A las cuatro horas y cuarenta y dos minutos ya no podía dormir más. Me torturaba pensando en la conversación que había tenido con una emprendedora el día anterior.
Emprendedora de fantasía, ya sabes.
De esas que no encuentran su pasión, que no saben cómo empezar, que necesitan una lista de pasos, que tienen síndrome del impostor y que les falta leer tres bibliotecas antes de empezar.
¿Pero puedo criticar el huevonismo viviendo tan cómodo como vivo?
Obviamente no.
Entonces me he preguntado qué es lo que menos me apetece hacer en este momento de la vida y si todavía tendría la fuerza para hacerlo si fuera necesario.
Un segundo después la pregunta ha dejado de ser retórica.
He mirado la temperatura en la calle, 12 grados.
¿Me metería en la piscina?, ¿bucearía?, ¿nadaría unos largos?
Si nunca has nadado en agua a 6 o 7 grados no conoces el sentimiento de que mil agujas atreviesen tu piel.
Dios qué placer.
Con el dolor pasa eso, que cuando no destruye provoca adicción.
Y lo que marca la diferencia entre si te destruye o te pone depende de la respuesta a te des a una pregunta
¿Para qué?
Pregunta que inevitablemente tu cerebro escupirá 1000 veces por segundo en el momento previo y en el de máxima agonía.
¿Para qué estoy aquí?, ¿Para qué estoy haciendo esto?
Y como te hayas preparado la respuesta a esa pregunta, estás fuera. Y como no te valga como respuesta que estás ahí para saber hasta dónde puedes llegar, tengo noticias.
Malas para ti, buenas para mí.
Acabarás haciendo lo que otros quieran. Clientes, compañeros, jefes, socios, parejas o Fernando Simón.
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