Revista Cultura y Ocio

Una propuesta literaria

Publicado el 21 enero 2016 por Benjamín Recacha García @brecacha
Es el momento de retomar el boli y la libreta.

Es el momento de retomar el boli y la libreta.

Tengo una propuesta que haceros relacionada con mi próxima novela. Los suscriptores de la newsletter de ‘la recacha’ ya la conocéis, porque os la adelanté hace unos días. Quienes todavía no os habéis suscrito (ya estáis tardando) no os asustéis, que no os voy a pedir asesoramiento literario, ni que escribáis ningún capítulo. Ni siquiera os voy a pedir que me ayudéis con las correcciones… Bueno, llegado el momento ya hablaremos de ello; conocéis mi debilidad por los “lectores cobaya”.

Estas últimas semanas las he dedicado a pasar de la libreta al ordenador los dos primeros capítulos, unas 15.000 palabras, y a afianzar ideas sobre la trama y los personajes. Ahora tengo que poner orden, hacerme algunos esquemas que me sirvan de guía para no meter la pata, y continuar avanzando boli en mano.

Voy al grano.

Sabéis que los autores independientes tenemos que buscarnos la vida para tratar de que la gente nos conozca y, por tanto, que algún día a alguien llegue a pasársele por la cabeza leer lo que escribimos.

Para mis dos primeras novelas ideé algunas iniciativas más o menos originales y más o menos exitosas que, como mínimo, sirvieron para darme a conocer un poco.

Ahora vuelvo a las andadas. Aunque esta vez tengo intención de probar fortuna con alguna editorial, considero necesario implicar a los posibles futuros lectores en el proceso creativo, así que se me ha ocurrido plantearos un sencillo juego. No es ninguna novedad, pues sé que otros autores lo han hecho antes, pero creo que os puede resultar llamativo.

Os voy a dar la opción de que me propongáis situaciones y personajes. Cosas muy elementales, pues, como decía, no se trata de que me escribáis la novela. Ya sabéis (y si no, os informo de ello) que se trata de una historia policíaca, con el típico asesino implacable y el esforzado detective que intenta atraparlo.

Os adelanto dos cosas: el asesino siente fascinación por las arañas y el policía encargado del caso es el inspector García, uno de los personajes secundarios de Con la vida a cuestas, devoto servidor de Dios. La novela está ambientada en Madrid, a finales del siglo pasado.

A los personajes principales ya los tengo bastante bien definidos, pero hay un amplio abanico de víctimas, testigos, colaboradores puntuales y, en general, secundarios y figurantes por crear. Si os apetece, acepto vuestras sugerencias (como si os queréis ofrecer vosotros mismos como personaje. ¿Os hace gracia morir, literariamente, a manos de un psicópata?).

Va, animaos. Seguro que os sentiréis orgullosos de aparecer en los agradecimientos de la novela del año… ¿Cómo? ¿Que qué hay de los royalties? Ejem… Ya hablaremos de ello.

Para que vayáis abriendo boca, os dejo con la primera escena de la novela (a estas alturas del proyecto lo es).

Espero vuestras aportaciones, en los comentarios o por email: brecacha@gmail.com.

Desciende la araña
firme y despiadada.
Desciende sin prisa,
saboreando el miedo
de ojos aterrados,
vacíos de mañana.

La noche había sido especialmente pesada. Parecía como si todos los guiris se hubiesen puesto de acuerdo en celebrar la última borrachera del verano madrileño en aquel garito que Andrés odiaba cada día un poquito más. El propietario se frotaba las manos sirviendo birras a 300 pesetas, pero era él quien al acabar la jornada tenía que sacar los cubos de basura repletos de botellas vacías, mientras el otro dormía plácidamente soñando que contaba billetes.

“Mañana no vuelvo”, se decía cada madrugada cuando bajaba la persiana del local, pero bien sabía que no podía permitirse renunciar a la miseria con la que pagaba la vieja habitación donde procuraba dormir.

Aquella noche, sin embargo, todo iba a ser muy diferente.

Si Andrés hubiera sido un ciudadano concienciado con el reciclaje, la agotadora jornada laboral habría acabado igual que todas: maldiciendo el momento en que decidió abandonar Guayaquil para probar fortuna en la “madre patria”. Pero lo último que le faltaba era ponerse a introducir botellas de una en una por el agujerito de un contenedor verde.

No. Hizo como siempre: abrió el contenedor gris, agarró la primera bolsa, que pesaba una tonelada, y la dejó caer en la oscuridad del interior.

Lo que llamó la atención del joven fue que el invariable escándalo del vidrio golpeando entre sí fue menos escandaloso, como si la caída hubiera quedado amortiguada. Podría no haberle dado importancia e ir a por la segunda bolsa, pero la estúpida curiosidad le pudo y se asomó a aquella boca maloliente. Realmente apestaba.

Tardó unos segundos en adaptarse a la penumbra. Cuando lo hizo localizó la bolsa que acababa de tirar y la apartó un poco. Ahí había algo.

Se asomó un poco más, y entonces le pareció distinguir una peluca. Dudó un instante, pero al fin alargó el brazo hasta tocarla con la punta de los dedos. Sintió un escalofrío.

El cerebro le gritaba que saliera de allí cagando leches, pero un impulso incontrolable lo empujó a asir un mechón y estirar, y lo que vio entonces casi le saca los ojos de las órbitas. Apartó la mano como si la hubiera metido en agua hirviendo y cayó al suelo de espaldas.

Negaba sin parar, como si así fuera a borrar la expresión de horror de aquel rostro inerte que parecía seguir suplicando un auxilio que nunca llegó.

Finalmente, tropezando y entre gimoteos, Andrés huyó de allí más convencido que nunca de que al día siguiente no iba a regresar.


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