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Una alternativa comunitaria al capitalismo y el mercado

Por Peterpank @castguer

Una alternativa comunitaria al capitalismo y el mercado

(Del libro La Felicidad Tecnológica: De un capitalismo sin futuro a un futuro sin capitalismo de Andrés Herrero. Editorial la Catarata)

Desde el principio de la historia, los dos pecados capitales de la humanidad han sido la propiedad privada y las  jerarquías; la fatal combinación del poder con la riqueza ha operado como una hidra de dos cabezas que, hasta la fecha – y llevamos miles de años rebelándonos y luchando contra ellas – se ha demostrado invencible, resistiéndose a todos los intentos de desarraigarla del cuerpo social. El sistema de propiedad privada, clases sociales y jerarquías está tan firmemente enraizado en nosotros que ha resistido a Espartaco, la Revolución Francesa, las religiones, el comunismo, el anarquismo y la democracia, sobrevivido a rebeliones, insurrecciones y motines, sin que nadie haya podido acabar con él, porque forma parte de esa herencia animal innata que todavía no hemos logrado superar. Y al igual que entre los animales los más feroces ocupan la cúspide, también entre los humanos ese lugar pertenece a los individuos más despiadados y de menos escrúpulos.

Cualquier intento de combatir a la propiedad privada y el poder por separado se halla condenado al fracaso, porque como ya advirtió Bakunin en su día:

«El poder político y la riqueza son inseparables. Los que tienen poder, disponen de medios para adquirir riqueza, y tienen que orientar todos sus esfuerzos a adquirirla, porque sin ella no podrían retener aquel. Los que son ricos, deben hacerse fuertes, pues si carecen de poder, corren el riesgo de verse privados de sus riquezas».

La asignatura pendiente de la humanidad sigue siendo cómo organizarse colectiva y eficientemente en pie de igualdad.

Pero para hacerlo, conviene no confundir autoridad con poder. Un científico puede ser una autoridad, alguien a quien se respeta por sus conocimientos, capacidad y experiencia, pero que carece de poder alguno. Un padre puede reunir ambas condiciones en su persona (al menos durante un intervalo de tiempo), y un jefe, un juez, un ministro, un obispo o un general, tienen poder (lo usen o no), aunque no necesariamente autoridad. La autoridad infunde respeto; el poder, acatamiento. La autoridad es una cualidad que pertenece al ámbito del ser, en tanto que el poder es una potestad que se adquiere y ejerce.

El comunismo acertó al socializar los medios de producción, pero al monopolizar el poder y hacer de él su finca particular, lo único que consiguió fue sustituir el capitalismo privado por el de estado y la élite de millonarios por otra burocrática.

En cuanto al anarquismo, intuyó correctamente que el objetivo último no era conquistar el poder, sino eliminarlo, porque toda acumulación de poder resulta tóxica. Pero al rechazar de plano cualquier clase de poder – y organización significa poder -, se condenó a la esterilidad, por no querer reconocer que los asuntos humanos requieren indefectiblemente de una dosis de poder y que, de lo que se trata no es tanto de erradicarlo por completo, cosa imposible, como de reducirlo al mínimo indispensable para que no cree más problemas de los que resuelve. Tan negativa resulta la intoxicación de poder como su ausencia absoluta; todo poder al que alguien renuncia, otro se lo apropia en su beneficio. No se puede vencer a un mundo tan bien estructurado como el capitalista, armado solo con buenas intenciones y asambleas. Se necesita algo más.

Modificar el actual estado de cosas requiere una revolución de las conciencias que vaya acompañada de una movilización general de la sociedad. Pasar de un sistema en que ser rico es lo mejor que le puede suceder a uno, a otro en el que nadie pueda serlo, exige un giro copernicano mental, porque como acertadamente explicó Bertrand Russell: «cuando obras malas producen suculentas recompensas, se requiere una heroica firmeza de carácter para hacer las cosas bien; por eso, cualquier sistema que demande cualidades excepcionales de las personas, solo en casos excepcionales alcanzará éxito».

Para impedir que nadie acumule poder en su persona, lo utilice en su provecho o abuse de él, cualquier organización comunitaria debe regirse por una serie de principios elementales:

  • Exigir que se participe activamente durante varios años en ella (¿4 como mínimo?), antes de aspirar a puestos de decisión y hacerlo progresivamente, de forma gradual, sin quemar etapas.
  • Que todos los cargos se cubran mediante candidaturas individuales y voto secreto. En ningún caso se admitirá que en ningún órgano haya más de un 10% de personas ligadas por lazos de consanguinidad, o que pertenezcan a la misma asociación o credo para evitar que actúen como grupo de presión (los candidatos deberán declararlo previamente o su nombramiento quedará invalidado en el momento en que se conozca dicha circunstancia).
  • Nadie, sea cual sea la posición que ocupe y la responsabilidad que tenga, podrá designar o cesar a otro. Inmiscuirse o interferir en la labor de los demás, constituirá una falta de la máxima gravedad que implicará su destitución inmediata. Las personas que incurran en este tipo de comportamientos, quedarán inhabilitadas para lo sucesivo.
  • Quienes resulten elegidos no dispondrán de chófer, vehículo oficial, secretaria ni asesores personales ya que la comunidad les prestará todo el apoyo y colaboración que precisen.
  • El mismo puesto de decisión podrá ser desempeñado por más de una persona, a turnos, cuando exija una dedicación continuada o mayor de la que correspondería a una sola.
  • La duración de cada mandato será limitada e improrrogable, teniendo que rendir cuentas a cualquiera que lo solicite, y con posibilidad de revocación inmediata en cualquier momento.
  • Al concluir su desempeño, nadie se podrá postular para otro cargo hasta transcurrido como mínimo un plazo igual al de su mandato.
  • No se permitirá a nadie acumular más de un puesto, y su ejercicio no otorgará privilegio alguno, ni supondrá diferencia de remuneración, de trato o de derechos, respecto de los demás miembros de la colectividad.
  • Las deliberaciones y votaciones de todos los órganos serán públicas y a mano alzada (¿también telemáticas o televisadas y seguidas en directo por Internet?),  permitiéndose la libre asistencia a las mismas. Sus acuerdos deberán ser refrendados posteriormente por los ciudadanos afectados para ser válidos. Cualquier excepción a esta norma, lo será puntualmente y con autorización expresa.
    Los delegados de un órgano que acudan a otro de ámbito superior serán designados por la asamblea respectiva, que además de fijar su posición, acordará también si acuden con mandato cerrado o no.

Pero aunque ésta sea una economía hecha a medida de los poderosos, convencerse de que el sistema de ricos y pobres únicamente favorece a una élite, erradicando los vicios consumistas y el individualismo competitivo e insolidario propiciado por el capitalismo, no resultará tarea fácil.

Si realmente la riqueza la proporcionara el trabajo personal, el dueño de la casa sería el albañil y no el constructor, el obrero que fabrica el coche y no el industrial. El bienestar lo producen los hombres con su esfuerzo, no los capitales que no sudan ni se cansan: cuando en el mundo no había empresarios, los humanos también se alimentaban, vestían y vivían, y nadie les echaba de su empleo o embargaba su casa, ni estaban endeudados hasta las cejas antes de nacer.

El capital no trabaja: moviliza a los hombres para que lo hagan por él. Por sí mismo, el dinero no produce nada: sin el concurso del trabajo estaría muerto y solo sería un fajo de papel muerto sin valor alguno.

La propiedad privada es el primer obstáculo a vencer para llegar a una sociedad en la que ninguna persona se tenga que vender o pueda comprar a otra. Nadie tiene porque poseer más que sus enseres de uso personal, y debe ser la colectividad la que disponga de todos los medios de producción: tierras, ganados, fábricas, hospitales, periódicos o universidades.

La primera medida a adoptar será eliminar las herencias, las sociedades anónimas, las bolsas y patentes, clausurar los paraísos fiscales y socializar todos los conocimientos, recursos productivos, capitales y grandes patrimonios. La supresión de la propiedad privada implicará la desaparición del incentivo económico, lo que unido a la imposibilidad de enriquecerse, hará que el robo, el soborno y el fraude pierdan su sentido, de paso que contribuirá a simplificar las leyes al reducir los conflictos al ámbito interpersonal y comunitario, permitiendo que guardas de seguridad, policías, jueces, abogados, fiscales y carceleros cuyo cometido principal consiste en defender la riqueza expropiada a la colectividad, puedan dedicarse a menesteres más provechosos. Las drogas se despenalizarán, pero al no poder beneficiarse nadie con ellas, su tráfico ilícito se extinguirá, lo mismo que al disponer todo el mundo de un salario y un empleo adecuado, acabará la prostitución basada en la necesidad económica.

La rentabilidad económica dejará de ser el criterio universal de eficacia, y la desaparición del lucro como motivación propiciará una gran estabilidad de precios, disipando cualquier incentivo para producir cuanto más mejor, especular y hacer negocio fabricando artículos innecesarios, comercializando medicamentos inseguros o contaminando, lo que, de paso, favorecerá que se investiguen con más rigor los riesgos y utilidad de cualquier manipulación genética, avance científico, tratamiento, servicio o producto, antes de autorizarlo.

En una sociedad mínimamente sana, solo habrá límites a lo que una persona pueda ganar y poseer, no a lo que pueda hacer y ser. La semana laboral durará como máximo 5 días. Las tareas rutinarias que no demandan una cualificación especial (limpieza,  administración, almacén, reparto, mantenimiento, cuidado, supervisión, etc.), se compartirán por rotación o sorteo entre todos los miembros de la colectividad, dedicándoles no más de 1 hora al día.

El trabajo especializado, sea de un cargo o de una actividad laboral, se reducirá a un máximo de 2 horas diarias acumulables (lo que no impedirá a nadie investigar con medios públicos o curar a otros en su tiempo libre si así lo desea). Hay que contar también con que 1 hora más al día se reservará a debatir y decidir sobre los asuntos colectivos lo que, añadido a la hora diaria destinada a las tareas comunes no especializadas, elevará a un total de 20 horas a la semana la aportación obligatoria a la comunidad, quedando el resto del tiempo a disposición de cada cual. El tiempo libre, tanto de ocio como de vacaciones, lo podrá dedicar cada persona a las actividades lúdicas o recreativas que más le seduzcan, pudiendo concentrar su prestación laboral en parte del año de forma que disponga de varios meses seguidos para practicar aficiones como el alpinismo, viajar o cultivar actividades científicas, artísticas, artesanas, cinegéticas, culinarias, de jardinería, etc.

El crecimiento de la capacidad productiva auspiciada por la tecnología, ha convertido el trabajo en un recurso escaso que, solo racionándolo y distribuyéndolo racionalmente, dará ocupación a todos.

La jornada laboral se podrá reducir tan drásticamente e incluso más, porque no se dilapidarán esfuerzos en producir armas, artículos basura, lujos y cometidos absurdos. Todo el mundo sin excepción trabajará (para los discapacitados se habilitarán puestos adaptados a su situación), desaparecerá el desempleo estructural, se recuperará a la mayoría de la población reclusa condenada por delitos económicos (mafiosos, atracadores, ladrones, carteristas, estafadores y delincuentes de todo tipo), y se acabará con toda esa caterva de empleos ficticios e improductivos que tanto abundan ahora y cuya relación sería interminable: contables, auditores, consultores, consejeros, economistas, financieros, hombres de negocios, inversores, cabilderos, testaferros, directivos, gerentes, ejecutivos, administradores, burócratas, secretarios, intermediarios, traficantes, especuladores, mayoristas, contratistas, supervisores, representantes, agentes inmobiliarios, de seguros y de bolsa, vendedores a comisión, guardaespaldas, criados, deportistas y jugadores profesionales, actores, modelos, famosos que viven del cuento, etc.

Además, se rebajará la edad de jubilación voluntaria, y toda persona, mientras viva, esté jubilada o en activo, recibirá el mismo salario universal, con independencia de su profesión, responsabilidad, puesto que ocupe, labor que realice, capacidad que tenga o rendimiento que aporte (aunque si la comunidad lo estima conveniente, podrá premiar o sancionar a quien se haga acreedor a ello con un plus, positivo o negativo, de hasta el 20% del salario universal).

La economía y la contabilidad se reducirán a su mínima expresión, lo mismo que las complicaciones burocráticas. No habrá loterías ni casinos, y como no se necesitará recaudar impuestos, ya que se éstos se descontarán directamente del salario universal, la desaparición de las declaraciones de renta y obligaciones fiscales se llevará por delante a otra legión de gestores, asesores, inspectores, recaudadores y aduaneros, encargados, los unos de evadir, y los otros de combatir, los delitos económicos.

Igualmente, funcionarios, rentistas, registradores, notarios, abogados, soldados, políticos y religiosos tendrán que buscarse en principio otra profesión (la religión no será una actividad remunerada), aunque si sus fieles quieren sostener económicamente el culto, nadie se lo impedirá. La desaparición del estado acarreará que burócratas, funcionarios y gestores se transformen en oficios superfluos, al tiempo que, la desmovilización de los ejércitos, liberará ingentes recursos humanos y materiales para la sociedad. Al no haber patronos ni asalariados, no se necesitarán sindicatos ni jefes, y al no existir tampoco partidos ni políticos profesionales (gobernantes, parlamentarios, concejales), la responsabilidad del buen funcionamiento de cada barrio, colegio, fábrica o centro, recaerá sobre sus propios integrantes.

Cada comunidad decidirá qué le interesa producir, investigar o qué obras acometer, en función de sus necesidades. Las cuentas públicas serán públicas y la administración transparente, lo que significa que cualquier persona podrá consultarlas libremente y fiscalizar cómo y en qué se gasta el dinero de todos. Diferentes comités, nombrados al efecto, se encargarán de la planificación, ejecución y supervisión de los proyectos colectivos.

Se potenciarán la artesanía y las labores manuales, y regresarán la agricultura orgánica y la ganadería extensiva, lo que, de paso, contribuirá a reequilibrar la población campo -ciudad. Nuestro abastecimiento de energía provendrá básicamente de fuentes renovables y sostenibles como el sol, el viento y el agua, e incluso en algunos casos habremos de volver a la de origen animal (el caballo por ejemplo, puede resultar un medio de transporte idóneo en algunos lugares). La vida supersónica acabará, o se dará con cuentagotas.

El transporte público se complementará con el uso de bicicletas, patines, etc. Los automóviles se alquilarán solo cuando se necesiten para vacaciones, fines de semana, o alguien desee divertirse corriendo en pistas preparadas para ello. Si comemos menos carne, y utilizamos más las piernas y menos el coche, estaremos infinitamente más sanos sin necesidad de ir al médico o al gimnasio, y de paso tendremos un planeta más limpio y habitable.

El segundo gran obstáculo que la humanidad ha de superar, es aprender a organizarse igualitariamente, con responsabilidades, cometidos y funciones diferentes, pero sin jerarquías. La diversidad de aptitudes, destrezas y talentos humanos deberá servir como fuente de enriquecimiento y no de discriminación: nadie es más que nadie y toda persona supera a otra en algo.

La especialización del tipo que sea, no reportará ventajas a nadie. Toda jerarquía de talentos será abolida. El estímulo provendrá de desempeñar bien la labor que a uno más le agrade y del reconocimiento social que obtenga por ello.

Ningún oficio o cometido será considerado superior a otro ni remunerado por encima suyo: el arquitecto más que el albañil, el maestro más que el agricultor, el cámara de televisión más que el panadero. Aunque en la extinta URSS comunista los médicos cobraban menos que los mineros del carbón, no salían en desbandada de las clínicas para ingresar a las minas. Un labrador puede pasar perfectamente sin contemplar los goles de Messi, pero seguro que éste no puede vivir sin comer.

Los que se asusten con esta clase de razonamientos deberían recordar que nuestra sociedad paga mejor a los deportistas, modelos, cantantes o estrellas de la pantalla, que a los médicos, científicos e investigadores o a quienes se juegan la vida en un andamio, en el mar, la mina o la carretera,  aceptando  como un hecho absolutamente normal que se recompense más el entretenimiento que la salud, o que un cirujano que arriesga la vida ajena cobre más que un bombero que arriesga la suya propia.

La economía tendrá un carácter mixto y será lo más autónoma, descentralizada y autosuficiente posible. Habrá un mercado comunitario y otro privado, que funcionarán de modo separado e independiente, complementándose entre sí.

En el mercado comunitario los bienes esenciales, sanidad, educación, cultura y transporte, así como la ropa, vivienda, energía y alimentación básica serán gratuitos, mientras que los artículos discrecionales que oferte la comunidad (carburante, vehículos, ordenadores, electrodomésticos, libros, perfumes, objetos de decoración, material deportivo, viajes…), tendrán precios fijos regulados que recogerán no solo sus costos de producción, sino también los energéticos y ecológicos, tanto más elevados cuanto más esfuerzo humano exijan, menos renovables sean los recursos usados y mayor la contaminación que genere su fabricación y reciclaje. Se habilitarán servicios colectivos de comedor, guardería, lavandería, calefacción, reparación, transporte, etc.

Nadie tendrá que desembolsar nada por sus medicinas, pero sí por comer en un restaurante en vez de en un comedor colectivo, utilizar lavadora propia en vez de comunitaria, o disfrutar de mejores muebles, o de una vivienda más confortable, adjudicación que se efectuará por sorteo entre quienes las soliciten, y no en función de su capacidad económica o relevancia social (aunque a nadie se impedirá construir su propia vivienda en terrenos de la comunidad con permiso de ella). A los libros electrónicos se podrá acceder prácticamente gratis, mientras que los de papel serán de pago.

Los únicos precios completamente libres serán los que provengan de las transacciones que los particulares efectúen privadamente entre sí, como ayudarse en las tareas domésticas (cocina, limpieza, pintura, bricolaje), proveer servicios personales (masaje, enseñanza, peluquería), o vender productos de su cosecha (lechugas, cerámica, ropa, pesca), que se retribuirán de mutuo acuerdo entre las partes.
Con independencia del dinero o posición que cada cual posea, continuará desarrollando las mismas tareas y horas de trabajo comunitario encomendadas. Y con objeto de que nadie pueda acumularlo, el dinero físico tal y como lo conocemos dejará de existir y de circular. Cada ciudadano funcionará con dos tarjetas personalizadas, autentificando las operaciones que realice con su código o huella dactilar:

  • En la tarjeta comunal se le abonará mensualmente el salario universal, del que se irá descontando el importe de los bienes comunitarios que vaya consumiendo.
  • En la tarjeta personal, se le ingresará cada mes un porcentaje fijo del 25% del salario universal, a modo de sobresueldo, que le permitirá adquirir a otros ciudadanos cosas que ellos realicen particularmente en su tiempo libre, así como percibir ingresos por las que él mismo les venda.

Pero recuperar la propiedad colectiva de los medios de producción no será suficiente si no sabemos reorientar adecuadamente su actividad. Es la producción la que tiene que ponerse al servicio de la persona y no al revés. Si una tarea no es aceptable y digna para un ser humano tampoco lo será la máquina o el procedimiento que la respalde, ni la mercancía que fabrique.

El Equisocialismo propugna que menos es más. Menos cosas, más personas. Moderación frente a exceso; sencillez frente a ambiciones megalomaníacas; ajuste en la producción; equidad en el reparto; igualdad de condiciones sociales. La receta es menos población, menos consumo, menos horas de trabajo, menos tecnología, menos prisa, menos estrés, menor presión sobre el ser humano y el planeta y más equilibrio. Frugalidad y buena administración como fórmulas para subsistir en un medio finito. Si no queremos que a la era del derroche le suceda otra de penuria, tendremos que “elegir entre el colapso ecológico y el económico”i y hacer escala en la estación de la cordura “viviendo sencillamente, para que todos puedan sencillamente vivir”, como propuso Gandhi.

Pero yendo más allá de lo puramente material, no habrá una solución global mientras no desarrollemos una conciencia global y modifiquemos en profundidad nuestros valores, sustituyendo el privilegio por la equidad, la dominación por el respeto, la competencia por la cooperación, desechando la resignación, la pasividad, los prejuicios y los estereotipos mentales, enemigos tan peligrosos o más para nosotros, que el afán de lucro, la contaminación o el calentamiento global.

En este nuevo escenario económico cada comunidad financiará sus proyectos con el trabajo de sus ciudadanos, y al desaparecer tanto el ahorro como los intereses, la banca dejará de ser la pieza maestra del sistema que con su ansia voraz de beneficios, vampiriza y parasita a los particulares, las empresas y el estado, cobrándoles unos intereses exorbitantes facilitarles un dinero que no es suyo (servicio que, incluso hoy día, podría prestar perfectamente una banca pública a precio de coste: a un tipo de interés suma del pagado a los depositantes, incrementado en los gastos de personal, instalaciones y morosidad de los préstamos fallidos), recordando como manifestó Bertold Brecht que “robar un banco no es nada comparado con fundarlo”.

Al no cargarse intereses, estar controlados los precios de los artículos, y no permitirse acumular riquezas a nadie, se desvanecerá el peligro de inflación (entendida como disminución del valor del dinero), aunque los precios de algunos artículos suban. Las tres magnitudes que una economía como ésta tiene que ajustar para mantener el equilibrio son:

  • La cantidad de dinero en poder de la gente.
  • La cantidad de bienes y servicios producidos.
  • El precio (coste) de los mismos.

Para conseguir que tanto el dinero, como la producción y los precios guarden la debida proporción, tendrán que ser revisados periódicamente. Evidentemente, resultará laborioso armonizar intereses no siempre coincidentes y poner de acuerdo a los ciudadanos en su doble faceta de consumidores y productores para que decidan si prefieren trabajar menos y que haya menor cantidad y variedad de bienes o no… la respuesta dependerá de cada persona. Para muchas la abundancia de comida será preferible a la de ropa, pero no todo el mundo pensará igual. La gran ventaja de compartir las decisiones es que, aciertos y fallos son de todos, y cualquier aumento de la riqueza colectiva repercute en el bienestar general, ya que todos se benefician equitativamente  de ella.

Las cosas de todos tienen que ser obra de todos; cada cual ha de hacer su parte y nadie puede hacer la revolución por los demás. La desaparición de la propiedad privada y la transición al nuevo orden, solo se conseguirá a través de una gran alianza social y deberá realizarse de golpe, como sucedió en Rusia con el paso del comunismo al capitalismo, o durante la revolución húngara de 1956, cuando en dos días se constituyeron consejos obreros en todas las fábricas del país.

Desde el primer día se nacionalizarán todas las empresas y tierras, y el dinero en curso quedará inservible y sin valor, siendo sustituido por el salario universal que recibirán todas las personas adultas (trabajen, estudien, estén jubiladas o enfermas) con independencia de su profesión, responsabilidad, puesto que ocupen, labor que realicen, capacidad que tengan o rendimiento que aporten. Al mismo tiempo, la jornada laboral se irá reduciendo progresivamente, ya que, en un principio, puede que falten profesionales o especialistas en algún área concreta, y los puestos vacantes se cubrirán con quienes hayan perdido su ocupación anterior (que lógicamente solicitarán los empleos más idóneos con arreglo a sus aptitudes, experiencia y conocimientos).

Campos, oficinas, tiendas, fábricas, empresas y talleres empezarán a funcionar en régimen cooperativo. En todos los centros y lugares de trabajo se celebrarán elecciones para autoorganizarse y dotarse de órganos de gestión. Lo que ahora son países se estructurarán en comunidades de base cada una con su territorio y su población (comprendidos ambos entre unos límites máximos y mínimos razonables… ¿de hasta 100.000 habitantes quizá?)… En las grandes ciudades se recuperarán espacios, demoliendo los bloques sobrantes para levantar en su lugar parques, zonas deportivas, equipamientos culturales, de ocio y huertos.

Se trata tan solo de la semilla de un proyecto en construcción, plural y abierto a todos, que debe adaptarse a las circunstancias concretas de cada momento y lugar, y que la realidad se encargará de poner a prueba, corregir y afinar. Punto de partida hacia una sociedad sin castas ni categorías socioeconómicas, que no esté dividida en ciudadanos de primera y de segunda clase.

Pero aunque no constituya la panacea universal, ni el camino esté exento de dificultades, problemas y riesgos, no es imposible; los que piensen que se trata de planteamientos excesivamente utópicos e irrealizables, deberían comprender que no hay nada más inviable, insostenible e inhumano que nuestro actual modelo de sociedad. Creer que el individuo se puede organizar y la sociedad no, apostando por un crecimiento indefinido en un medio finito, solo puede conducirnos a la autodestrucción.

Al igual que la naturaleza aún no teniendo un organizador presenta un orden, la humanidad posee la capacidad de autoorganizarse por sí misma, sin necesidad de mercado, propiedad privada o jerarquías. Pero ese orden espontáneo solo puede surgir de una economía cooperativa, sin dueños, y de un nuevo modelo de convivencia basado en la autogestión y la democracia participativa, en la firmeza de principios y flexibilidad de organización, sustentado en acuerdos y no en imposiciones.

Lo esbozado hasta aquí a grandes rasgos, no pretende alumbrar un mundo feliz, ni dibujar una sociedad idílica o perfecta  – puesto que si el hombre no lo es, sus sistemas económicos, políticos y sociales tampoco pueden serlo -, sino mostrar que existen alternativas y que éstas dependen de nosotros.

Andrés Herrero


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