Cuatro temporadas para treinta y nueve episodios de gran impacto entre seriéfilos de élite y elitistas, esos que no se avienen a las series convencionales para público poco exigente, léase las CSI o similares con capítulos autoconclusivos que no trascienden más allá de su éxito temporal. Y es que en “Succession” no pegan un solo tiro, no apuñalan -literalmente- a nadie y ni tan siquiera corre una gota de sangre en momento alguno, se trata de una trama densa, compleja, de ambiciones, y su consiguiente surtido de traiciones, en una disfuncional familia poderosa y ultramillonaria: los Roy son la estirpe y Waystar Royco la compañía que controlan dedicada a todo tipo de entretenimiento de masas, desde las noticias y canales temáticos hasta parques de atracciones o cruceros intercontinentales, es decir, un inmenso conglomerado que puede influir en la opinión pública e incluso actuar decisivamente en la elección del presidente de los EE.UU. El fundador y dueño de la compañía es Logan Roy (Brian Cox), un anciano de salud frágil, pero que mantiene un férreo y tiránico control tanto de los negocios como de sus cuatro hijos. Sus vástagos son Connor Roy (Alan Ruck), el mayor y fruto de la primer matrimonio del magnate y poseedor de un carácter extravagante que lo mantiene alejado de las decisiones empresariales de su familia; el segundo por edad, y como sus otros dos hermanos menores hijos de la segunda esposa del patriarca Logan, es Kendall (Jeremy Strong), un hombre inseguro y dubitativo, propenso a las adicciones, pero con anhelos de poder; le sigue Shiv (Sarah Snook), joven y de fuerte temperamento que parece preferir quedar fuera de los negocios familiares, aunque, en realidad, no duda en implicarse totalmente llegado el momento; por último tenemos a Roman (Kieran Culkin), inestable y autodestructivo, derrochando cinismo y sarcasmo a todo pasto siendo, realmente, el más endeble de todos. Alrededor de padre e hijos se mueven Tom Wambsgans (Matthew Macfadyen), prometido de Shiv y un trepa lameculos que hará lo necesario para tocar poder, asimismo Greg Hirsch (Nicholas Braun), sobrino del Gran jefe Logan, enchufado en la empresa y el que recibe palos de todos lados. Por ahí también aparecen directivos y ejecutivos de Waystar Royco que unas veces se rebelan y otras, las más, son simples lacayos a las órdenes y caprichos de todos los Roy.
Tenemos, pues, un entramado de intereses pendiente del delicado vigor del dueño del gigantesco cotarro, de quién le va a suceder y de quién va a manejar los hilos de la todopoderosa corporación empresarial. Hacer un símil con la célebre “Juego de tronos” o con cualquiera de las aun más célebres obras de Shakespeare sería lo fácil, lo obvio, no obstante, intentaremos evitar las comparaciones. Un drama intrafamiliar es lo que nos da Jesse Armstrong, el creador y productor de “Succession”, sin evitar para nada momentos recurrentes de comedia que se intenta parezca involuntaria, y es que el absurdo, estrafalario, caprichoso comportamiento de los supuestos herederos del Amo proporcionan situaciones que nos llevan a la risa; tiene su lógica que entre tanta tirantez y puñalada trapera de unos hijos malcriados surjan instantes de comportamientos ridículos que aparte de carcajadas provoquen graves conatos de vergüenza ajena. Crítica o parodia, tanto da, de esas clases dirigentes que nadan en dinero y poder desde las esferas privadas o desde cargos públicos, que manipulan y manosean la democracia en su exclusivo beneficio; nada de eso es ajeno a la actual situación política norteamericana, por ello hay una flagrante similitud de la corporación Royco con la Fox, la cadena ultraconservadora que ha apoyado incondicionalmente a Donald Trump tanto como candidato como en ambos mandatos presidenciales. En definitiva, un retrato inmisericorde de la derecha norteamericana.
Pero no todo son negocios, lo personal es por supuesto importante, decisivo podemos afirmar, porque a la postre los sentimientos íntimos de cada miembro de los Roy, sus frustraciones, rencores enquistados o sus inseguridades y suspicacias condicionan las decisiones con independencia de lo que indique el sentido común o la lógica empresarial, los impulsos primarios pueden ser, son, de hecho, tanto o más terminantes. En eso, la serie podría usar, sin cortarse, el título de aquella telenovela mexicana de principios de los ochenta y que bien recordarán los mayorcitos: “Los ricos también lloran”. Lloran, sí, pero ninguno de ellos sea de Méjico, Estados Unidos, de allá o acullá renuncia a la riqueza o a los beneficios que conlleva el poder. El ser humano es así desde que existe.
Las conclusiones pueden ser infinitas, tantas como televidentes. Las nuestras son que no estamos ante una serie de fácil consumo, en eso a los seriéfilos elitistas no les falta razón, requiere una atención máxima a los diálogos, los gestos, a las complejas maquinaciones empresariales y los mensajes subliminales que se lanzan continuamente. HBO dio una vez más en la diana al ofrecer una producción superlativa que ha entrado ya en los anales de las ficciones televisivas junto a “Los Soprano”, “The wire” o “A dos metros bajo tierra”. Y por último diremos que poco a poco, capítulo a capítulo cala en el subconsciente, que es un reflejo de la humanidad, una ficción demasiado parecida a la realidad como para pasarla por alto, con un casting brillante, casi perfecto, con guiones aun más brillantes y perfectos. Que no es una serie a la que el público volverá una y otra vez, con el primer visionado basta para mantenerla viva en la memoria. Y que los Roy siempre serán un ejemplo vital, para bien o para mal, eso ya dependerá de cada uno de los que la hayan visto, pero de su perdurabilidad sí que podemos estar seguros.
Puntuación @tomgut65: 8/10
