Revista Arquitectura

Ventanas a un paisaje extremo

Por Vilanova_studio
http://www.clarin.com
Un hotel premiado de Navarra, España, explora Las ventajas de marcar la diferencia entre interior Y exterior. Detalles de la estrategia espacial Y el diseño de las aberturas.
PorPOR HERNAN GASTELU ESPECIAL PARA ARQ
Ventanas a un paisaje extremoVentanas a un paisaje extremo
Tarde noche en Barcelona. Barrio El Raval, calle Pintor Fortuny, segundo piso. “Hola Hernán, pasá, me olvidé de que venías”. Así empieza la conversación con Emiliano López, (Mendoza, Argentina, 1971) que junto a Mónica Rivera (San Juan de Puerto Rico, 1972) forman el estudio López-Rivera Arquitectos desde 2001. Dos Jóvenes arquitectos extranjeros radicados en España que acaban de ganar el Premio IIV Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo por el Hotel Aire de Bardenas. Pero eso no es nuevo, ya en 2008, por un conjunto de viviendas sociales , merecieron el prestigioso premio FAD que se otorga todos los años en la Península Ibérica.
“El hotel es un elemento industrializado que se pudo hacer porque todavía quedan oficios y se puede combinar industria y artesanado ”, explica Emiliano enunciando lo que podría ser una declaración de principios de su forma de trabajo. “Partimos de un presupuesto limitado por lo que no podíamos contar con materiales costosos o delicados. Además, entendiendo la condición de rural del hotel, nos propusimos usar y combinar todos los materiales naturales del desierto bardenero, para que el edificio fuera una construcción más en el paisaje y no un proyecto de ciudad llevado al campo”, explican sus autores.
Aire está cerca de Tudela, provincia de Navarra, España, sobre un terreno semidesértico, en el límite de un parque natural declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (Las Bardenas Reales). El hotel está rodeado de campos de regadío de la ribera del Ebro. Una zona agrícola donde predominan los colores verdes y tonos tierra. Allí se mezclan los cultivos de trigo y las plantaciones de árboles frutales con rocas de variados tamaños. Pero, lo que domina el paisaje es el Cierzo, un viento constante del Noroeste que sopla casi todos los días del año, y que obliga a que las construcciones se organicen alrededor de un patio central.
Los arquitectos organizaron los 1.500 m2 del hotel en una única planta, pero no en un único volumen. Evitaron diseñar un edificio masivo: lo disgregaron mediante la repetición de volúmenes de geometría simple, ejecutados en chapa sándwich y pintados de un color claro. El primer bloque contiene el ingreso, el hall, la sala de reuniones, el restaurante y una huerta que es la vista privilegiada del restaurante. A la izquierda están la recepción y un pasillo que nos lleva a las diez habitaciones especiales, cada una con su patio y su árbol.
Todo este paquete forma una “U” en torno a un gran patio interior que mira al sur y está protegido del viento. Ese lugar hace las veces de “plaza de pueblo”, espacio de encuentro y reunión social. Desde aquí se ve el resto del conjunto, una plantación de chopos, más allá la piscina y las habitaciones con vistas que se adentran en el paisaje, distribuidas en siete cuerpos independientes. “Trabajamos mucho el programa y la planta para producir sorpresa en los recorridos”, aclara Emiliano.
El edificio es más que una ordenamiento volumétrico: es una composición en torno a un eje central sobre el que se coloca el ingreso y permite que la vista atraviese el hotel de punta a punta, para perderse a lo lejos. Nuestra mirada atraviesa ventanas, patio, la plantación de chopos y, al final, las habitaciones parecen correrse para dejarnos ver todavía más.
El eje visual y espacial es un recurso que López-Rivera repetirá en el diseño de otras partes de la misma obra. “Nos importó marcar que adentro es una cosa y afuera otra, que la diferencia entre interior y exterior es importante”, dicen. Esa diferencia se refuerza finamente con el efecto que producen las ventanas (ver Las ventanas en pág. 18).
Más partidarios de los espacios compartimentados que de los grandes ambientes continuos, a López-Rivera les interesa generar rincones, espacios íntimos y cálidos. El comedor, por caso, es un único espacio formado por dos volúmenes articulados por un leve desplazamiento que interrumpe visuales y crea intimidad.
Hotel Aire potencia su carácter de refugio rural. Este no es un sitio de paso, no es un hotel dormitorio, está pensado como un lugar al que uno llega buscando descanso, un cambio de aire, bajar el ritmo. Y así ocurre. La mera descripción desde que salimos de la ciudad hasta llegar al sitio da cuenta de cuánto bajamos la velocidad: ciudad, autopista, pueblo, ruta secundaria, camino de tierra, estacionamiento, caminata. Estamos en el campo. La entrada es un espacio a cielo abierto, como una plaza cercada perimetralmente, con una plantación de cerezos, a modo de jardín. Dos cintas de cemento nos indican el camino, una de ellas nos guía hacia la puerta de entrada. Al atravesar la puerta no hay dudas, estamos protegidos. Cambiamos el viento que nos despeina por un ambiente climatizado, la cinta de hormigón entre piedras por un piso granítico, el afuera natural por el adentro construido y acogedor.

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