Revista Cultura y Ocio

"un golpe de suerte ii"

Por Orlando Tunnermann
UN GOLPE DE SUERTE II
Yadur abrió los ojos, dolorido y adormilado. Contempló atónito la enorme sala de de hospital donde estaba, repleta de flores y regalos para él. A su lado, aferrándole la mano, se encontraba su preciosa princesa de ébano, Keitara. La acompañaban la distinguida dama de cabellera rubia y su esposo.
-Estás vivo –Su hermana estaba llorando. Ejerció mayor presión en sus manos, como para comprobar que no soñaba despierta- Eres mi héroe, Yadur. Un héroe un poco patoso, pero valiente y con un corazón inmenso y generoso.
Yadur contempló ahora a aquella mujer deslumbrante de porte elegante y noble. Después analizó a su esposo. Era un hombre fuerte de rostro redondo y levemente soberbio; matiz que quedaba menoscabado gracias a la amplitud de su sonrisa franca y amplia.
Aparentaba unos 50 años, aunque su cabello atildado y corto fuera ya una amalgama de grises y blancos preponderante. Su cutis era una llanura sin arrugas, brillante y tersa; la boca que profería agradecimientos, pequeña y rosada.
-Ha sido usted tan valiente y noble… que me cuesta encontrar las palabras correctas para expresar el agradecimiento. Ha salvado a nuestra pequeña Colette. Jamás podremos compensarle por eso… si no fuera por usted…
Yadur le contempló divertido.  Había algo en su modo de hablar que sonaba robótico, foráneo, como cuando oía hablar a otros extranjeros y en sus palabras flotaba un espeso acento inmigrante. Yadur creía que aquel hombre provenía de alguna parte de los Estados Unidos, o tal vez Escocia… ¿Irlanda tal vez?
Aquel hombre de cota social elevadísima y riqueza impregnada en todo su ser se resquebrajó modoso, con un lloriqueo impropio de su clase. La mujer, que parecía una estrella del celuloide caída del mismísimo firmamento, extrajo de su impresionante abrigo albino un pañuelo que olía a violetas.
Se lo tendió a su esposo. Lo recogió agradecido. La llamó Anaís.
Yadur miró de nuevo a su hermana con un ademán de culpa y vergüenza empañado en su mirada de “adulto-infantil”.
La princesa de ébano, esbelta, alta, hermosa y curvilínea, frunció graciosamente la nariz, que era como una golosina de chocolate pequeña y de líneas regulares. Sus ojos negros siempre refulgían con la chispa de la vida y su boca, grande y fina, jamás quedaba huérfana de sonrisas ni besos con que rociaba su frente y las mejillas.
-¿Qué sucede, Yadur? No pareces contento… ¡eres un héroe!
El aludido se encogió como un ovillo y se escondió ligeramente bajo las sábanas blancas.
-Es que…. He perdido la caja de galletas tan bonita que me regalaste. Debes estar muy enfadada conmigo… y también la doncella del vestido negro. Tiene una sonrisa bonita, como la tuya, me gusta mucho… -Sonrió vergonzoso Yadur-
-No te preocupes por eso, mi héroe. Te compraré muchas más, todas las que quieras –Su hermana también lloraba. Todo el mundo lloraba en aquella habitación. Le besó la frente sobre el vendaje aparatoso que le cubría hasta los hombros-. Ahora tendremos dinero, Yadur, un hogar digno y una nueva vida… todo gracias a ti.
Yadur no comprendía. Emergió bajo las sábanas. Tomó la palabra el padre de la niña pizpireta.
-Es lo menos que puedo hacer. Usted y su hermana tendrán sitio donde vivir, junto a nosotros, en el Barrio de los Caballeros. Nuestra casa es… grande, y hay siempre mucho trabajo que hacer allí.
Cuando dijo grande, a Yadur le sonó a descomunal, un palacio en el aire, una ciudad entera.-Sí, hermano. La niña está perfectamente gracias a ti. Tú has cambiado nuestro destino. Se acabó la mala vida, las penurias, el hambre, pasar frío y miedo… Tú lo has hecho posible, Yadur.
Su hermana retornó al afectuoso ritual de los besos sobre el vendaje.
-Pero… pero, tú ya tienes amigos y vives con tus amigas. No está bien que los abandones, se enfadarán contigo.
Fue un momento tensó. Los padres de la pequeña Colette se arrebolaron, incómodos con la ingenuidad de Yadur. Se palpaba el pudor en sus rostros divinos. Keitara les miró suplicante, pidiéndoles paciencia y comprensión. Ello así lo hicieron, conscientes de la “minusvalía” de Yadur.
-Bueno, Yadur –Le explicó con dulzura, como si fuera tan solo un niño inocente e ignorante- Ahora estos señores tan amables serán nuestros nuevos amigos, ¿sabes? Aquellos otros amigos no me convenían, no se portaban bien conmigo. De ahora en adelante tú y yo no nos separaremos jamás.
A Yadur se le iluminó el rostro, metamorfoseado después de que la mención del maltrato sembrara trazas de ira en su rostro inmaduro.Keitara contempló a sus salvadores, agradecida de que le hubiesen permitido guardar ese secreto ominoso y afrentoso.
La puerta se abrió de par en par y Yadur volvió a sonreír cuando vio emerger a la niña que saltaba como las ranas en las charcas y canturreaba mientras brincaba sobre una pierna y después sobre la otra…

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