Revista Viajes

Una tarde de campesina boliviana

Por Bbecares

Yo sólo quería descansar un día. Alojarme en el lugar más cercano a la naturaleza posible, recibir un masaje como uno de mis regalos de cumpleaños y, aunque pueda sonar mal, separarme un poco de los turistas que visitan Bolivia. Sonar mal  lo digo porque yo soy solo una turista más.

Teodora de la mano de Juanita.

Teodora de la mano de Juanita.

Pero mi interés por  este país es simplemente diferente al de las personas que me estaban rodeando en la ciudad de La Paz. Caí en un hostal lleno de europeos del norte, entre los que es algo muy común viajar al acabar la universidad o antes de comenzarla. Me parece una idea estupenda. Algo que ojalá todos en el mundo pudieran hacer.  Pero estos con los que coincidí eran de ese grupo que llegan a países más baratos y viven cada día como si de American Pie se tratara. Siempre rodeados de personas de su misma especie, y opinando de los  países en los que están a través otras opiniones escuchadas a sus similares. Pero mezclándose muy poco con la gente local.

Estoy en Bolivia de paso, pero este país es uno de mis sueños. Los que me conocéis sabéis que esos lugares que mantienen sus tradiciones y sobreviven, en parte, a la globalización que pretende hacernos a todos iguales, me encantan.  (Otros países en mi lista de lugares soñados son los Tán del centro de Asia). Pero por mi trabajo no me corresponde estar aquí puesto que de este país escribo poco. Así que solo es una pasada de cuatro días, entre mi visita a Chile y mi futura visita a Perú,  pero con la pretensión de vivirlo algún día en el futuro.

Pues eso. Quería escapar. Decidí no visitar el resto de sitios que todo el mundo me había recomendado hacer, porque me he dado cuenta de que al viajar se van recorriendo los mismos puntos, unos tras otros. Y estoy muy contenta de haberlo hecho. Miré por Internet y encontré sobre la existencia de un alojamiento regentado por ecologistas, conocedores de las culturas de los indígenas, con oferta de diversos masajes, de clases de yoga o pilates y de otras terapias diferentes relacionadas con el bienestar y el cuerpo.

Vistas desde el lugar donde me alojé-

Vistas desde el lugar donde me alojé-

Vine. Está a las afueras de La Paz y se puede llegar en transporte público. Sólo quería darme un masaje, descansar (resulta que hoy estoy sola aquí, todo el hotel para mi) y pasear entre las montañas.

Pero está visto que la vida de señorita (la del relax y no hacer nada), no está hecha para mí, ya por destino o algo y mientras paseaba los maravillosos cerros que hay a las afueras de La Paz encontré a una mujer y una niña, ya cerca de un pequeño poblado de pocas casas. Las saludé y la mujer me preguntó si podía ayudarla con lo que estaba haciendo.

Me acerqué y ví que estaba tratando de subir a un carretillo una bolsa llena de pizarra. Le ayudé a levantarla y también a llevar el carretillo a su casa. Trabajo muy duro y pesado que esta mujer hace día  a día. Su nieta, Juanita, me miraba divertida y tímida. La mujer, Teodora, cargó más patatas en su tela, al más puro estilo de las trabajadores y sufridas mujeres aimaras, se la ató a su espalda, y me acompañaba a paso lento. Al principio no hablamos. Yo no tenía claro si me podría entender.

Con su nieta hablaba un idioma incomprensible para mí. Luego me preguntó que si iba bien, en idomaespañol. Ahí comenzamos a hablar más. En un momento le dije: ¿dónde aprendió usted a hablar español? Su respuesta fue divertida: “no lo hablo”, dijo, “yo sólo sé hablar aimara”.

Es decir, que Teodora, que solo estudió tres años en la escuela y dedica sus días a cuidar los campos de su marido (eso dijo ella, que eran de su marido, que los suyos estaban en su pueblo de nacimiento, parece ser que en esta cultura, las cosas de uno no pasan a ser del otro tras el matrimonio y los hijos), no es consciente de que es capaz de hablar dos idiomas. Es algo automático. Si escucha a alguien hablar aimara, responde de ese modo y si escucha el español hace lo propio. De hecho ella me dijo que pensó que yo era la que estaba hablando su idioma. Indagando, comprendí que lo que sabe del castellano, que es escaso en muchos vocablos, es gracias a la radio, puesto que nunca ha tenido una televisión en sus 55 años de vida y a lo poco que estudió en el colegio, donde se hablaban ambos idiomas.

Al final, lo que iba a ser una tarde de descanso, fue una tarde de trabajo. Tras llevar varias veces el carretillo lleno de cosas, desde una de sus huertas hasta su casa, por campos pedregosos, me preguntó si quería comer con ellas. Dije que no tenía hambre. Entonces a Teodora le pareció buena idea que la acompañara a acomodar a las vacas. Y a mí también. La niña Juanita ya me había tomado confianza en aquel momento y me contaba cosas de sus padres, del marido de su madre, de su escuela, de un libro que leyó al comienzo de curso…

El resto de la tarde la pasamos moviendo a las vacas de Teodora de lugar, conociendo más la una de la otra (mucho le costó a la mujer comprender que donde yo nací es muy muy lejos de aquí y que en España ahora preferimos maridos que limpien y hagan tareas en la casa) y quitando las malas hierbas de otra de sus huertas, así estuvimos hasta que se hizo de noche y me tuve que ir corriendo puesto que en estos caminos no hay luz y la luna está demasiado pequeña como para alumbrar.

Fue un día precioso. Para mí. Ella estaba agradecida pro la ayuda, pero la vida de Teodora es dura. Su marido se va a vender. Hace el trabajo más tranquilo al fin y al cabo. Ha tenido cinco hijas y todas, hasta la de 17 años, están casadas y cuidando a sus hijos y ninguna vive en el pueblo. Su hijo también se va a trabajar y le deja al cargo a la nieta Juanita, cuya madre no puede atender  por culpa de los celos de su marido actual. Y Teodora, con 55 años que parecieran 20 más, pasa el día cargando pesos, agachada labrando, cuidado las vacas y ovejas. No tiene agua caliente, ni luz ni siquiera un televisor que ver o un libro que sepa leer para amenizar las horas oscuras que llegan a partir de las 7 de la tarde. Y vive a tan solo media hora de la gran ciudad y urbanizada ciudad de La Paz.

¿Y Bolivia?

Al mismo tiempo, Bolivia crece, pero en vez de hacerlo ofreciendo herramientas y ayuda a estas personas para que continúen su valiosa tarea de una forma más fácil y llevadera, va camino de caer en el capitalismo. Ha caído en el error, como todos los países del mundo, da igual de la ideología que se digan, de enfocar el bienestar ciudadano en los edificios, los trajes y las multinacionales, que a poco a poco también van llegando aquí. Y todo dentro de un gobierno que se dice de izquierdas, el de Evo Morales, pero que está ofreciendo sus ciudades al capitalismo mundial.

Amo La Paz, es una ciudad increíble, pero hoy llevé una gran decepción cuando pude ver cómo en las afueras se está construyendo un centro financiero, como el de cualquier otra ciudad. Sin personalidad y que podría llevar a este país a ser uno más de la lista de destinos de las empresas multinacionales que sólo viven obsesionadas con su crecimiento económico. Con el suyo. Y nada más.


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