicionadas por las frutas.

Era amiga mía, o como dicen por ahí, una conocida con confianza. En varias ocasiones me relató lo mismo: las frutas habían estado siempre presentes a lo largo de su historia. Me contaba que de niña vivía en el campo, en una casa grande con un patio inmenso lleno de árboles, entre ellos varios de mango, que eran sus favoritos. Por eso una de sus diversiones preferidas era trepar junto a sus hermanos aquellos troncos y llegar hasta sus ramas para conseguir unos cuantos ejemplares de la fruta. Le encantaban los mangos verdes, y a escondidas cogían un cuchillo de la cocina y sal para comerse las rebanadas aliñadas ya que su madre no los dejaba porque decía que era malo para la salud. Igual pasaba en casa de la abuela, llegar allí y quitarse los zapatos para correr a toda velocidad al fondo de la casa donde estaba el largo jardín y coger los mangos maduros que habían caído o subir a pescar los más verdes mientras la abuela gritaba “¡no suban tan alto que se pueden caer!” era uno de sus más queridos recuerdos infantiles.

Mango, relato, gastronomia

En la adolescencia la fruta varió. Entró en ella a saco, con el acné, las crisis de identidad, los cambios corporales que hacían que se comparara constantemente con sus amigas y el mundo entero, la búsqueda de un estilo de vestir y el “me avergüenzan mis padres” típico de esa etapa… Excepto cuando su madre le hacía su incomparable tarta de fresas. Ya no vivían en la hacienda de la infancia, se habían mudado a una ciudad con temperaturas menos tropicales que tenía en sus cercanías extensos sembradíos de fresas famosas por su sabor. Aquellos eran fresones, grandes, rojos, dulces, con el punto perfecto de ácido, y eran los que la madre empleaba para poner en el bizcocho casero en la parte del medio y arriba junto con la nata montada. Llegaba a casa y desde la entrada percibía el olor de la tarta recién horneada, entonces corría al interior para encontrarse en la mesa con aquella delicia que podía con cualquier preocupación por la talla y por el vestido del próximo cumple con sus amigas. Era la forma que tenía la madre de volver a encontrarse con su pequeña.

Después, cuando tuvo que mudarse para estudiar en la universidad, me contaba que su mamá siempre procuró visitarla con una gran tarta de fresas entre las manos. Ya había pasado la etapa del conflicto adolescente y sus respectivos bochornos, pero ese dulce significó un fuerte lazo entre ellas.

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Luego llegó la graduación, el trabajo profesional y la adultez. Y con todo ello un nuevo cambio de fruta. Los melocotones los descubrió un día al pasar por un puesto muy chulo en el que todas las frutas estaban perfectamente colocadas, alineadas formando un conjunto que era tan visual y atractivo que no podías dejar de detenerte a mirar. Allí fue que vio unos cuantos ejemplares del fruto, grandes, rojos y tiernos.

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Le parecieron tan bonitos que decidió comprarse dos para probarlos, y después de hacerlo pasaron a ser su merienda diaria, la de las cinco de la tarde. Y mira qué cosas, fue gracias a su nueva costumbre que un día, en ese mismo puesto de frutas, coincidió con un atractivo chico que estaba escogiendo algunos melocotones para llevarse mientras ella hacía lo mismo. Como estaban uno al lado del otro con la tarea -y ella ya era una experta seleccionándolos después de un año comiendo duraznos a diario- aprovechó para entablar conversación. Lo demás era historia. Cuando yo la conocí llevaba cinco años de convivencia con ese mismo chico y proclamaba a los cuatro vientos sentirse absolutamente enamorada.

Por eso me quedé totalmente desconcertado cuando me enteré de la triste noticia: esa amiga mía cuya vida había sido determinada por las frutas había muerto en un accidente. Su coche se había deslizado y volcado hasta caer por el precipicio por culpa de un cargamento de fruta podrida que había esparcida en la carretera…

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PD: Para los que están en Madrid, mañana domingo habrá una actividad por Venezuela en el Parque del Retiro a las 12, en la entrada principal junto a la Puerta de Alcalá, se llama “Manos Unidas por la Paz” y solo tienes que llevar un globo blanco y una pancarta si lo deseas. Más información aquí. #SOSVenezuela

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