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Sobre el clientelismo. El negocio del voto.

Por Peterpank @castguer

Sobre el clientelismo. El negocio del voto.

El clientelismo puede ser definido como una relación de intercambio por la cual se entregan bienes o se otorga trabajo a cambio de apoyo político, y cuya duración variará en función de las necesidades y posibilidades de quien ostente el poder.

Los elementos giran en torno a tres etapas: ofrecimiento, aceptación y cumplimiento. Pero difícilmente los que ostenten poder querrán concluirlas, De ahí el persistente deseo de continuidad que tienen, y de que no varíen las situaciones anteriores.

Importancia de la acción gubernamental para lograr una toma de conciencia en los sectores más débiles. Esa toma de conciencia es la que permitiría debilitar ese tipo de estructuras, a partir de la propia revalorización del individuo.

La pobreza y necesidades de quienes tienen menos recursos, y su continuidad en similar situación, permite a quienes deseen obtener réditos políticos poder realizar un intercambio con menor esfuerzo y exigencias. Por eso la relación es posible a partir de una apariencia de ayuda que en la práctica no es tal, dado que el cliente se tiende a mantener siempre en una misma posición. Por otra parte, existirá un grupo acostumbrado a ese tipo de relación que con el tiempo deberá aceptar intercambios menos rentables dada su imposibilidad de adoptar una respuesta diferente a su situación.

Entre los métodos más comunes del clientelismo político se pueden mencionar la promesa de trabajo, las licencias para las actividades de importación y exportación, los contratos públicos a particulares, los créditos, los subsidios, los servicios sociales. Y en todos los casos el límite vendría dado por el acuerdo previo de intercambio de favores que por lo general se realiza en forma explícita.

Entre las políticas que dan lugar a un cambio o disminución del clientelismo están la profesionalización de la administración pública, Exámenes de competencia para acceder a cargos, Obras de infraestructura, educación, supuesta democratización interna de los partidos políticos, políticas sociales temporales que preparan para un mejor desenvolvimiento social y la toma de conciencia de las propias potencialidades.

El clientelismo ha estado generalmente relacionado con la actividad política, sin embargo, se entrelaza con otras formas como las relaciones socio-laborales, donde lo económico o la posibilidad de lograr superior jerarquía, mayor poder, o reconocimiento también está presente. Por ello, desde la óptica antropológica, Sabina Frederic (en Frederic, Sabina y Masson, Laura, 2007),1 considera que al hacer alusión al “clientelismo” no se aprecia que existen otros aspectos importantes como “la formación de identidades, fundamentales para las personas (…) que buscan formar parte del mundo de la política,” para lograr “una identidad socialmente reconocida al estar cerca de los candidatos; al poder participar públicamente de eventos y situaciones, que fuera de esa trama social no podrían,”. Concluyendo que si bien el clientelismo es evaluado como un “concepto despectivo de la política” al tomarla como una “transacción,” no es menos cierto que no sólo son bienes los que están en circulación, “sino fundamentalmente valores sociales”.

La reiteración de ese desequilibrio durante generaciones es lo que ha tornado esa relación en un hábito. Pero, no es menos cierto que ese tipo de hábito puede conllevar algún tipo de violencia, y con el tiempo habrá de surgir una reacción, sobre todo si las circunstancias de la relación varían por alguna razón. En principio, si las circunstancias que dieron origen a la relación de clientela se mantienen todo habrá de seguir igual, pero si algún elemento de la relación se quiebra o se altera surgirán cuestiones problemáticas entre las partes. Y es que el clientelismo se basa en la situación de status quo en que se mantiene al cliente, donde el patrón continúa en una misma situación a ojos de la otra parte de la relación, a pesar que se hallan modificado algunas de sus circunstancias.

El clientelismo político se ha desarrollado a través de los siglos en prácticamente todo el mundo, si bien en muchos lugares ha tenido características particulares. Como las estrategias o etapas básicas del mismo siempre han perdurado, se podría mencionar la oferta de trabajo, y el sustento, bajo condición del apoyo político a quien es el ofertante. Entre esos extremos coexisten una infinita variedad de formas y estructuras que hacen que no siempre sea posible su identificación. No todos los autores definen clientelismo de igual manera, es por ello que a los fines de realizar un análisis del mismo es necesario plantear las siguientes partes. En primer lugar se tratarán diferentes definiciones de clientelismo y de relaciones-patrón cliente, con sus diversos alcances, a efectos de reconocer la diversidad y al mismo tiempo los elementos comunes existentes en las mismas. Posteriormente se habrá de tratar los elementos constituyentes del clientelismo político para determinar su actualidad y efectividad, así como sus consecuencias y posibles puntos comunes con la relación patrón-cliente.

1. Definición de Clientelismo

La expresión “clientelismo” se utiliza a veces en forma indistinta o similar a la de “relaciones patrón-cliente”, o como “patronazgo”, dependiendo de la inclinación académica o regional del autor. Así, en el caso de “clientelismo”, su origen se remonta a la tradición del léxico Romano, en tanto los otros dos se encuentran prioritariamente en los angloparlantes (Simona Piattoni, 2001 ). La expresión “clientelismo” es la más usada, sin perjuicio de lo cual se incluirán algunas definiciones respecto de la otra; y las relaciones patrón-cliente que se vinculan a la tenencia de la tierra, de manera que los propietarios de grandes extensiones otorgaban, en algunos casos, una tenencia precaria de parcelas a cambio de trabajo y/o servicios, pero siempre sobre la base de lealtad por parte del cliente y su protección.

Al hacer mención a las relaciones patrón-cliente en el Sudeste de Asia, Scott (1972: 92) las define como aquellas en que una persona cuya situación social y económica es mejor que la del resto, hace uso de su propia influencia, proveyendo recursos como protección u otros beneficios a quienes están en situación inferior a la suya, a cambio de apoyo general, asistencia, así como servicios personales. Esta es una de las formas más tradicionales en que se ha ido desarrollando este tipo de relación, la cual continuará siempre y no varíen las situaciones que le dieron origen. Es de destacar que en muchos países de esa región como Indonesia, Filipinas, o Bangladesh, la pobreza de las mayorías, así como los altos niveles de corrupción dentro de los estamentos del poder, constituyen una realidad que a día de hoy no ha podido revertir. Por esto las relaciones de subordinación a cambio de protección continúan, en muchos lugares, casi en forma inalterable. La alusión a la influencia realizada por el autor citado constituye una situación indefinida y de difícil conceptualización puesto que alude a un gran abanico de posibilidades.

Como situación opuesta se puede mencionar el caso de la fazenda de Boa Ventura, en Brasil. En ese lugar, Allen Johnson (1999) realizó diferentes estudios en los años 1967 y posteriormente en 1989, donde verificó la disminución de los sistemas de patrón-cliente. Los factores principales del cambio estuvieron dados por las decisiones tomadas por los patrones a partir, principalmente, de políticas nacionales que, fundamentalmente, pusieron el acento en la necesidad de mejorar la competividad y el establecimiento de cooperativas. Finalmente, Johnson (1994: 194-195) concluye que la conciencia política y los cambios producidos por parte de los estamentos superiores –sean gobiernos o  patrones– fueron elementos determinantes en los cambios. También refiere que muchos de los otrora clientes quedaron sin tierras (Johnson, 1994: 195). Como el trabajo de Johnson está militado temporalmente a 1989, la evolución posterior del Movimiento de los Sin Tierra no ha podido ser visualizada y analizada. Este Movimiento con el tiempo se habría de transformar en un partido político que, merced a elecciones libres, posibilitó el acceso al poder de su líder, Luiz Inácio “Lula” da Silva, Esto afirma la importancia de la politización de la gente y de las políticas públicas para lograr el desarrollo y la transformación social.

Jacob Bercovitch (1991: 14-15) recuerda que la expresión “patrón-cliente” fue utilizada, inicialmente por lo antropólogos, para más tarde evolucionar hacia lo político, e incluso a las relaciones internacionales. Los elementos definitorios básicos de esa expresión serían, a su criterio, la forma en que diferentes actores se encuentran unidos con el fin de realizar un intercambio de recursos, para de esa manera asegurar orden y estabilidad en sus ambientes. Al existir aceptación se minimiza el uso de la fuerza, más no significa que ella no exista en algún grado. Asimismo, el citado autor incluye a la solidaridad, la lealtad, la confianza, entendimientos e intereses compartidos como algunas de sus características básicas. Es interesante la extensión de este tipo de relaciones al ámbito internacional, pues abarca principalmente la situación entre dos estados (Jacob Bercovitch, 1991: 15).

Para Simona Piattoni (2001 ) el clientelismo sería el comercio de votos y de otras formas de apoyo partidario a cambio de decisiones públicas con beneficios divididos. Para otros, como González Bombal y Palermo (1987) constituye una forma de transacción donde no existe igualdad entre las partes: los recursos componen un polo de la misma, en tanto los votos se encuentran en el otro extremo, naciendo lo que han dado en llamar “favores”. Por su lado, Susan Stokes (2007: ) define clientelismo como el otorgamiento de bienes materiales por apoyo electoral, donde el criterio del patrón a los efectos de la distribución se basa en la pregunta: “¿Usted me apoyará?” En este caso la referencia a bienes materiales también constituye una forma indefinida, puesto que tal expresión incluye una enorme variedad de posibilidades: desde la entrega directa de alguna cosa, o dinero, hasta la posibilidad de dar acceso a las personas a los mismos, sin que en algunos caso exista erogación alguna de parte de quien las entrega (por ejemplo en el caso de los planes dados por partidos políticos o líderes en ejercicio de cargos gubernamentales o de poder).

En general se considera que desde el punto de vista antropológico y de la Ciencia Política, “clientelismo” hace alusión al intercambio político entre dos partes, donde el “patrón” da asistencia y protección a cambio de apoyo político, que por lo general se traduce en la expresión “trabajo por votos” (Weingrod, 1968: 379). En este caso podríamos acotar que en otras épocas se hablaba más del otorgamiento de trabajo, sin embargo, como bien se incluye en la definición citada, la oferta dentro del intercambio puede incluir cualquier forma, medio o modo de entrega de bienes (por ejemplo, en la actualidad ciertos tipos de planes sociales que desarrollan muchos gobiernos tienen objetivos similares). De hecho el problema no está en el plan mismo sino en la imposibilidad de las personas de poder lograr mejoras reales, y la expectativa de superación de su situación socio-económica a partir del plan paro, más adelante, dejándolo de lado. Es decir: si el plan hace que se perpetúe la situación sería evidente su intencionalidad política, no tratándose de una asistencia positiva. Pero si esa ayuda es temporal y coloca a la persona en situación de poder hacer frente a sus necesidades por sí misma, sin mantenerla en un status quo pendencia, entonces sí se está frente a una política de asistencia democrática, no manipuladora.

De acuerdo con Bates (1981), Herbst (2000), y van de Walle (2000), el clientelismo está particularmente difundido en África. De manera tal que esa estructura se presentaría en países de baja productividad y la pobreza constituye una realidad palpable; por lo que autores como Scott (1969), Lemarchand y Legg (1972), consideran que la modernización y el desarrollo tenderían a destruir el clientelismo. El ejemplo más destacado de conclusión del clientelismo está en el caso de Suecia (Apostolis Papakostas, 2001) y del Reino Unido de Gran Bretaña (Frank O’Gorman, 2001), en ambos casos la situación que alteró las formas anteriores se relacionan con actitudes sociales y gubernamentales que incidieron en una administración pública más profesional, o incluso con una pertenencia social definida, así como el establecimiento de reglas y normas claras y concisas, que dejaban poco resquicio para la discrecionalidad de políticos, funcionarios, u otros integrantes de los poderes. En el caso particular de Suecia tanto los estamentos del estado, como la política y la vida social, en general, se encuentran diferenciados debido a estructuras claramente delimitadas (Apostolis Papakostas, 2001: 52-53). En tanto, en el Reino Unido se produjo, a lo largo del tiempo, una importante reforma administrativa, impulsada por diferentes gobiernos (Frank O’Gorman, 2001: 74-76).

De las definiciones antes referidas encontramos como patrones comunes las relaciones de intercambio, sobre la base de una notoria desigualdad entre las partes. Sin embargo, creemos que la referencia a los votos debería ser ampliada por la de poder político, expresión mucho más amplia que comprende una serie de situaciones relativas al ejercicio mismo del poder. Si bien tradicionalmente los votos eran lo determinante, hoy la evolución hace que los políticos, partidos políticos, funcionarios públicos, o aquellos que estén dentro de la categoría, o vinculados a ella con cargos electivos, necesiten de la subsistencia de esa relación más allá del estadio inicial de la votación. Por lo antes referido coincidimos con lo explicitado por Simona Piattoni (2001:) al hablar de un comercio de votos, así como de otras formas de apoyo partidario a cambio de decisiones públicas con beneficios divididos.

2. Elementos del Clientelismo

Considerando las definiciones citadas, y las que tradicionalmente se han formulado, es dable concluir que se presentarían tres partes o etapas fundamentales, el ofrecimiento, la aceptación, y el cumplimiento de lo acordado (lo último con un alcance restringido a los términos escuetos del arreglo). Es decir, sólo se realiza el acto de intercambio y se cumple lo acordado sin mayores expectativas, sin verificar la continuidad de la relación. De allí que, una vez dado el voto, la vinculación inicial se daría por terminada dentro del contexto de lo político. Esto, precisamente, es lo que ha ido variando por la necesidad de apoyo sostenido y continuado. El político, una vez que accede al cargo, aún necesita de una base de sustentación para su continuidad si lo que desea es precisamente seguir estando dentro de la órbita de lo gubernamental. Sin embargo, justo es reconocer que en este caso se van limitando el número de clientes, ya que se torna más difícil la continuidad de la relación con todos, sin perjuicio, por ejemplo, de que por medio de políticas sociales distributivas se trate de mantener esa lealtad y acuerdo primigenio. Aquí el problema radicaría en que para darle continuidad a la relación la mayoría de los clientes debería mantenerse en una situación similar, es decir: casi estanca, caso contrario sus aspiraciones podrían variar al extremo de querer re-negociar los términos del intercambio.

Respecto del ofrecimiento, que constituye la base de toda la relación, quien lo propicia requiere generalmente una situación de posibilidades disminuidas en la otra parte. La aceptación conlleva la toma de decisión del cliente, quien en general siente la obligación moral y material de cumplimiento de lo acordado. En tanto, quien está colocado en una situación de mayor poder puede, en algún, momento no sentir similar obligación de cumplir los términos de lo pactado si se le presenta alguna dificultad o mejora en su posición política, sin tener que recurrir al intercambio anterior. Por ello es que la vinculación se da por concluida con el voto, o con la realización de otros servicios de tipo político, no existe un control respecto de las actitudes que habrá de asumir una vez que concluya el intercambio.

La ruptura de la relación parecería constituir, desde lo teórico, un acto voluntario para las dos partes. Sin embargo, en la práctica se presentarían muchas situaciones alternativas, y si bien es cierto que en definitiva cualquiera de las dos partes puede dar por finalizado el vínculo, tampoco es menos cierto que ello está ligado a la situación relativa de cada uno de ellos. Por supuesto que la parte más débil de la relación es la que encontrará mayores problemas para arribar a ese tipo de actitud. Más aún en el caso donde la relación clientelística lleve largo tiempo, ya que el acostumbramiento y la postergación de la búsqueda de caminos alternativos harán más difícil la decisión. En este caso la parte más fuerte podrá imponer sus decisiones nuevamente, o variar la relación en forma unilateral. La situación previa a la toma de conciencia por parte de los clientes de su situación de inferioridad se asemejaría a una situación similar a la violencia simbólica definida por Bourdieu como aquello que existe en tanto el acto de reconocimiento está situado más allá del control de la mente y del deseo en la región perteneciente a los hábitos misrecognition (Bourdieu y Wacquan, 1992: 168). Pero eso no significa que al tomar conciencia la conducta varíe o se torne agresiva, por el contrario en no pocos casos se deseará emular o permanecer al lado de quien es considerado como poseedor de mayor poder.

También se pueden presentar situaciones en que la parte más débil de la relación pueda llegar a colocarse en una situación más ventajosa, ya sea por propia toma de conciencia o por alguna circunstancia ajena a la relación pero que incide en ella. En este caso el replanteo del intercambio sufrirá modificaciones a parte de la nueva posición relativa de los, otrora, más débiles. En este caso la negociación posterior presentará más dificultades y alternativas para ambas partes, pues ahora se tratará de una negociación más compleja dada la nueva posición en que una o las dos partes pueden tener.

Lo puntualizado por Simona Piattoni (2001: 4 ) al hablar de un comercio de votos, así como de otras formas de apoyo partidario a cambio de decisiones públicas con beneficios divididos, pone de relevancia las transformaciones que ha ido teniendo el clientelismo tradicional. Pero debemos agregar que no sólo se trata de apoyo partidario sino también personal o sectario. De manera que clientelismo sería el intercambio de bienes por apoyo político entre partes en situación desigual, pues una se encuentra mejor posicionada para ofertar, en tanto la otra posee pocas alternativas dentro de ese intercambio. Entendemos que los beneficios a que hace referencia la autora citada abarcan situaciones en que las dos partes de la relación se benefician, de alguna manera, con el intercambio.

Ninguna de las definiciones analizadas en la sección anterior hace referencia a la duración de la relación por la simple razón que no es posible determinarla a priori pues dependerá de los términos del intercambio y de las eventuales y sucesivas prórrogas que se puedan acordar. No es necesario que la negociación se realice en forma presente, pudiendo existir intermediación, pero lo determinante es la existencia de una persona real o claramente identificable en ambos extremos. Reconocer la existencia de un liderazgo real y conocido en un extremo de la relación es de vital importancia, pues dudosamente se sigue a quienes carecen de reputación. Por lo general no se respeta a quien carece de méritos suficientes a los ojos del cliente, sean estos materiales, espirituales, o de otro tipo.

Para que se pueda producir una relación de tipo clientelística en lo político, según Chin-Shou Wang (2007), deben superarse algunos escollos, a saber: escasez de personas que puedan proveer a las necesidades de la gente, facciones, malversación, y por ultimo limitaciones de tipo financiero y crediticio. Pero, en muchos casos la existencia de actos de corrupción está presente en el clientelismo, sobre todo cuando existe una intencionalidad de obtener fondos públicos para la realización de ese intercambio. El tema de la corrupción es por demás amplio, puesto que la propia definición y conceptualización del término habrá de variar con las formas culturales que ha adoptado una sociedad determinada, de allí que muchos casos de corrupción para una sociedad constituyen un aspecto de las tradiciones o costumbres de otra. Dentro del marco constitucional y legal se habla más de tipos penales ligados a la actuación de los funcionarios públicos o personas que integren el gobierno, que respecto de la apropiación, uso indebido y con fines no permitidos por la legislación vigente. Si en determinado lugar o región existe una cultura de la corrupción, como existe en España: internalizada y aceptada por la sociedad o el grupo como la única respuesta a una situación de pobreza o de necesidad de mayor fuerza política, en este caso hablar de clientelismo como un acto corrupto no habrá de ser reconocido por el grupo, dado que forma parte de su respuesta habitual a un problema planteado.

Susana N. Vittadini Andrés


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