Único largometraje de su malograda autora (responsable tanto del guion como de la dirección, además de actriz protagonista), Wanda, joya del verdadero cine independiente estadounidense, es la crónica de una fuga imposible. Concebida desde una mirada sin concesiones, con medios mínimos y extraordinaria economía expresiva, se trata de uno de los retratos más directos y honestos de la marginalidad, la pasividad y la desorientación de una mujer atrapada en un mundo hostil que no le ofrece ninguna clase de amparo, sostén o protección, que ni siquiera hace el menor esfuerzo por ayudarla o entenderla. Más que una historia en clave argumental, que también, la película define una condición personal y social. Inspirada en un hecho real, el de una mujer llamada Alma Malone, condenada por su participación en un robo a un banco que, lejos de lamentarse, agradeció expresamente la sentencia porque al menos la cárcel le proporcionaba un lugar donde dormir, la protagonista no es una luchadora ni una perdida, sino simplemente un ser humano que no sabe cómo estar en el mundo, a quién, a qué o a dónde pertenecer (no existe la familia, no hay noción de nada parecido al amor, ni amistades, ni la más remota idea de comunidad, no digamos ya de patria o sociedad). Su resignación, que puede entenderse como escenificación de su debilidad o como síntoma de un mal funcionamiento interior (un trastorno mental, un deterioro resultante de años de dejadez, decepciones, hartazgos, abandonos, malos tratos…), es, sobre todo, una opción narrativa, un punto de vista cuidadosamente elegido, sin juicios morales ni búsqueda de redención alguna, pura observación. A diferencia de otras películas de la época (o de la inmensa mayoría de las actuales) que, desde un feminismo de izquierdas, tienden a construir personajes femeninos heroicos (no pocas veces, si hablamos de cine de género, a través de una contraproducente «masculinización») o bien victimizados (a la caza del prestigio moral, y sentimental, más bien sensiblero, del espectáculo victimista), Loden propone algo tan difícil y valiente, y tan a contracorriente, entonces y ahora, como la presentación de una mujer que no admite tutelas, ni de hombres ni de mujeres, porque no quiere ser salvada, que no hace propósito de enmienda, que no desea cambiar, que solo espera mantenerse en un estado general de vida suspendida de manera permanente. Desprovista de proclamas políticas, ajena, en apariencia, a cualquier verborrea militante, el arma empleada por Loden es justamente la contraria: el silencio. Un silencio elocuente, revelador, demoledor, apartado de toda demagogia y más potente que cualquier panfleto.
Precaria habitante de una zona minera de Pensilvania (duerme en casa de su cuñada), Wanda Goronski (Loden), una mujer de unos treinta años que acaba de divorciarse y de ceder al padre la custodia de sus hijos sin entablar discusión ni ofrecer resistencia, malvive en un entorno de pobreza y extrema desolación. Su indiferencia ante la sentencia (hasta el punto de que ha llegado tarde al juzgado para la vista) es muestra de su agotamiento existencial, de la callada aceptación de su destino personal. Su deriva la lleva a caminar sin rumbo por los terrenos baldíos y las escombreras mineras de los alrededores, a internarse en bares y garitos de mala muerte en los que tal vez algún tipo solitario le ofrezca un trago y un lugar donde pasar la noche a cambio de sexo; incluso, en una ocasión, se mete en un cine para dejar pasar las horas viendo una película de… ¡¡¡Raphael!!! En uno de sus paseos errantes, sin objeto, a horas tardías, entra en un bar que está a punto de cerrar y allí conoce al que toma por dueño, Mr. Dennis (Michael Higgins), en realidad un hampón de tres al cuarto que la acoge en su huida del robo y la arrastra a un proyecto de atraco a un banco más que previsiblemente dirigido al fracaso. Igualmente desarraigado y solo, de carácter autoritario y siempre nervioso, Dennis la maltrata, la insulta, la abofetea, la domina y le vomita unas órdenes que ella cumple lo mejor que puede en el mismo estado de placidez muda con la que afronta cualquier empeño de su hueca vida ordinaria. La relación que establecen dista mucho de ser romántica, amorosa, aunque tenga algo de sexual; se trata, más bien, de una alianza de soledades, de una sociedad temporal y limitada, de un enojoso lazo siempre a punto de romperse. Road movie de un viaje sin destino, sin épica ni liberación alguna, la carretera no es un medio, un escape, una forma de evadirse o de transformarse, de renacer, de reinventarse con un nuevo comienzo, sino el único espacio del que dispone quien no tiene otro lugar adonde ir, un perpetuum mobile a ninguna parte.
Rodada entre Pensilvania y Connecticut con un presupuesto de unos cien mil dólares prometidos por Harry Schuster, amigo del marido de Barbara, Elia Kazan, y completados con aportaciones de algunos miembros del equipo, la actriz y guionista se vio obligada a asumir la dirección ante la falta de interés por el proyecto que manifestaron los directores a los que acudió (empezando por el propio Kazan). Filmada con un equipo humano y técnico reducidísimo, dejando abundante margen a la improvisación, el formato de 16 mm, el rodaje cámara en mano, el uso de luz natural, los colores desvaídos, los encuadres fragmentados y oscilantes, el empleo de sonido directo (tráfico, televisores y radios encendidas, el murmullo humano de bares y comercios) y la ausencia de música extradiegética conforman unas imágenes de textura rugosa en clave prácticamente documental, cuyo tema central viene ilustrado por los espacios que la película recorre, escombreras, aparcamientos, moteles, bares oscuros, cafeterías, calles vacías, carreteras y campos desolados. La cámara sigue a Wanda sin verbalizar sus pensamientos, sin entrar en su intimidad ni subrayar sus estados de ánimo, desde una distancia que es a un tiempo respeto al drama en el que se ve inmersa e intención de observación neutra, en un estilo naturalista próximo al cinema verité y a la obra de John Cassavetes. La reposada secuencia inicial, con Wanda atravesando a pie un paisaje de carbón y cenizas, vestida de blanco impoluto, con los créditos sobreimpresionados, establece el tono general del filme y su reflejo de una figura inocente, diminuta, en las inabarcables dimensiones de un mundo exhausto. La triste escena en la que va a la fábrica textil a reclamar el dinero que le deben y a pedir un nuevo empleo retrata a Wanda como un ser tempranamente descartado, amortizado: ni va a cobrar su dinero ni va a conseguir ningún contrato bajo el argumento de su lentitud, de su inoperancia laboral. Hay trabajo, pero no para ella; se necesita personal válido y dispuesto, pero ella no lo es. La brevísima escena del divorcio, filmada, casi despachada como si fuera un trámite burocrático al que dar rápido carpetazo, incide en la idea de irrelevancia de la protagonista en todos los aspectos de su propia vida, una marginalidad que se rompe únicamente al final cuando Wanda, sin querer, llega tarde al robo y sin darse cuenta elude un destino aún más cruel del que ya soporta, aunque no tanto como el que ha sufrido Mr. Dennis. El epílogo, con Wanda rodeada de extraños en un bar abarrotado, la deja tal y como empezó, prisionera de sí misma en una vida que discurre en espera perpetua y sin asideros.
En cierto modo, la película funciona como expresión paralela de la trayectoria de su artífice. Nacida en Carolina del Norte en 1932, Loden trabajó durante años como actriz de teatro y televisión antes de conocer al director Elia Kazan, con quien se casó en 1967. Ganadora de un premio Tony en 1964 por su papel en el montaje en Broadway de Después de la caída, la obra de Arthur Miller, su carrera como actriz de cine fue más bien discreta e intermitente, con el único hito de una memorable aparición en Esplendor en la hierba (Splendor in the Grass, Elia Kazan, 1961). A pesar de haber iniciado otros proyectos nunca concluidos, Wanda queda como la única obra de una carrera en la dirección truncada por un prematuro fallecimiento en 1980, a causa de un cáncer de mama. Referencia ineludible para el cine moderno dirigido por mujeres, su legado ha continuado en la figura de directoras como Chantal Akerman o Kelly Reichardt. Con Wanda, Loden filmó el extravío y la derrota de una mujer anclada en los márgenes del sueño americano. En la deriva de su protagonista, en apariencia apática, pasiva, late una silenciosa vocación de insurrección. De su observación áspera, documental, sin moralinas ni búsqueda psicológica de una explicación a sus traumas, brota una verdad que desarma. Wanda concluye sin una catarsis real, pero deja como huella persistente la idea de que en la fragilidad también hay una enorme carga de dignidad, y que la épica no solo consiste en levantarse y vencer tras haber recibido un golpe, sino en mostrar con honestidad y sencillez cómo se ha producido la caída.
