Revista Insólito

Tiempo de conjuras

Publicado el 28 mayo 2018 por Monpalentina @FFroi
Tiempo de conjuras
Pero una revolución va a efectuarse en el imperio gótico. En todo tiempo, y aun más en aquellos en que el principio religioso es el elemento que principalmente influye en la política de los reyes y en la suerte de los pueblos, y en que las cuestiones de religión preocupan todos los ánimos y son las que producen las guerras y alteraciones, el acontecimiento más grande que puede sobrevenir es un cambio de creencias en los que rigen y gobiernan el Estado. 

El que se preparaba en el reino hispano-gótico había de influir en la condición del pueblo español por largas generaciones y siglos, acaso hasta la consumación de ellos.
Muerto Leovigildo, fue reconocido más bien que nombrado rey de los godos su hijo Recaredo (Reke, venganza; Rede, palabra), que gozaba ya de gran reputación por su comportamiento en las campañas de la Septimania, volviendo así a restablecerse la sucesión dinástica como en tiempo de Teodoredo. La educación de Recaredo había sido, como la de su hermano Hermenegildo, propia para disponer su espíritu al conocimiento de la verdadera fe: las predicaciones del prelado más ilustre y más influyente de la Iglesia Española, Leandro de Sevilla, su tío, el sostenedor infatigable de la lucha de su hermano, el que había convertido a éste y defendido su causa con tanta energía.
A los diez meses de reinado, creyó ya estar seguro de que sería bien recibido en la nación el cambio que meditaba, anuncia Recaredo pública y formalmente que abraza la fe católica, tal como está contenida en el símbolo de Nicea, repone en sus iglesias a los obispos desterrados por Leovigildo, erige y dota monasterios, y sin valerse de la soberanía para mandar, emplea sólo la exhortación con sus súbditos, españoles, godos y suevos, para que se conviertan como él al catolicismo. Lo hicieron así la mayor parte de los arrianos, pero algunos, más pertinaces, y principalmente aquellos prelados a quienes Leovigildo había colocado en las sillas de la que fueron expulsados los obispos católicos y a quienes el nuevo monarca reponía, comenzaron a tramar contra él conjuraciones, así en España como en la Galia gótica. Aquí era Sunna, el obispo arriano de Mérida, con que los condes Segga y Viterico atentaban contra la vida del respetable Mausona, metropolitano católico de la misma silla desterrado por Leovigildo, y del duque Claudio, gobernador de Lusitania.
Allá era el obispo arriano de Narbona Athaloco, a quien llamaban Arrio por su exaltación y fogosidad en sostener las doctrinas del heresiarca, y que en unión con otros condes ofrecía a Gontran la Septimania siempre que son sus tropas auxiliara la rebelión. Descubierta por el mismo Veterico la conjuración de Mérida, desterrado el obispo Sunna y trasportado el conde Segga a Galicia después de haberle cortado las manos, otra conspiración se fraguó dentro del palacio mismo, que hubiera sido más peligrosa y temible si por fortuna no se hubiera frustrado también. Otro obispo arriano nombrado Uldila, de concierto con la reina Gosuinda, la viuda de los dos reyes Atanagildo y Leovigildo, de cuyo furor por el arrianismo tenía la familia real tan tristes pruebas, ya no sólo contra la doctrina ortodoxa, sino también contra la vida del monarca. Sabida por el rey esta conjura, el obispo salió desterrado de España, y la muerte que en aquella sazón sobrevino a Gosuinda ahorró a Recaredo el trabajo de discurrir el castigo que impondría a la viuda de su padre. ¿Nos maravillaremos de que a vista de tan repetidas conspiraciones se pusiera Recaredo en la necesidad de aparecer intolerante mandando recoger todos los escritos de los arrianos y entregarlos al fuego para que no quedara rasgo escrito de aquella doctrina?
Tiempo de conjuras
La Historia General de España de Modesto Lafuente, es considerada el paradigma de la historiografía nacional del pensamiento liberal del siglo XIX. Impresa en Barcelona por Montaner y Simón entre 1888 y 1890.

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