Revista Arte

Steinbeck. Viajes con Charley

Por Nuevemusas

"[...] la gente no hace viajes, [...] son los viajes los que hacen a la gente".

Esta idea le sirve de colofón a John Steinbeck para terminar un libro cuya lectura es un gran placer y una fuente de aprendizaje.

Cierto, viajar nada tiene que ver con desplazarse en el espacio, sino con una actitud: tener la voluntad de mirar y el interés de escuchar.

Ello no significa que lo que se mire y escuche garantice una panorámica objetiva de la experiencia. La experiencia es siempre subjetiva, y de ello es muy consciente el autor estadounidense, que hace hincapié en la diferencia de la percepción en la mirada. El libro -no puede ser de otro modo- es una crónica de su viaje, pero es la crónica de un viajero auténtico, y estos no abundan, son rarísimos los ejemplares, cada vez más difíciles de encontrar en un mundo en que la palabra viaje se ha vaciado de su verdadero significado. Solo quien ha viajado de verdad puede decir, como afirma el autor en el último capítulo: "¿Quién no se ha dado cuenta alguna vez de que un viaje está muerto ya y terminado antes del regreso del viajero? También es verdad lo contrario: más de un viaje prosigue mucho después de que haya cesado el desplazamiento en el tiempo y en el espacio".

Acompañado de su perro Charley, John Steinbeck (Salinas, 1902 - Nueva York, 1968) emprende, con cincuenta y ocho años, su recorrido por los Estados Unidos para no caer en el apoltronamiento que la edad supuestamente aconseja y con la idea de hacerse con impresiones directas de su vasto país. Con la casa sobre ruedas que en su periplo le servirá de transporte y cobijo, a la que apoda Rocinante, recorre cuarenta estados, charla con gente de toda índole de los temas más diversos (propietarios de casas ambulantes, camioneros, granjeros, camareras, rancheros, temporeros, caminantes, guardas, policías...) y relata sus conversaciones e impresiones personales. El resultado para el lector es una delicia. Lo es por la calidad literaria y por la magnitud del pensamiento.

Porque si bien de la lectura extraemos una impagable y amplia visión de los EEUU, más inestimables resultan aún las enseñanzas que se desprenden del espíritu con el que viaja y las sustanciosas reflexiones en las que el autor se extiende a partir de la contemplación de un paisaje o las que le sugieren las charlas que sostiene. Su viaje es verdadero justamente por estas reflexiones; lo es en tanto que desencadena procesos de enriquecimiento y madurez personal por el incentivo que suponen para desarrollar el pensamiento.

Steinbeck sopesa la idea de progreso y lo que comporta de destrucción ante la contemplación de las transformaciones que percibe en los paisajes ya conocidos, que ahora se ofrecen a sus ojos radicalmente cambiados, se detiene en las consecuencias de estos cambios en el espíritu humano, ahonda en el significado de las raíces, en el engaño que puede suponer la ilusión de "volver a casa", especula sobre la supervivencia a su paso por el desierto, cavila sobre los factores que eliminan las diferencias, los procesos de uniformización, la pérdida de las hablas regionales, la formación de un cierto carácter estadounidense en el poco tiempo de existencia de su país, creado a partir de una más que diversa inmigración y se detiene en el conflicto entre blancos y negros en el Sur, que en los tiempos de su paso por allí era especialmente virulento.

Un libro altamente recomendable de quien obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1962, año en que se publicó este libro. Alguien que quería y sabía mirar para ver, y escuchar para oír.

John Steinbeck

Viajes con Charley. En busca de América

Traducción de José Manuel Álvarez Flórez

Edícola-62, 2002, 383 págs.


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