Revista América Latina

¿Trescientos años de calma no bastan?

Publicado el 08 julio 2013 por Jmartoranoster

LUIS BRITTO GARCÍA.

Oponeros a toda otra dominación. Al encargarse el 2 de marzo de 1811, los flamantes elegidos para el Supremo Congreso de las Provincias Unidas de Venezuela Oponeros a toda otra dominación. Al encargarse el 2 de marzo de 1811, los flamantes elegidos para el Supremo Congreso de las Provincias Unidas de Venezuela se dirigen en procesión hasta la Catedral de Caracas, donde el arzobispo Coll y Prat les impetra: “Juráis de Dios por los Santos Evangelios que vais a tocar, y prometéis a la patria conservar y defender sus derechos y los del señor Don Fernando VII sin la menor relación, o influxo con la Francia; independientes de toda forma de Gobierno de la Península de España; y sin otra representación que la que reside en el Congreso General de Venezuela:   oponeros a toda otra dominación que pretenda extender soberanía en estos países, o impedir su absoluta y legítima independencia, cuando la Confederación de sus Provincias lo juzgue conveniente (…)”.   Resaltan el rechazo a Francia y por consiguiente a su Revolución; el federativismo o confederativismo, y la declaración de “absoluta y legítima independencia”.   Facultades para esta declaratoria. Los elegidos se reúnen con tres diputados por Barcelona, nueve por Barinas, 24 por Caracas, tres por Cumaná, uno por Margarita, tres por Mérida y uno por Trujillo. Se niegan a integrarlo las provincias de Coro, Maracaibo y Guayana. Los revoltosos caraqueños dominan la asamblea. Las barras agitan a favor de la Independencia, e incluso amenazan a sus adversarios. Todavía discute el diputado Francisco Javier Yanes si la abdicación de Fernando VII fue violenta, en cuyo caso sus derechos debían permanecer incólumes, o sostiene el diputado de La Grita Manuel Vicente Maya que sobre la Independencia que “no considera al Congreso con facultades para esta declaratoria, porque la convocación hecha a los pueblos fue para que eligiesen sus representantes para formar el cuerpo conservador de los derechos de Fernando VII” .   ¿Trescientos años de calma no bastan? Paralelamente con esta asamblea de representativos funciona otra, la Sociedad Patriótica, compuesta por los más vehementes independentistas, cuyas deliberaciones no producen acuerdos obligatorios, pero ejercen tal influencia que en su célebre discurso del 3 de julio, Simón Bolívar se ve obligado a aclarar: “No es que haya dos congresos.   ¿Cómo fomentarán el cisma los que más conocen la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad. Unirnos para reposar y dormir en los brazos de la apatía, ayer fue mengua, hoy es traición”. Y a título seguido, corta el nudo gordiano de las cavilaciones con una arenga memorable: “Se discute en el Congreso Nacional lo que debiera estar decidido. Y ¿qué dicen? Que debemos comenzar por una Confederación. ¡Como si todos no estuviéramos confederados contra la tiranía extranjera! ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos, o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. Que los grandes proyectos deben prepararse con calma”.   ¿Trescientos años de calma no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía?”. Había más luces e ilustración que en Caracas. El fogoso orador solicita que una comisión transmita sus conceptos al Congreso. Estos producen tal efecto que el 5 de julio se plantea el debate exigido. La sesión es tumultuosa; las barras gritan lemas favorables a la autonomía. Para disipar incertidumbres sobre el paso decisivo que enfrentan, Francisco de Miranda afirma que en ninguna ciudad de Estados Unidos “había más luces e ilustración que en Caracas”. A excepción del diputado Maya, todos se pronuncian por la independencia total.   Recoge lo esencial de los debates la llamada Acta de Declaración de Independencia, que redactan posteriormente el diputado Juan Germán Roscio y el secretario Isnardi. Terminan trescientos años de calma, y no la recuperaremos jamás. 

¿Trescientos años de calma no bastan?


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